sábado, junio 23, 2007

El Doktor, en triple concierto (Novela) TERCER MOVIMIENTO: RONDO ALLA POLACA

EL DOKTOR,
EN TRIPLE CONCIERTO
NOVELA
J. F. PINEDO

® J. F. Pinedo Inscripción No 128.523 (2002)

TERCER MOVIMIENTO
RONDÓ ALLA POLACA

El señor camina con paso tranquilo por la vereda. Su vestuario es coherente con el rostro pulcramente afeitado y su actitud atildada. No sobrepasará los cincuenta años, aunque la seriedad de su atuendo indicaría un gusto algo anticuado, o quizás más edad de la que muestran sus facciones. Por lo demás no llama la atención. El arreglo es discreto: el traje de color azul piedra combina de modo perfecto con la corbata de seda natural azul obscuro y lineas rojas finamente entreveradas. Su camisa es blanca con delgadas rayas verticales —casi imperceptibles— azules, celestes, rojas y negra.
Al llegar frente a la Hostería su paso se hace vacilante, como si dudara.
Mira furtivamente al interior y se pasa la mano por el mentón. Su boca hace pequeños movimientos y se humedece los labios con la lengua.
Continúa caminando sin apartar los ojos de los ventanales, como si espiara algo. Su rostro se ha contraído y en su frente hay un tenue brillo de humedad. Su expresión muestra indiferencia, pero también una rabia contenida que su mano —más que el gesto de las cejas— delata al deslizarse por la mandíbula.
De pronto recupera el paso y continúa la marcha por Providencia abajo.
—¿Doctor Van Root? —le dice, en un saludo que denota sorpresa, un hombre de corta estatura que sale del bar.
Nuestro caballero continúa su camino —está huyendo— como si no hubiera oído, pero el otro insiste con tal propiedad —“¡perdón!, ¿no es usted el doctor van Root?”— que lo hace vacilar.
—Sí... —concede rabioso—. Soy Francisco van Root —y luego de un momento, como luchando consigo mismo, lo reconoce—: ¡Pero, mi amigo Piyama de Palo...! ¿Cómo ha estado usted? —y sólo entonces su sonrisa se abre.
—¿Qué ha sido de su vida, doctor? No nos vemos desde esa noche en que estuvimos hablando de sueños, ¿se acuerda? Hace tres años.
—Efectivamente —responde Francisco con afecto.
—¿Y? “Todo girando. Un macho anciano en el horizonte, iluminado por su propio infierno, quisiera cumplir el mandato de renacer una y otra vez desde las cenizas; cae en picada hacia la oscuridad...” —el hombrecillo cita, como si leyera, aquella última conversación—. ¡Y por lo que veo, el Ave Fénix está aquí en gloria y majestad. ¡Usted ha rejuvenecido diez años, mi amigo! ¿Viene a la Hostería? Permítame el placer de su compañía.
El rostro de Francisco se ilumina... Pero luego, como un atleta que se dispone a romper su propia marca, respira profundamente. Gira la cabeza como cazando un pensamiento. Sus ojos se llenan de lágrimas. Su lengua recorre los labios resecos antes de declinar la invitación:
—No, mi amigo. Pasaba por aquí... Hace mucho que abandoné la bohemia. ¡Ya ni siquiera bebo!


Camina lento por la calle Vergara.
Se retrae observando a la gente que pasa haciéndose parte del paisaje.
Una a una, cada casa de esa cuadra —sumergiendo su historia, dejando en el recuerdo difuso los nombres de sus antiguos moradores— se ha convertido en la sede de algún comercio marginal. La hermosa arquitectura del barrio, oculta tras carteles de mal gusto que coronan las fachadas y los pórticos, pasa inadvertida para los transeúntes que la recorren buscando un repuesto de automóvil o van camino a una oficina de tercera categoría.
Pero, igual que cuando era un niño que volvía del colegio, al mirar hacia su izquierda las cúpulas y fachadas que emergen entre el follaje, iluminadas por el último sol del atardecer, se convierten en castillos de oro perfilados contra una cordillera mágica, hoy velada por el humo de la ciudad.
Al llegar a Sazié atraviesa hacia el oriente.
Aroma a pan tostado y a café lo recibe al abrirse la puerta principal.
La voz de su madre que lo llama desde la sala.
—Francisco..., ¿es usted?
—Sí, mamá —contesta.















—Desde que dejé a mi marido, jamás he vuelto a llegar al orgasmo haciendo el amor —confidenció Militza y apartó su mirada de los ojos del médico, ruborizándose—. Van algo más de cuatro años... y no sé qué será. ¿Tal vez me he vuelto frígida?
—¿Estuvo casada mucho tiempo?
—Más o menos diez años.
—Y su relación sexual... era buena, según parece.
—Lo único bueno era eso —respondió Militza dubitativa—. En todo lo demás se hizo insoportable.
—¿Tanto como para justificar su renuncia a esa satisfacción?
—No pensé que estuviera renunciando a nada. De hecho me fui con otro hombre.
—¿Y con él... no sentía?
—Al principio creí que era algo temporal, porque causas había muchas: la ruptura reciente... Además, nos fuimos a vivir con mi nueva pareja al extranjero. Estaba embarazada y sufrimos juntos la experiencia de un aborto espontáneo... En fin. Supuse que, una vez normalizado todo, yo volvería a funcionar bien... Que podría abrirme y dejarme ir... Pero no fue así. Por otro lado, el tipo demostró ser un papanatas. En la cama era también un pobre infeliz. Un machito, doctor... Diez saltos y cinco brincos y después “¡mi amor, mi amor!”, y ahí terminaba el alegato —Militza sonrió con ironía.
—¿Su primer marido fue su primer hombre en el plano sexual? ¿Usted era virgen?
Militza dudó.
—No, doctor... Yo tenía treinta años cuando lo conocí —y enrojeció.
—¿Y sus relaciones anteriores eran satisfactorias?
El color en el rostro de la mujer llegó al rojo máximo:
—¡Por supuesto, doctor! Totalmente satisfactorias...
—¿Lograba el orgasmo, por lo general...?
—No me refería a eso. Eran satisfactorias en un sentido más amplio que lo meramente genital —afirmó Militza, intentando desmentir con el tono desafiante la inseguridad que expresaba su cuerpo. Se quedó mirando al médico con los ojos muy abiertos, apretando las manos entre sus rodillas. Luego pareció relajarse. Guardó silencio largo rato, para agregar en voz muy baja—: La primera vez que experimenté el orgasmo compartido fue con Francisco, mi ex marido... Antes había tenido una relación por largo tiempo... en la que sólo me erotizaba con las caricias, ¿me entiende? En ese período, tal vez un año o algo más, antes de aceptar las relaciones íntimas, pasaba de todo, salvo que yo me desnudara por completo. Me asustaba tanto la fuerza de lo que sentía que, cuando llegaba al límite, paraba bruscamente.
“Mucho después fue mi primera vez, y comencé a vivir repetidas experiencias de fracaso. Aunque mi novio era considerado y cuidadoso, no pude responderle... Mi cuerpo se desconectó y mi mente veía todo el tiempo una escena en la que evaluaba a mi amante como a uno de esos malos actores cuyos ademanes contradicen el texto que pronuncian y que terminan por hacer reír al público en las escenas más dramáticas. A mí misma me vi ridícula: una castrada, desnuda y frígida, con las piernas y la boca abiertas recibiendo empujones, como esos trozos de carne que son apaleados, sin una pizca de odio, para echarlos a la parrilla.
“Fueron varios años, doctor... En adelante, nunca sentí nada con mi pareja. Se acabó la excitación y surgió la indiferencia. ¡Llegué al convencimiento de que podría pasar sin sexo todo el resto de mi vida!
—¿Ya no piensa de esa forma? ¿Por eso viene a consultarme?
—Así es... Conocí mi capacidad y quiero realizarla... ¡Es injusto que mi plenitud sexual quede como un mero episodio!
—No va a ser una tarea fácil —la previno el médico—. En mi profesión no hay atajos ni vías rápidas. Es un trabajo largo y laborioso. Depende del paciente, de su motivación por encontrar la mejoría, que logre resultados. ¿Se ha sometido a terapia anteriormente?
—Mi ex marido es psiquiatra —respondió Militza, triunfal.
—¡Vaya! —exclamó el médico—. ¿Cómo se llama?
—¡Van Root...!
—¿El doctor Francisco van Root Calvo? ¡Pero si es una eminencia! ¡Yo mismo fui su alumno!
Militza lo miró tratando de parecer sorprendida. No confesó que ésa era la razón de que lo hubiera escogido.
Involuntariamente cruzó con fuerza las piernas, apretando la cartera contra el pubis.
La tarde había caído inadvertidamente mientras conversaban, y una atmósfera acogedora, familiar como un recuerdo de infancia, se había instalado en la consulta del médico. Por la ventana se podía ver los grandes árboles de la avenida, oscuros y llenos de misterio, contra un cielo de transparencia gris metálica.









Felipe Heller y yo estamos en una mesa junto a la ventana en el bar del Oriente, bebiendo con lentitud nuestros gin-con-gin.
Del otrora elegante y amplio establecimiento, el progreso, demandando por la ampliación de la Alameda hacia Providencia; la construcción de la estación del Metro; los paraderos de taxis colectivos que van a los suburbios, la agonía del Teatro Baquedano, han dejado al local con apenas una cortina de las ocho originales, la que se abre a una especie de tierra de nadie. Los antiguos parroquianos también han emigrado, así es que la fina aunque deteriorada decoración, a las ocho de la noche, sólo está dedicada a nosotros y a un setentón con aspecto de inglés aclimatado que también bebe gin, a sorbos largos, en la barra del bar, hablando en monosílabos con el dependiente.
De pronto vemos venir por la vereda una figura conocida. A pesar del rostro bien afeitado, el cabello en orden y la formalidad del vestuario, reconocemos a Francisco van Root.
—¡El Doktor, sin barba y disfrazado de su padre, don Adrianus! —exclama con humor Felipe.
Observamos por la ventana cómo se acerca nuestro amigo, con paso lento, las manos a la espalda, el ceño fruncido.
Pasa por la vereda frente a nosotros, a no más de cincuenta centímetros, y debido a los reflejos de la vitrina no nos ve, aunque su ojos están clavados en el interior y ha reducido el paso. Hace un gesto con la boca, abriendo y cerrando los labios. Su expresión es de ansiedad y enojo cuando sigue su camino.
Nos levantamos y corremos a la calle:
—¡Doktor! —grito fuerte—. ¡Hey, Doktor!
Me oye. Se vuelve, dubitativo, y nos queda mirando.
—¡Benjamín y Felipe! ¡Monstruos apocalípticos! —y sonríe, a la defensiva, con un agrado que intenta ocultar bajo una estudiada frialdad.
—¡Hola, Francisco! —saluda Felipe, con afecto, tomándolo del brazo—. ¿En qué andas?
—Voy a mi consulta. ¿Saben que volví a instalarla donde siempre, frente al Bellas Artes?
—No tenía idea. ¡Pero qué bien estás! ¡Y vistes como un gentleman! Oye, por favor —propone Felipe, cálido—, acompáñanos a la mesa. ¡Si esto es pura sincronía! ¡Digno de Carlitos Gustavo! Nos topamos casualmente con Benjamín y estamos conversando un gin-con-gin. ¡Me daría tanto gusto saber más de ti...!
Francisco inicia la puesta en escena de la disculpa y despedida: mueve la cabeza, pero sus ojos brillan. Con el rostro tenso se humedece los labios. Por fin, como si una fuerza saliera a borbotones de su cuerpo, se distiende, sus rasgos se vuelven relajados y hermosos, y el piano inicia el rondó:
—¡Está bien! Pero tengo unos minutos solamente... ¿Saben que he ordenado mis rutinas? Ya ni entro a restoranes... ni a bares. ¡Hasta me ha dejado de interesar la ceremonia de compartir un trago! —y termina, valeroso—: ¡Tomaré una mineral! ¡Es lo mismo!
Se sienta frente a nosotros y bebe su agua a breves sorbos, mirándonos fijamente.
—Si yo volviera a nacer —dice, convencido—, haría, paso a paso, la misma vida que he tenido... No cambiaría ni un punto ni una coma. ¡Sería el mismo, de principio a fin!
Y en la atmósfera se presenta Beethoven, convocado por el piano.
La mirada de Felipe está cargada de afecto. Informa al Doktor, como quien enumera, pero hay emoción en su voz:
—Vivo en pareja... hace ya más de un año.
Francisco lo mira con simpatía, sonriendo sin palabras.
—¡Es un gallo que conocí en Nueva York! —termina Felipe. Y el violín y el cello también se incorporan a la escena.
En las notas que emite el cello, doloroso y ausente, puede percibirse, como tercero en este triple encuentro, al cura Arraiz.
El violín repite lo que sabe, recapitula, resume su vida, dando al piano poder y plenitud. Sensibilidad le da, para asumir en el dolor... Y piano, violín y cello se funden.
Y hago mía, con el mismo amor, la intención de Von Karajan y orquesta, que también son la múltiple humanidad.
—Sin amar, la vida no es vida... —concluye Francisco.
Y se nos viene, como en una pequeña nube que flotara evocando el nostálgico timbre del cello y de la soledad —deberes realizados, identidad no asumida a mayor gloria de Dios, amor negado de padres a hijos, no fluir desde el uno mismo sino que no fluir: no a lo que es consuelo, sino antes al desconsuelo; no a lo más, sino a lo menos; no a lo más alto y precioso, sino a lo más bajo y despreciado; no a lo que es querer algo, sino a no querer nada; no andar buscando lo mejor de las cosas temporales, sino lo peor de todo cuanto hay en el mundo—, se nos viene desde esa nube y nos abraza, surgiendo de entre los muros del bar del Oriente tapizados de cuero rojo y desde los grandes espejos, la imagen atormentada del padre Arraiz, el solitario e incompleto y hecho añicos Pedro... el hijo más brillante y dotado... Pedrito, Peyuco...







Muy tarde, de regreso de la consulta, paso otra vez frente al Oriente.
Me detengo ante la puerta, pero luego sigo andando. Llego hasta el parque Bustamante caminando lento, y me devuelvo.
Esta vez cruzo con paso inseguro la entrada del bar. El espejo, al fondo, me devuelve la imagen: en mi rostro veo una horrible contradicción.
Busco una mesa interior semioculta y pido agua mineral. La bebo de un solo trago.
Mis manos tiemblan. Mi frente transpira profusamente.
Ordeno otra mineral con las mandíbulas apretadas.
Cuando el mozo se aleja lo vuelvo a llamar, exigiendo, con una voz ronca que no atino a reconocer:
—¡Tráeme un whisky doble con mucho hielo!
Con el codo sobre la mesa apoyo un instante la frente en mi mano derecha. Después levanto la cabeza, desafiante, y paso la lengua por los labios resecos mientras tamborileo con los dedos sobre la mesa, impaciente.









Atravieso tambaleante la Plaza Italia, silbando “Mary... Peggy... Betty... Julie...”, y camino por el Parque Forestal hacia el poniente, seguido de todos mis fantasmas.
Con la frente apoyada en la puerta de la consulta busco las llaves. “Mary... Peggy... Betty... Julie... chicas de New York”, sigo silbando bajito, casi inaudible.
Escucho el roce de la llave largo rato tanteando infructuosamente la cerradura, hasta que logro abrir.
Entro en punta de pies silbando para mí mismo con picardía, las mejillas rozagantes, brillantes los ojos.
Asumida y hecha propia mi circunstancia...
Empujo la puerta suavemente, con movimientos de felino, pero trastabillo y ésta termina por cerrarse ruidosamente. Pongo el índice de la mano derecha sobre los labios: “Shhhhht”.
Camino silencioso hasta el escritorio.
Junto a éste, de pie, oscuro y atormentado, noto que está mi amigo, el sacerdote Pedro Arraiz, vestido con larga sotana. Me muestra un bulto que tiene entre sus manos: es una vieja jaula de canario, dentro de la cual juguetea el ratoncito de su infancia.
Paso junto a él. Abro el cajón superior del mueble y saco el revólver.
Es un gran 45, Smith & Wesson.
Observo un instante el arma antes de introducirla en mi boca y buscar, con precisión de cirujano, el punto exacto.
Entonces disparo.


“Cansado de interrogar vanamente
a los hombres y a los libros
he querido preguntar al ánfora.
He puesto mis labios sobre sus labios
y he murmurado:
¿dónde iré cuando muera?
Ella me ha respondido:
Bebe de mi boca largamente;
no volverás jamás aquí abajo.” 1



------------------------------------------------------------
(1) Anónimo sufí.






Y hago fe, padre mío, en el tango de Gardel, en los boleros de John Lennon, de Lucho Gatica y de los otros grandes; en poemas o en tontas palabras —nos interpretan a nosotros, que somos hoy, tal vez menos pendejos, quizás más conducentes—, en tu mundo raro y por ti aprendí, partiendo de nuevo...
Detrás de los muslos dorados, largos, carnosos y firmes de Mary... Peggy... Betty... Julie... chicas de New York...
“Non ridere, Benjamín, non ruggiere, non qui detestare. Sed intelligeri!”, me decías, buscando la llave... abriendo una puerta.
Abriendo todas las puertas del dolor y de la compasión, padrecito Van Root...
Hemos crecido.
Tomemos la chance de vivir... Volar a cualquier parte... somewhere, con someone. Just like starting over... starting over... starting over...
¡Que la vida es de minutos nada más!
Regresarás despierto...
Y, como el Ave Fénix, volverás a empezar...






Francisco se incorpora de un salto en la cama. Siente el cuerpo mojado de sudor y un dolor de cabeza triturante. “Un alza catastrófica de presión encefálica”, se dice. “Fuente onírica somática: soñar con el propio suicidio... Pero también: ‘¿Dónde hallar la oscura huella de la antigua culpa?’”.
Y cuando está evaluando su situación biológica, oye cómo el piano, el cello y el violín se han fundido en una clara intención que sólo en imágenes percibe, inexpresable en palabras: que asumirse, muchas veces, es no poner los labios en los labios del ánfora, es no asumir los paradigmas, que negarse hasta la muerte es la única forma de hacer humana la escisión del soplo de Dios en la materia; que la vida no fluye con el argumento enseñado; que timbre y tono son las claves sólo en ocasiones; que el Libro de las Verdades Verdaderas incluye en sus páginas nada más que dolor, mentira y resignación. Que las obviedades en él contenidas son madres venenosas del odio a sí mismo: de la negación de la vida.
Pero la interpretación de su sueño de autodestrucción queda pendiente para siempre, porque el dolor, partiendo desde el octavo par craneano, se expande por los dos hemisferios cerebrales y hace que el mundo gire como un torbellino, rompiendo hasta la más primaria sensación de equilibrio.
“Rescatar desde aquí, para la vida, para la locura de la luz, a los ángeles y a los arcángeles encarnados en Caín.
“¡Escuchen, padres! Por lo que hicieron de mí: no hay mácula. Está asumido y saldado.
'Por lo que quisieron hacer de mí, por su amor —cuando lo hubo—, por su angustia por mí, por su frustración de mí, por sus cuidados: ahí va para ustedes mi enfermo amor. Todo el dolor, cancelado... archivado... No hay deuda... con éste... este hijo de Dios.
María Ester, la madre, escucha el quejido.
Corre con sus pasos ancianos al dormitorio de Francisco.
Lo ve agitarse con ambas manos apretadas contra las sienes y de pronto arquear el cuerpo para dar su enorme salto.
Luego se desploma, hundida la cabeza en la almohada.
De una extraña manera, en la obscuridad, ella percibe que, por un instante, los ojos de su hijo la miran risueños, generosos y vitales.
Y se apagan.
—¿Qué pasa, hijito? —pregunta, poniéndole su mano en la frente, adivinando la respuesta desde siempre—. ¿Qué hay, Francisquito...? —y las lágrimas fluyen por sus mejillas llenas de surcos.
Mucho después aparece en la puerta la figura del padre.
Adrianus van Root, ataviado con la blanca camisa de dormir —estricto y pálido—, apoyado en el bastón, mueve la cabeza, desaprobando.
Por la ventana se ven los árboles de la calle a la débil luz de los faroles.
Sopla a intervalos, desde el sur, un viento suave que hace volar algunas hojas amarillas cuyas figuras se recortan contra la noche, girando.
El paisaje nocturno que se ha colgado de la ventana trae la certeza de que el otoño ha comenzado, sin aviso, hace tiempo.




F I N

No hay comentarios.: