EL DOKTOR,
EN TRIPLE CONCIERTO
NOVELA
J. F. PINEDO
® J. F. Pinedo Inscripción No 128.523 (2002)
SEGUNDO MOVIMIENTO
LARGO
—¡Absolutamente estéril! —repite Francisco, mirando con gesto de condolencia a Militza y Diego, que siguen sentados en el sofá.
Ocho años atrás habían formalizado su relación dejando explícitamente fuera todo proyecto de paternidad. Y ahora Militza se mostraba encaprichada con la idea de tener un hijo.
Se acerca a ellos, tendiendo a su mujer unos papeles.
—¡Mire, mijita! Aquí tiene el resultado de la medición de espermios que me hicieron —Militza toma con preocupación los papeles—. Me tuve que masturbar detrás de un escritorio... a mi edad... con la enfermera haciendo comentarios sobre la oposición del Comandante de la Aviación dentro de la Junta de Gobierno y cosas así —permanece pensativo—. ¡Absolutamente estéril! —termina por fin, mirándolos. Su expresión es tranquila.
—Entonces yo estoy loca —dice Militza con furia—. ¡Estoy loca! ¡Histérica! Tengo un embarazo imaginario de un marido estéril. ¡Algo huele mal! —se vuelve, furiosa, a mirar a Diego, su acompañante en el sofá. Éste hace un gesto de impotencia, moviendo la cabeza como si se tratara de un mal chiste, y mira al suelo.
—No sé qué huele mal en Dinamarca... ni sé nada de nada... ni si ésta es una pieza de Shakespeare o de Moliére... ni quién representa aquí a Hamlet ni quién sería Claudio —Francisco se vuelve y camina hacia el aparador—. Pero estoy... estéril de manera total y completa, según estos exámenes no hay ninguna duda.
Toma una botella de vino abierta que hay sobre el mueble y se sirve un vaso. Bebe de un trago todo el contenido y lo vuelve a llenar. Desliza la palma de su mano izquierda, con movimientos pausados, desde la boca hasta el mentón, sobre su barba entrecana, antes de beber el segundo vaso. Luego coge la botella con lentitud y la lleva hasta la mesa de centro.
Ambos hombres muestran un evidente parecido; buena estatura, frentes altas de pronunciada calvicie, ojos de color sepia transparente, narices aguileñas, el mismo dibujo y consistencia de las barbas; aunque la mirada del más joven no refleja la fuerza psicológica del mayor, ni la elegante inteligencia.
Por el ventanal abierto entra una suave brisa. El movimiento ondulante de las cortinas contrasta con la inmovilidad de las tres personas, inmersa cada cual en sus pensamientos. Militza enrojece, se levanta y corre hacia el interior del departamento. El hombre joven hace el gesto de seguirla pero Francisco extiende el brazo hacia él y lo toma con fuerza de la muñeca:
—Déjala, Diego —y bebe el resto de vino de su vaso.
Aroma a pan tostado y a café me recibe al abrirse la puerta principal. Cuando voy con paso rápido hacia la cocina oigo la voz de mi madre:
—Francisco, ¿es usted?
—Sí, mamá.
—Venga para que lo vea su tía Virginia.
Mientras mi tía celebra los cambios experimentados por mí desde su última visita, me distraigo reflexionando sobre los parecidos y diferencias entre ambas hermanas.
“¿Cómo puede ser que sean iguales?”, pienso, “¿si mi mamá es tan linda y la tía tan fea?”
—Vamos a tomar té ahora mismo —dice mi madre—. Usted vendrá muerto de hambre del colegio. Vaya a dejar sus cosas arriba, lávese las manos y después saluda a sus primos que están en el jardín, mientras la Lucha termina de preparar todo. Sentémosnos en el comedor de los niños, no más —le propone a Virginia—. Es mucho más rico y podemos disfrutar de sus ocurrencias. ¿Le parece? —me dice a mí, y me da una suave palmada.
En el jardín me siento herido —son celos que me afectan físicamente, como un golpe en la boca del estómago— al divisar detrás de las ligustrinas a Sara con el primo Dieguito; éste en uno de los columpios, mi hermana en el otro, conversando mientras se mecen a poca velocidad. En cuanto a mis otras dos hermanas, Adriana está sentada en el travesaño de la barra de gimnasia y atiende a lo que ellos dicen; corriendo por el jardín, Catalina, la menor, juega con la prima Rosita.
Disimulo acercándome al grupo con gesto acogedor, casi paternal, de hermano mayor.
—¿Cómo está ese Dieguito-ito? —pregunto mostrando unos ojos brillantes de picardía—. ¿Te han atendido bien mis... hermanitas chicas?
—Pero, ¿cómo no? —Dieguito mira a Sara, conquistador—. ¡Estábamos conversando de lo mejor!
—Bien —le propongo—, dejemos a estas mocosas jugando a las muñecas. Acompáñame a mi pieza, tengo varias cosas que mostrarte.
—Tanta importancia que se da y apenas me gana por diez meses —reclama Sara—. Estábamos hablando de cosas muy entretenidas con Dieguito cuando usted llegó. ¿No es cierto, Adriana?
—Sí —confirma ésta, enojada—. ¡Cada vez que viene alguien, Francisco hace grupo aparte! Y cuando no hay nadie, lo más bien que hasta a las muñecas juega con nosotras. Y al papá y la mamá con la Sarita, y todo eso.
—¡Cállese, Adriana! —la amenazo con la mano—. No empiece con sus mentiras o le va a llegar.
—Deje a ese pesado, Adriana —dice Sara, creyendo que no la oigo, cuando vamos entrando a la casa.
—Ella desea mucho un hijo, tío —murmura Diego, con la frente baja.
—¿Y yo qué le hago? —contesta Francisco con impaciencia—. Un hijo mío no es posible. Como ves, yo ya no puedo engendrar. Mis espermatozoides están hueros. Entiéndeme bien: ¡no tienen cola! —se encoge de hombros. Toma con cuidado la botella y llena nuevamente su vaso.
—Bueno, la queja que yo he escuchado de Militza es por su deseo de tener un hijo tuyo. Le duele que tú no lo quieras.
—¡Por ningún motivo! Esa opción fue previa al matrimonio, así lo convinimos hace ocho años. Como médico psiquiatra, como neurólogo, conociendo las probabilidades de ocurrencia de las enfermedades del alma, estoy cierto de que un hijo normal es menos esperable que un psicópata, un maníaco o cualquier otro pifiado. No volvería a correr el riesgo. ¡A los cincuenta años dedicarme a domar a un potro loco! Escúchame, Diego, un hijo normal, en el mundo actual, tiene una esperanza matemática de no más de un cinco por ciento. Mucho menor que la probabilidad de procreación de un esquizofrénico. ¿Crees que alguien que desciende diariamente al infierno, que tiene íntimo contacto con la miseria humana, se va a mover por la ilusión vanidosa de la trascendencia en un hijo? Se lo dije a Militza cuando comenzamos y estuvo de acuerdo. Su cambio de opinión en los últimos meses no dejaría de sorprenderme si yo fuera un ingenuo, mijito. ¡Dejemos la paternidad para los locos! —y lo mira intensamente a los ojos, mucho rato.
Diego baja la mirada, juega con el índice de la mano derecha, introduciéndolo en un pequeño agujero de sus pantalones de mezclilla; luego se levanta y va a buscar un vaso donde vierte el último resto de la botella.
—Destapa otra, por favor —le indica el tío, erguido en su asiento, acariciándose la barba—. En la cocina hay más.
Diego deja el vaso sobre la mesa, hace lo pedido y vuelve a sentarse. Beben en silencio.
—Oye, Francisco: Militza cree que está embarazada.
—No de mí —Francisco fija los ojos en su interlocutor con tranquila firmeza—: Yo no nací ayer, Diego. No me ha pasado inadvertido tu interés creciente en ayudar a mi esposa, sobre todo los últimos tres meses. Te has convertido en su mediador frente a mí y en su acompañante permanente. Hasta en su chofer. Ahora estabas en mi casa cuando llegué a una hora inesperada. ¿Entiendes tú?
—¡Por favor! No hagas esas insinuaciones. Tú sabes que te quiero como si fueras mi padre. Siempre, desde que tengo recuerdos, he estado cerca tuyo. Me has ayudado en todas las cagadas que me han quedado en la vida; con las mujeres; hasta con mi padre, en su momento. Me aceptaste por más de un año viviendo contigo cuando él me echó de la casa.
Se le llenaron los ojos de lágrimas y debió hacer una pausa antes de beber el resto de su vino.
Rolf Heller, el padre de Felipe, volvía de almorzar. Entró a su oficina acompañado del jefe de producción, comentando los últimos acontecimientos de la guerra. Mientras se acomodaba en la silla con sonrisa desafiante, la secretaria le anunció un llamado urgente de su casa.
—¡Oh, señor Núñez! Usted me disculpa. Voy a atender el teléfono.
Con la mano sobre el aparato y moviendo la cabeza con impaciencia miró a su interlocutor. Éste se levantó de prisa y salió detrás de la secretaria.
—Hallo! —gritó Rolf por el fono—. ¿Quién habla? ¡Eres tú, Hertha! Mein Gott, mujer! ¿Estás segura de que es para pronto? ¿No puedes hacer un esfuerzo y esperar hasta las cinco de la tarde? —soltó unas exclamaciones en alemán—. ¡Bueno, voy corriendo! Prepara tus cosas y partimos a la clínica. En media hora estoy por allá —se levantó de la silla y tomó su chaqueta de la percha. Al salir informó a la secretaria—: Voy a casa, Inge... ya nace mi hija... la niña ya viene... Hertha está con contracciones. ¡Adiós!
La brisa otoñal traía aromas que se colaban a través de las hojas entreabiertas de la amplia ventana. Por ésta se veía los bosquecillos de eucaliptos del cerro San Cristóbal, iluminados de sol poniente.
Rolf se paseaba nervioso por el cuarto decorado asépticamente, entre la enorme cama blanca que lucía los monogramas de la clínica y la salita. Los hijos mayores, Rolfito y Hans, entraban y salían a carreras del cuarto, trepando a los muebles, abriendo los closets. Cuando intentaron saltar desde el marco de la ventana a la cama, su padre los reprimió enérgicamente:
—¡Oh, niños imposibles! Dejen sus travesuras para otra oportunidad. ¿No ven que su madre está ahora mismo trayendo al mundo a su hermana? Si continúan importunándome los voy a mandar a casa ahora mismo.
En la sala de parto, tras un fuerte grito de Hertha, asomó su cabeza a la vida un ser rosado y húmedo. La matrona exigía a la madre que continuara sus pujos. Mientras su ayudante presionaba el vientre ella tomaba de la cabeza con ambas manos a la criatura y tiraba. Entonces, con una última contracción, Hertha logró expulsar el cuerpo extraño.
¡No era la niña esperada sino un varón de grandes ojos cerúleos, que movía su cabeza en todas direcciones, en brazos de la matrona y todavía unido a la madre! Su rostro se contrajo y emitió un grito que se convirtió en llanto, como si nacer a este mundo fuera una desgracia infinita.
El médico, sonriente, atendía a la madre. La matrona terminaba con manos expertas la faena de desprender el cordón umbilical. Sin hacer caso del llanto del niño, luego de arroparlo, dijo al oído de su ayudante. “¡Es hijo de padre viejo! Nacen sabiendo mucho.”
Diego se levanta despacio y llena nuevamente los dos vasos.
—Si yo estoy en esto, tío, es por cariño hacia ti. Si me preocupa tu relación con Militza, es porque creo que tú arriesgas perderla y no lo deseo. ¡Ella te ama con locura!
—¡Eros y Thanatos! El amor y la muerte. Los dos elementos constituyentes de la experiencia humana. Ahí tienes toda la mitología: el Santo Afirmar y el Santo Negar en el misterio de la Santísima Trinidad —Francisco da un largo trago antes de continuar en voz pausada, pronunciando con leve dificultad—. ¡Mmmm! ¡No he nacido ayer, Diego! Para mí ya no hay novedades. Nada me resulta increíble. Poseer a la madre, dar muerte al padre. Sólo veo lo que veo y no interpreto. Soy humilde frente a los hechos reales. Cuando llueve digo llueve, y no busco un porqué. Non ridere, non ruggiere... non qui detestare, sed intelligeri! —en su expresión se mezclan dolor y dignidad.
—Sí, tío, está bien —reconoce Diego—. Tú eres absolutamente ponderado y respetuoso de la libertad de los demás. No haces preguntas ni acusaciones. Pero, ¡perdona! No es fácil vivir contigo. Tu forma de vida no es respetuosa de los sentimientos de Militza. Entras y sales a las horas más impredecibles. Te vas al hospital a las seis de la mañana y regresas a cualquier hora; pueden ser las tres de la madrugada... o después de almuerzo. Has convertido tu departamento en consulta psiquiátrica y desde las seis de la tarde empieza el desfile de pacientes. Tú, por lo general, llegas a las ocho, nueve o diez de la noche; mientras tanto Militza, de vuelta de su trabajo, ha tenido que abrir la puerta a la fila de pacientes que te esperan junto al ascensor y soportar la invasión: presa y sin privacidad. Recibiendo quejas e impertinencias. Por ejemplo, la mamá de la niñita esquizofrénica: se mete al dormitorio de Militza y empieza con sus preguntas sobre el diagnóstico de su hija y de ahí pasa directo a la vida privada de ustedes: que por qué tú bebes tanto, que no pareces “un psiquiatra ordenado”, y esto y lo otro.
—Oye, tú sabes muy bien que fue idea de Militza cerrar la consulta del Parque Forestal y atender en casa a mis pacientes. Yo me resistí durante casi un año, sabiendo lo que iba a ocurrir. Pero ella no cejó hasta que acepté y aquí tienes el resultado —el médico bebe el resto de su vino de un trago largo. Se pasa la mano por la barba, pensativo, volviendo a llenar los vasos. Observa al trasluz con detención la botella, ya casi vacía, antes de dejarla con cuidado sobre la mesa. Mira en forma expresiva a Diego y continúa—: Militza tuvo una ilusión respecto a lo que significaría traer la consulta a la casa. Hubo una motivación posesiva de parte de ella: “donde mis ojos te vean... y todo ordenado”; con horarios perfectos; “mi esposo... el señor Freud... en la casa atendiendo de siete a nueve, hasta el aperitivo. A continuación, veremos las noticias a ver si hoy, por fin, cayó Pinochet; después hay que comer, puntualmente, con un vasito, uno solo, de Cabernet Sauvignon” —para ilustrar bebe a sorbito—. Y a la camita. ¡Qué día más agotador, mañana vendrá mejor! Etcétera, etcétera.
—En eso tienes razón —dice Diego, inseguro—, pero cuando llegas, ya has hecho una pasada por la Hostería o por El Candil y despachas rápido a los pacientes, salvo a Felipe y a Benjamín, con los que te encierras en la consulta, provistos de botellones, en terapia socrática, hasta la hora del toque de queda; si no, te vas con ellos a la Hostería. Mientras tanto el resto espera. Como a las once de la noche empiezan a entender que no vuelves y se retiran. La que tiene que poner la cara hasta esa hora es Militza.
—¡Lo pintas con mucho color! Eso ocurrió ocasionalmente hasta diciembre pasado. Ahora estoy de vacaciones; merecidas vacaciones. Este año no he aceptado pacientes particulares —Francisco hace un gesto de gorila, respirando por la boca en un gruñido gutural, arqueando los brazos—. He decidido no seguir atendiendo en la consulta —echa el resto de la botella en su vaso y ordena a Diego—: ¡Tú que eres de la casa, mijito! ¿Por qué no llevas estas botellas vacías a la cocina y te traes una nueva?
—¡Correcto! —contesta éste, y vuelve con otra botella. Llena los vasos y se sienta, tenso. Parece luchar consigo mismo, hasta que por fin, con cuidado, eligiendo cada palabra, dice—: Lo que más le preocupa a Militza es que, quizás debido a estas vacaciones que te has dado, ella cree que estás... bebiendo en exceso —y calla, evitando la mirada de su tío.
Éste se vuelve violentamente, levantándose del asiento con el rostro contraído y los puños cerrados, listo para golpear con toda su fuerza. No obstante, logra controlarse y dice con aterradora calma:
—¡Par de pendejos! ¿Qué se han imaginado tú y tu amante? ¿Acaso pretenden, además, darme pautas de conductas respecto a mi vida personal? —y se queda con el cuerpo inclinado hacia Diego. Sus frentes casi se topan. Diego se deja caer sobre el respaldo del sofá, respirando agitado. Entonces, Francisco se endereza y le dice con dolor: — De mi hermana Sara tienes todo; de mí, salvo el parecido físico, no has recibido... ¡nada! —volviéndole la espalda coge su vaso.
Con terrible lentitud sale al balcón por el ventanal abierto y se funde con el anochecer que cae sobre Santiago.
Mientras él hablaba con voz contenida, su hermana Sara van Root le acariciaba el pelo suavemente.
—No ve, pues... No ve... Se casó con una loca y ahí tiene.
—¿Qué quiere que le haga, si me enamoro de las locas?
Tras un largo silencio, Francisco se enderezó y tomándole las manos la miró a los ojos.
—¿Y no hay arreglo posible? —preguntó Sara.
—¡Es definitivo, hermana! Llevo un año de infierno. Desde que regresamos de mi beca hasta ayer, no hemos tenido ni un minuto de armonía.
—Pero, ¿por qué?
—Constanza vive para su carrera. Hasta sus horarios son incompatibles con los míos. Cuando yo vuelvo del hospital, a las siete, ella acaba de salir a su ensayo o tiene presentación. Hago bohemia en los bares diariamente, para esperarla, y a las once y media me voy al Municipal; no falta que ella tenga un compromiso con las otras bailarinas y yo me acople al grupo hasta la madrugada. Después duermo un rato y a las seis parto al hospital.
—¿Y no tienen momentos en que estén solos?
—Sí, claro. En esos ratos discutimos. Por ejemplo, yo deseaba que tuviéramos un hijo; Constanza, por ningún motivo, pues eso interrumpiría su carrera por un año al menos. Limitaría su futuro, su movilidad; por último, hasta podría echar a perder su figura de aspirante a primera bailarina del Ballet Nacional... “¡Y por si te interesa, no quiero tener hijos! ¡No está en mis planes! ¡No quiero hablar nunca más del asunto, doctorcito!” Eso me dijo ayer, concluyendo la última discusión, antes de que yo tomara mi escobilla de dientes y mis calzoncillos y me fuera, ¡definitivamente!, de nuestra casa.
—¿Ése es el punto fundamental, tener o no un hijo?
—No. No es lo principal. Hay demasiados peros. Yo sé que en nuestro medio soy considerado atípico, no convencional. Pero para la gente entre la que ella se mueve soy un absoluto burgués buena persona. Poco más que notario con un golpe de oreja. ¿Me entiende? Un tipo formal, niñito bien, cuyas únicas gracias son que se especializa para “loquero”. Las sesiones diarias de psicoanálisis como parte de mi formación. Que atiendo en el Open Door y tengo un diploma francés y otro suizo. Esa imagen de burgués también pesa en Constanza. Mientras usted y yo nos tratamos de “usted”, ella hasta con Dios se tutea. ¿Comprende?
—¿Qué hay entre ustedes, entonces? ¿Qué hubo? ¿Por qué se casaron?
—¡La locura! La universidad... Conocernos en la última fiesta de estudiantes. Irnos becados al mismo lugar del mundo. El calor de diciembre. ¡Todo eso, y no más que eso!
—Mi mamá temía un mal final: “Conocerse en un mes, casarse y partir... Además, ella será un genio de la danza...”, decía la aristócrata misiá Ester Calvo: “Muy meritoria la niñita ésta que pretende a mi hijo Francisco, nadie le quitará eso, es muy artista, pero... bueno... por otro lado, ¡y no lo repita, hija!, pero es Barcall no más...” Mi papá, por su parte, sentenció luego de que se embarcaron: “Esa conducta terrible suya hizo siempre prever lo peor. Ya volverá con la cola entre las piernas...”
—¡El primer año fue maravilloso! Nos amamos con París por escenario, la vida universitaria como argumento, la aventura en los cafés de la intelligentsia como tónico y abono. Y la soledad del extranjero, compartir la pobreza de estudiantes, contar sólo con el otro... trabajar de noche como meseros en restaurantes —y se quedó callado, recordando.
Sara observó con atención los ojos brillantes y la figura esbelta y fuerte de su hermano. “Es un buenmozo. Un tremendo tipo”, pensó con orgullo, “¡qué tonta la Barcall de perderlo!”
—Cuando tuve que irme a Suiza, el segundo año, algo cambió. Tal vez porque Constanza se quedó en París y empezamos a vernos sólo una o dos veces por mes. Yo viajaba. Ella no quiso hacerlo nunca: “Me deprimiría horriblemente”, decía. Cada visita me dejaba más preocupado que la anterior. Eran unos encuentros pasionales; empezaban con sus lágrimas hasta que caíamos en la cama como unos locos, temblando; terminaban con gritos, me golpeó más de una vez. Al separarnos, recriminaciones y amenazas de infidelidad si yo insistía en continuar mi doctorado en Burgholzli. Ambos extremos del texto... la llegada y la despedida... eran como la portada colorida de un libro sin interés, que trata de venderse por lo llamativo de la presentación.
“Esos dos o tres días, cada vez, nos veíamos poco debido a sus actividades. Y cuando estábamos juntos, ella guardaba unos silencios cargado de reproches. Sólo hablaba para ironizar respecto a mis estudios. ‘¿Me está psiquiatrizando el doctor?’, o bien: ‘¿Así que practica el pico-análisis’, comiéndose a propósito la ‘s’, ‘con las suizas regordetas día y noche, no, mi doctorcito? ¡Por eso le veo tantas ganas de volver allá!”. Y después: ‘¿Y por qué no eres más franco y te quedas en Suiza de una vez por todas, y me evitas este teatro de tus visitas?’”
Francisco estaba sentado en la alfombra a los pies de su hermana, con la espalda apoyada en sus piernas; ella en el sofá, inclinada, le acariciaba la cabeza.
Afuera el atardecer del jardín tenía más luz que la penumbra que iba derramando su belleza por la sala. Los adornos, el mobiliario y los cuadros —todo hacía evidente que era el hogar de un reciente matrimonio— adquirieron misterio y nobleza con la veladura que puso en ellos la luz mágica de la tarde.
—¿Entonces va en serio que se acaba para siempre su relación con la Constanza Barcall?
—¡Así es! ¡Definitivo!
—¿Y tiene visto ya dónde va a vivir? ¿Quiere quedarse aquí por un tiempo, mientras encuentra algo?
—¿Y qué le parecerá a su marido, Diego, tener un alojado?
—Él vive en el campo prácticamente todo el tiempo. Y yo todavía no me decido a instalarme allá.
—¿Cómo va este matrimonio a distancia suyo?
—¡Bien! —respondió ella con firmeza, pero se quedó pensativa. Después agregó con ironía juguetona—: Como que no hubiera mucho matrimonio todavía. Hasta ahora no ha pasado nada.
—¿Nada de nada? —preguntó Francisco extrañado.
—No, pues, ¿qué apuro hay?
—¿En seis meses? ¿Y en la luna de miel?
—¡Nada de nada! No estoy preparada todavía, y él me respeta mucho.
—¡Oiga, Sarita! ¿Y usted no se siente atraída por su Dieguito-ito? ¿No hay algo, un poco que sea, de pasión entre ustedes?
—No sé. Por lo menos no de esa forma. Siento cariño, afecto. Me entretiene con su conversación, sus ocurrencias. Pero no se me conmueve el cuerpo —se ruborizó—. La mamá dice que así somos las mujeres, que no nos interesan esas cosas sino hasta llegar a los cuarenta. ¡Y entonces, cuando una por fin le ha tomado el gusto, el marido pierde interés y hay que conformarse con lo que él disponga! ¡Para eso están las artes femeninas de engatusamiento!
—¡Madres... espantopónicas, nuestras madres! —Francisco evocó al rector de su antiguo colegio—. ¡Nuestras cobardes madres... nuestros pendejos padres! Transmiten a sus hijas, como verdad universal, los tabúes de la cultura católica, españólica, románica y castradórica. Les graban completo, en el inconsciente, el Libro de las Verdades Verdaderas.
Aparecieron en su mente las primeras conversaciones adultas de la adolescencia, cuando él entraba por la noche, como un fantasma, al dormitorio de su hermana y hablaban, a veces hasta el amanecer, de sus problemas y proyectos. Había en esas ocasiones, junto a una apertura total de rincones muy privados del alma, la magia de una sublimada atracción de los cuerpos. Notó Francisco en una ocasión, al volver a su dormitorio, que su sexo estaba húmedo y el prepucio se había deslizado por sí solo hasta atrás. “¿Le pasará también a ella algo así?”, se había preguntado, y esa duda lo obsesionó por varios meses. Una tarde en que ayudaba a Sara a ordenar sus ropas de invierno en la bodega del subterráneo, se encontraron de pronto sus cuerpos en el esfuerzo de colocar una maleta en la repisa más alta. Sintió apretado contra su pierna el muslo tibio de la joven y en la espalda el roce de su seno. Sus miradas se buscaron; Sara tenía el mismo brillo en los ojos que cuando habían luchado hacía un año y se oía su respiración agitada. La pregunta afloró sola, sin pensarla, mientras ella daba el último empujón al bulto con un suspiro de alivio.
—¿A usted también le pasa algo raro conmigo cuando estamos juntos? —su voz sonó ronca y con extraña propiedad.
—¡No sé de qué me habla! —susurró ella, entrecortadamente.
—¡De esto! —dijo él, y tomándole la mano la metió bajo el pantalón de su piyama—. ¡Mire lo que me pasa!
Ella rodeó con intensidad el miembro duro y húmedo. Entonces se le dobló la cintura y todo el cuerpo exhaló un suspiro fuerte.
—¡Ay, Francisco! —con un estremecimiento salió corriendo de la bodega. Tenía la boca seca y desde adentro del sexo el éxtasis, como una punzada profunda, llegó, haciéndola explotar también en lágrimas y líquidos.
Al recordar ahora la escena, Francisco sintió lo mismo que diez años antes y, de manera inconsciente, apretó con más fuerza la cabeza contra las rodillas de Sara. Ella aumentó la presión de sus dedos sobre la frente del hermano y aspirando profundamente logró controlar su agitada respiración, aunque no el temblor que le recorría todo el cuerpo. Intentando iniciar la huida, dijo:
—¡Estoy de lo más elegante y grande! Tengo todo tipo de traguitos. ¿No le provoca a esta hora tan rica? Hay vinos, vermut, whisky, coñac, lo que quiera —y comenzó a levantarse con movimientos elásticamente torpes. Francisco giró para dejarla pasar y se miraron. Ella sonreía con la boca húmeda y abierta, el pecho agitado, los ojos brillantes.
—Tomemos whisky —dijo él con voz ronca.
Ella se alejó en la semioscuridad hasta el otro lado de la sala. Abrió el pequeño mueble bar y una lámpara en el interior de éste se encendió, esparciendo su tenue y cálida luz por la habitación.
—Voy a buscar hielo —Sara entró en la cocina. Una vez sola, se abrazó inclinando la cabeza y un temblor le recorrió nuevamente todo el cuerpo. “¿Qué me pasa, Dios mío?”, murmuró para sí misma y volvió a respirar profundo. Abrió el refrigerador, sacó hielo y al echarlo en el recipiente, varios cubos se desparramaron por el mesón. “¡Qué torpe me pongo!”, se reprochó en un suspiro.
Cuando regresó, Francisco estaba de pie junto a la ventana mirando el jardín.
—¿Quiere con agua y hielo? —ofreció Sara.
—Yo mismo me sirvo —dijo él y se acercó. Ella puso un poco de whisky en los dos vasos, con manos temblorosas. Trataba de disimular su turbación realizando movimientos rápidos, con lo que derramó licor sobre la fina madera.
—¡Ay! ¡Qué tonta soy! —y con un gesto lleno de encanto cogió el borde de su amplia falda para limpiar el mueble, descubriendo sus hermosas piernas desnudas—: ¿Quiere hielo? ¡Yo, montones y harta agua!
Francisco tomó su vaso y vertió con cuidado más whisky, casi hasta llenarlo.
—Yo no le pongo hielo ni nada. ¡Esto para mí es como agua de las Carmelitas! —dijo, y notando la extrañeza de su hermana, explicó—: ¡Si algo le debo agradecer a la vida bohemia de Constanza, es descubrir que tengo una cabeza de fierro y un hígado más inteligente que no habiendo!
—¡Salud, entonces! ¡Por su nueva vida! ¡Que vengan éxitos! ¡Y... hasta el hijo que desea! —brindó Sara, ya más tranquila, levantando con gracia el vaso.
—¡Salud! —respondió Francisco, y anunció—: Aceptaré su invitación para quedarme aquí unos días. ¿No fue broma? Por un par de semanas, mientras arreglo la consulta y me instalo.
Ella lo miró radiante y asintió. De pronto se ruborizó.
Un nuevo estremecimiento le recorría el cuerpo.
Afuera ya era de noche.
Las señoras se sientan a la mesa sonrientes. Mientras mi tía Virginia celebra el ambiente acogedor del lugar, aparece la Lucha seguida de las niñas. Catalina y mi prima Rosita con las mejillas rojas por la agitación de sus juegos entran primero. Hay una alegría expectante en sus miradas. Mis otras hermanas, Sara y Adriana, en cambio, vienen serias.
—¿Qué pasó, niñitas, que traen esas caras? —pregunta mi mamá.
—No es nada —contesta Sara arrugando la nariz en un gesto de desprecio.
—¡Es que ese famoso Francisquito es insoportable! Siempre hace la desconocida cuando hay visitas —se queja Adriana, molesta—. ¡Se acaparó a Dieguito como si fuera suyo apenas llegó! Ni siquiera nos saludó a nosotras, sino que empezó al tiro con sus ofensas.
—Voy a darle un reto a Dieguito —interviene Virginia—. Él no puede mostrarse poco gentil con sus primas.
—No, tía, por favor. Si Dieguito es muy atento y simpático —dice Sara y se ruboriza—. Él no tiene ninguna culpa. Es Francisco el que se quiere hacer el interesante.
—Bueno. Siéntense, niñas. Ustedes también, las chiquititas —invita mi madre. Y volviéndose hacia mi Mama Lucha, que permanece junto a la puerta de la cocina con un gesto de crítica dirigido a las niñas, lista para defenderme—: ¡Ya, Luchita, no te quedes ahí parada! Anda trayendo todo, mira que Virginia tiene que reponer energías de su viaje.
—¡Perdón, misiá Ester! Allá voy —contesta la empleada, dirigiéndose a mi madre en tono de disculpa. Pero al salir, a espaldas de las señoras, mira con reproche a las niñas.
Haciendo una batahola en la escala de servicio aparecemos sonrientes mi primo Diego y yo. Al pasar junto a la Lucha, ésta me pone al tanto con un murmullo:
—¡Oiga, Francisco! Ahí estaban las hermanas quejándose de sus malos tratos, jovencito.
—¿Me pareció escuchar que alguien hablaba mal de mí? —pregunto como quien sabe y no sabe. Para molestar a mis hermanas, y también por celos de ellas y mi primo, tomo asiento entre Sara y Adriana.
—¡Fíjese, mire! Ese puesto es el de Dieguito —reclama Sara—. Usted era con las niñitas.
—Instálate con confianza no más, Dieguito —invito a mi primo sin hacer caso. Éste se sienta entre Catalina y Rosita. Me vuelvo hacia Sara y le doy un suave rodillazo bajo la mesa.
—No ve, mamá —se queja Adriana—, Francisco hace lo que quiere y usted nunca le dice nada. Ahora se pescó el puesto del invitado.
Aparece la Lucha con la bandeja en que humean jarros de café, té y leche con chocolate, y un lechero diminuto.
—Por favor, Virginia —ofrece mi madre—. ¿Té o café?
Una vez que ésta se sirve, simplifica:
—A ver, Luchita, pon la bandeja en la mesa no más y cada uno se sirve por su cuenta. ¿Tú prefieres chocolate, Dieguito?
—Café con leche, tía, gracias. Ya me ofreció la Sarita.
—Yo también café con leche —digo, y una vez que Sara ha servido a Diego, tomo el lecherito y vierto todo el contenido en mi taza.
—¡Oiga, Francisco, yo también quería con leche! —se queja Sara.
—¡Ya... yo le traigo, niñita! —ofrece picada la Lucha—. ¿No ve que ese jarrito es muy chico?
La tía Virginia comenta:
—¿Supo, María Ester, que ganamos la amnistía para Ibáñez y Ariosto Herrera? Estaba bueno ya de venganzas.
—Lo que yo no sé —contesta con simpatía mi mamá— es qué les van decir en su partido a los cuatro socialistas que votaron junto con la derecha para dar mayoría.
—¡Bueno! ¡Caballeros no más fueron! —exclama con aire de acogedora dignidad Virginia—. Votaron como tales.
—Sí, para usted... en este caso. Pero en todo ese otro lío de corrupción con las divisas del Banco de Londres. Las platas para la campaña de Ross. Ahí está sola la derecha contra el mundo.
—¡No me diga nada, Ester! ¡Eso es lo más bajo que han hecho sus radicales! Si han pasado casi cuatro años desde las elecciones... y ahora viene este Fuenzalida con sus persecuciones a la bellísima persona de don Horacio. ¡No hay valor!
—¿Don Horacio es el mismo señor amigo del papá? —pregunta Dieguito, dándose importancia ante nosotros.
—El mismo, mijito.
—En fin, Virginia —termina conciliadora mi mamá—, a qué abundar en el tema de la política. Aunque yo no soy una radical, como usted dice; sí, soy progresista. Me encanta que corra aire fresco, que se renueven las formas e ideas. Que la chimenea tenga tiraje. Que haya más y mejores oportunidades para las mayorías. Que la mesa sea más grande y en ella quepa toda la gente.
—¡Ay, María Ester! No me asuste —exclama la tía Virginia, mirando con los ojos muy abiertos a mi madre—. Eso que usted llama su progresismo... eso es puro comunismo. ¡Si usted siempre fue así! ¿No entonará también eso de “que la tortilla se vuelva...”, como cantaban en España?
—¡No hay tal! Pero sí que la dichosa tortilla se agrande y se haga más generosa y nutricia —dice mi madre con un fino ademán.
Por la ventana abierta se ve la cordillera enorme y mágica. Hay color de oro en sus cumbres y proyecta sombras violetas y magentas sobre sus propias faldas. Su misterio se hace máximo bajo este cielo que se ha pintado de rojos y amarillos por un momento, hasta que termina la ceremonia en que los ángeles nocturnos asumen todos los azules, desde el cobalto hasta el de Prusia, y recuperan el dominio del paisaje.
Militza, de bruces sobre la cama, llora con la cabeza hundida en la almohada.
Durante la hora y algo más que ha permanecido en el dormitorio escuchó trozos de la conversación de Francisco y Diego, y ahora el silencio la intranquiliza.
Se levanta y examina su figura en el espejo; los ojos enrojecidos y un poco de pintura sobre sus mejillas, que arregla de inmediato, delatan el llanto. La blusa de seda negra muestra varias arrugas. La mayor, que alisa con movimientos precisos, forma triángulos que llegan hasta la cintura.
Echa su pelo hacia atrás y camina en puntillas hacia el living. Se detiene en el umbral apoyando el hombro contra el muro. Su figura, esbelta y armoniosa, a contraluz en la penumbra, con el largo cabello rubio derramándose por la espalda y la ropa en desorden, parecería la de una colegiala si la tensión de todo el cuerpo no expresara tanto temor y rabia contenidos.
Observa que Diego está solo en el living, sentado en el sofá; tiene la cabeza tomada con ambas manos, casi metida entre las rodillas.
Luego de hacerse una idea de la situación —vislumbra a Francisco, su marido, en la terraza, de espaldas a la ventana, con el vaso en la mano—, pregunta en voz baja pero incisiva:
—¿Qué pasó, Diego? ¿Pelearon? —y lo mira con una sonrisa cómplice, no exenta de angustia—. ¡Diego! ¿Me escuchas? ¿Qué te dijo?
Éste, despacio, levanta la cabeza y se vuelve hacia ella. Se examinan sin decir palabra: ella ocultando la ansiedad; él confuso; ambos humillados, reaccionando de manera opuesta: Militza con la cabeza erguida, desafiante, en tanto Diego se encoge. Después de unos minutos se levanta y camina hacia la mujer, que lo invita a seguirla al dormitorio. Se sienta al borde de la cama. Diego en una silla frente a ella inicia una conversación de murmullos:
—No pasó nada especial hasta que le mencioné tu queja de que bebe en exceso. Entonces reaccionó con violencia. Pensé que me iba a pegar, pero se controló —relata con voz monótona—. En todo lo demás fue ecuánime y ponderado: “Non ruggiere... non qui detestare...”
—¿Y qué dice del embarazo?
—No tocó más el tema. Pero, olvídate. No quiere un hijo, y toda la puesta en escena del examen de espermios es para dejar claro que eso no lo va a aceptar.
—Y de mí, ¿qué dijo? ¿Críticas?
—Ni una sílaba respecto a ti. Sabes cómo es. Cuando le hablé de su exceso en el trago, perdió la calma y nos llamó “pendejos” y luego “amantes”. Antes de ello sólo insinuó que, de ser efectivo tu embarazo... yo soy el padre.
—Bueno, ¿y qué vamos a hacer ahora?
—No sé. Para mí es muy difícil. Estoy dividido. Creo que en tu caso es igual. Se nos enredó la madeja de sentimientos contradictorios que nos provoca mi tío, con nuestros propios juegos incestuosos. Yo, que empecé este acercamiento tratando de ayudar... para que no cagara su pareja... ¡Y mira!
—¡Lo odio! —exclama Militza apretando los dientes. Sus ojos se hacen fríos y malignos—. ¡Me siento engañada! Peor para mí. Porque el pobre huevón siempre se mostró igual... igual. ¡Pero usó todo su encanto para incentivar mi propio engaño! Fui yo la estúpida que me creí capaz de rescatar al genio psicoanalista de su infierno. ¡Soy una imbécil! El tipo tenía a cuestas tres matrimonios hechos pedazos cuando lo conocí. ¡Puchas! No haber dado crédito a los relatos de Esperanza, que interpreté como discursos sicofantes de ex esposa. Se han repetido paso a paso las mismas situaciones.
Y se queda callada, apretando con fuerza las manos entre las rodillas. Diego la mira sin decir palabra, asintiendo mecánicamente.
Atravesó con paso ágil, aunque tambaleándose ocasionalmente, el puente de Pedro de Valdivia Norte. Francisco traía su equipaje en un pequeño maletín. Había aceptado la invitación de su hermana Sara: viviría en casa de ella unos días, mientras encontraba un lugar para reiniciar su vida de soltero.
Aspiró el aire aún perfumado del parque que bordea el Mapocho, donde el cercano otoño se insinuaba en el amarilleo de las hojas de algunos macizos de árboles entreverados con otros, de hoja perenne, oscuros en esa noche sin luna. Cruzó la calle tarareando “Mary... Peggy... Betty... Julie... chicas de New York”, a media voz, allegro ma non troppo.
La casa de su hermana tenía todas las luces apagadas, salvo la del porche de entrada.
Tocó el timbre y se quedó esperando con una sonrisa alegre. Su leve bamboleo denotaba una tertulia espirituosa en algún bar.
—¡Qué loca soy! —exclamó Sara al abrir la puerta—. ¡Olvidé darle una llave!
—¿La desperté? —preguntó Francisco con simpatía, entrando a la casa.
—Apagué la luz hace cinco minutos... Estaba leyendo en la cama. Y esperándolo, también, no se crea. ¿Es muy tarde?
—Deben ser las doce y media.
La observó. Parada a contraluz en la entrada de la casa, su blanca camisa de dormir se hacía traslúcida, dejando entrever los rosados botones de los pechos, la oscuridad cobriza del pubis. En su rostro de colegiala encantada había expectación.
—¡Vaya a acostarse o póngase una bata, que se va a enfriar! —dijo con seriedad el hermano mayor, y sintió ternura: “¡Mi pobre hermana!”, pensó, “¡ha tenido tan poca diversión en su vida! Está ahora en la aventura de recibirme como al hijo pródigo, jugando a la mujer grande, en sus dominios. Emocionada porque se ha filtrado un airecito de vida en el tedioso guión del Libro de las Verdades Verdaderas. Lo graban a fuego, en las puertas del alma, usando los peores métodos —a más inconscientes más ruines—, en los Sagrados Corazones y en cada casa —de adobe o de concreto armado y ladrillos— ubicada entre Dieciocho y Carrera, y entre Blanco y Rozas y sus alrededores”—. ¡Ese maldito libro! —murmuró. Dejando caer el maletín, la abrazó—. ¡Mi niñita... mi hermana! ¡Mi huachita! ¡Mi linda Sarita! —y ella se sintió dentro de una nube cálida que partía de sus cuerpos llenando la pieza, saliendo poderosa por la ventana abierta al jardín, comunicándolos con los árboles que adivinaba afuera. Con la cordillera, a través del inmediato cerro San Cristóbal, con los pájaros en la cumbrera de la casa, y, en su propio ser, con un pajarillo desnutrido y furioso que golpeaba la jaula, haciéndole saltar el corazón.
—¿Esto puede pertenecer al Libro de las Verdades Verdaderas? —Sara oyó que su propia voz sonaba contenida—. ¿Por ejemplo, “un pajarillo enjaulado en una jaula”? —y sintió que temblaba. Sus labios abiertos y húmedos confesaron, en respuesta a la antigua pregunta de Francisco—: Sí, también me pasa a mí... igual. Siento lo mismo que usted cuando estamos juntos —y tomándole la mano la puso entre sus muslos—: ¡Mire lo que me pasa! —con un estremecimiento se abrazó a Francisco, mientras una oleada de placer desanudaba su cuerpo.
Antes de dormirse, a través de puertas entreabiertas en algún lugar del tiempo, les llegó un diálogo de padres, en sordina, mezclado al canto nostálgico de una voz de mujer.
Ha terminado de anochecer y ya comienza a hacer frío. Escuchan cerrarse el ventanal del living y luego los pasos de Francisco. Se ilumina el pasillo al encenderse la luz de la sala contigua. Después, el suave choque de cristales al llenarse un vaso.
Los dos jóvenes están petrificados, atentos, en creciente tensión, aguardando la aparición del otro. La imagen pertinente es la del conejo que, fascinado por el foco del cazador, queda en vibración pero inmóvil, perdido el instinto.
Diego balancea el tronco, apretándose contra el respaldo de la silla. Coloca las manos en la entrepierna. Su frente adquiere un leve brillo de humedad al sentir los pasos acercándose. Cuando el tío llega a la puerta del dormitorio, Diego se estremece. Entonces Militza se vuelve con violencia y grita:
—¿Y qué quieres tú ahora?
Francisco, sosteniendo el vaso de vino, la mira inexpresivamente y se acaricia la barba.
—Voy a estar en mi consulta, mijita —responde con voz pausada.
—¡Haz lo que quieras! —vocifera ella—. ¡Me importa un comino! ¡Yo te abandono! ¡En este minuto! ¡Y te notifico que no me verás más!
Saca del closet su chaquetón y su cartera, y sale del cuarto.
Francisco caminaba sin prisa cuando ella lo alcanzó y trató de adelantarlo, pero la estrechez del pasillo no se lo permitió.
Entonces, siguiendo un impulso, Militza lo tomó por los hombros intentando sacudirlo:
—¿Qué te has creído tú, abusador de mierda? ¿Que vas a desconocer la paternidad de tu hijo, después de que te he dado ocho años de mi vida, soportando tus abandonos y tu indiferencia, tu desconsideración? ¿Ahora quieres que me ponga de rodillas y pase la lengua por los pies de barro del ídolo?
Francisco gira lento pero con tal fuerza que ella debe soltarlo para no ser arrastrada, y entonces su furia la hace llorar.
Están frente a frente, los ojos de uno fijos en los del otro.
En el suelo, como una síntesis, separa sus pies: la mancha del vino que ha caído del vaso de él, junto a ésta: la de las lágrimas de la mujer.
Felipe Heller estaciona el auto con movimientos precisos. Se baja distraído y cierra la puerta de un golpe. Acaba de anochecer y el cielo hacia el poniente es un resplandor rojo y cristalino, sobre las siluetas negras de los árboles del Parque Balmaceda. Echa llave a la puerta y cruza la plazoleta hasta la entrada de los edificios construidos sobre el lecho del río, en el límite oriente del Parque.
Anticipando su visita, mira hacia los pisos superiores de la torre, buscando las ventanas de su destino: están sin luz. Tras una corta carrera empuja la mampara de vidrio y todavía corriendo alcanza el ascensor.
Toca el timbre del departamento del psiquiatra nerviosamente. Nadie acude.
Insiste con otro timbrazo largo y arregla su ropa con gestos inconscientes. Ensaya una expresión de fingido enojo, luego de burla crítica, después de sorpresa cariñosa, la que por último se convierte en otra de verdadera frustración:
—¡Putas, no está!
Pero en ese momento se abre la puerta y Militza lo mira con fastidio, bajo la luz que entra desde el corredor. Tiene el rostro desencajado y huellas de llanto.
—Francisco está en su consulta —dice ella, y lo deja pasar.
Al fondo de la sala, Felipe distingue a Diego junto al ventanal. Detecta en su saludo una agresiva indiferencia, de manera que sólo hace una seña con la mano y sigue por el pasillo hacia la consulta.
Por la puerta entreabierta se cuela un rayo de luz que ilumina el pequeño charco de vino y lágrimas en el suelo.
Se vuelve entonces hacia Militza. En voz baja pregunta:
—¿Está solo? ¿Puedo pasar?
—¡Haz lo que quieras! —corta ella sin una pizca de gentileza.
Hertha Müller —la madre de Felipe Heller— estaba en la terraza interior, bajo la sombra de las enormes higueras.
Hans y Rolf corrían en bicicleta entre los árboles, mientras Felipe, al fondo del jardín, llevaba a los conejos puñados de pasto obtenidos del montón que había cortado Segundo Mora junto a la piscina.
—Toma, Blanquillo —dijo el niño a su regalón—. Aquí te traigo más pastito para ti —y empujó un puñado por entre la reja hasta el hocico del conejo, que se mostró perfectamente indiferente—. ¡Ya, pues, come luego! O si no, se lo voy a dar a los otros.
Aburrido porque los conejos no se interesaban en el pasto, Felipe se acercó al jardinero.
—Oye, Segundo, ¿por qué los conejos no quieren comer más?
—No sé, pus, Felipito. Quiensás si ya han comío demasiao. Además que son muy reflojazos los conejos cautivos. Cuando se dan silvestres sí que se buscan la vida. ¡Hay que matarlos pa’ que no se coman las cosechas enteras!
—¡Ayúdame, Segundo! ¡Tengo que darles todo el pasto que cortaste en la mañana, antes de que se añeje!
—Es que es remuchazo pa’ ellos solos, y menos pa’ comérselo en un ratito como quiere usté... Yo le voy a reservarle un atado dentro de un saquito húmedo pa’ que les dé en la semana, si usté quiere. El resto va pa’ tierra de hojas —y se concentró en el cigarro que colgaba de su labio: un pequeño anillo de papel, todo el resto era ceniza.
Segundo dio una última chupada tomando el pucho entre los dedos pulgar y del corazón; luego, cuidadosamente, lo retiró sin botar la ceniza, dejándolo caer livianamente al suelo en tanto exhalaba por la nariz.
Escupió en las palmas de sus manos y las frotó una contra otra con fuerza antes de coger el mango de la máquina y continuar su trabajo, bajo la admirativa observación del niño.
Hans y Rolfito pasaban en sus bicicletas, jugando a los vaqueros alrededor de la casa. Sus hermanos mayores se divertían juntos desde el amanecer hasta la noche, todos los días, y nunca lo invitaban.
Hertha levantó la cabeza y le sonrió, hinchando las aletas de la nariz al respirar profundamente. Su hermosa figura se destacaba contra el fondo blanco del muro. Sobre su blusa las sombras de las grandes hojas de la higuera se dibujaban perfectas.
Había algo que lo atraía con una fuerza dulce en ese cuadro. Le gustaba mirar a su madre. Amaba sus brazos fuertes y amigos, que a veces lo levantaban como si fuera una pluma para que alcanzara alguno de los damascos más maduros en las ramas altas del árbol, o lo atraían y él trepaba por sus piernas y las sentía firmes y calientes.
Corrió hacia ella. A mitad de camino apareció Rolfito a toda velocidad en su bicicleta y casi lo atropelló; frenó y la rueda trasera patinó sobre el camino de maicillo. Se devolvió hacia él para embestirlo nuevamente, gritando:
—¡Un abigeo! Amigo Hoppalong Cassidy... ¡El ladrón de nuestro ganado al que buscábamos!
Disparó con su Colt de madera cuando Felipe huía por el pasto para evitar ser atropellado; entonces del otro lado apareció Hans.
—¡Bueno, amigo Roy Rogers! —dijo Hoppalong con voz muy ronca—. ¡Éste era el maldito cuatrero que buscábamos! —y le cortó el paso atravesando su cabalgadura frente a él. Ambos disparaban—: ¡Ya, muere... muere! —y le daban empujones y golpes con sus armas, hasta que Felipe se tiró al suelo. Entonces huyeron:
—¡Vamos “Trigger”! ¡Arranquemos para el pueblo, Hoppalong, a buscar refuerzos! ¡No sea que aparezcan los amigos del cuatrero y nos den una sorpresa!
Felipe se levantó.
Emocionado, corrió hacia su triciclo.
Montó de un salto y pedaleó detrás de los vaqueros.
—¡Ya verán, malditos! —gritaba feliz, al tiempo que disparaba usando los dedos como revólver.
Pero los otros ya lo habían olvidado. Sus gritos se perdían lejos, detrás de la casa.
—¡Asómense, cobardes de la justicia! —gritaba Felipe y pedaleaba orgulloso, a toda velocidad, tratando de seguirlos. Pero no era suficiente.
Cuando miró hacia atrás, observó al fondo del enorme patio, junto a las conejeras, más allá de donde Segundo Mora despedía la humareda de otro cigarrillo, a sus hermanos, inalcanzables. Nuevamente, él ya no estaba incluido.
Un par de meses antes me tocó participar con Francisco y Militza en una fiesta. Era el cumpleaños del profesor Carvajal; así le decía Francisco, poniendo en el nombre un cariño de tú a tú.
El dueño de casa, director de la Orquesta Sinfónica, se paseó durante toda la fiesta con su violín entre la gente, tocando inspiradamente, con el mentón levantado y una sonrisa de beatitud extrema.
Sólo provisto del violín y una botella de whisky que acarreaba un mozo, recorría su fiesta anunciando que improvisaría la melodía para cada escena. No sé de qué manera había conseguido conectarse a los parlantes que circundaban el lugar, los que repetían su música y todos los diálogos en que participaba.
Nosotros tuvimos que hacer grupo en una de las mesas dispuestas al aire libre, con amigos de Francisco que lo habían obligado a sentarse con ellos: una pintora y su compañero que se dedicaba a la artesanía, un tipo joven aficionado a la poesía y dos escritoras vanguardistas que, en respuesta a la mención de Proust hecha por Militza, hablaron con veneración de Foucault y de Saussure. Cuando ésta citó a Freud, las mujeronas arremetieron con Lacan y la escuela psicoanalítica francesa.
Francisco intervino: “El lenguaje... es la condición del inconsciente”, dijo, como si recitara.
Con su típica parsimonia, hizo referencias de interés respecto al francés.
Militza lo interrumpió:
—¡Ya empezó a transmitir el tío Pancho! —y le dio un tirón en la camisa—. He leído completo a Lacan —remató, tajante—, y es evidente que todo su alegato convierte la jurisprudencia freudiana en cosa juzgada, año ñauca. ¡El psicoanálisis está gagá! —Militza dio por zanjado el tema, y se quedó en actitud desafiante frente a las potentes mujeres. A excepción de ellas, los demás mirábamos compungidos a Francisco, que sonreía como si tal cosa, tarareando “Mary... Peggy... Betty... Julie... chicas de New York”.
—¡Oye, mijita! Si te vas a pelear con el Papa, no salgas a predicar —recomendó con enojo la pintora a Militza—. Tu marido nos da cátedra a todos sobre el... prolífico Lacan... o cualquier otro.
Poco después el poeta propuso un juego llamado “el cadáver exquisito”. El Doktor se disculpó. Dijo que nunca le había interesado jugar a los automatismos grupales: “Prefiero el placer de intercambiar experiencias, reflexiones, conversar más libremente —y, justificando su posición, para alivianar, jugó en broma al dichoso “cadáver”, citando algunas frases hechas respecto a Neruda: “De comunista, ni un pelo, el poeta de lo telúrico. Su verdadera poesía: los veinte poemas de amor” —y rió de buena gana.
—¡Qué resentimiento, por favor! ¡Qué mezquindad en un hombre que se las da de culto! —dijo Militza con desprecio.
Observé a Francisco y no tuve dudas: al fondo de sus ojos, todavía brillantes de alegría por la improvisación nerudiana interrumpida, había un fastidio lleno de compasión. Ésa era la expresión exacta que vi en su rostro; la misma de nuestro primer encuentro, en la Hostería de Providencia, hacía cerca de doce años, cuando terminó por decirme, con una propiedad que desde entonces trato de hacer mía: “¡Bueno, Benjamín! Alguien menos tolerante te daría un puñetazo. ¡Te comportas como un pendejo!” Y ahora Militza hacía la pendeja, tratando de mostrar, como quien dice, que la tenía más larga. Que andaba paseando a un pobre tipo. Que ella sí que se las sabía todas.
Cada vez que llegaba cerca nuestro una bandeja con tragos, ella, mirándonos con ojos suplicantes, le ordenaba: “¡No tomes más!” Y si Francisco, sin hacer caso, sacaba una copa, lo miraba iracunda, haciéndonos gestos cómplices de impotente furia.
—¿Te das cuenta, Benjamín, cómo se propasa? —me decía, en actitud de confidencia.
Estábamos junto a un sendero dibujado entre los árboles. Lejos se divisaba el grupo. De pronto Militza se volvió y, cogiendo seductoramente al profesor Carvajal de un brazo, se lo llevó, hablándole al oído. Pero el amplificador del violín permitía que todos escucháramos su discurso.
—Ronca por las noches... el psicópata. ¡Es adicto al alcohol y a las drogas! Abrazos y palabras... pero el afecto, plano... luciérnaga del bar, y en su casa oscuridad —sus palabras se fundían con la música del violín, convertidas en cuchillos.
Francisco soñó esa noche que recibía cortaduras en el pecho, pero también entre las piernas. Sus testículos, pese a estar rodeados de una cota de malla, se habían recogido con la sabiduría del instinto, esquivando los puntazos que, no obstante la protección guerrera, herían la piel. “¿Y por qué?”, se preguntaba, “¿para qué me quiere hecho pedazos?”
Militza daba vueltas por el aire en unos absurdos saltos de mono. Al apoyar las manos en tierra, la amplia blusa se deslizaba tapándole la cara, descubriendo sus bonitos pechos. En cada salto se podía ver la hendidura neta de su sexo.
—¡Me anda cuidando el poto! —gritaba, acusadora—. Son todos iguales; lo que es yo, no le aguanto, no le tolero que... ¿Sabes la última del tipo? A mí, que le entregué diez años de mi vida...
El violín traía girando por el aire una interpretación de la escena:
—Hombrecitos... sin bolitas... hombrecitos... sin colita...
El juicio sonambúlico de Francisco:
—Necesita convencerse de que no ha sido castrada. Es George Sand, Virginia Woolf, Juana de Arco, disfrazadas de machito... de David Bowie...
“Detentoras enloquecidas del machismo; las han convencido de que el Libro de las Verdades Verdaderas es verdad, que el varón es su argumento de vida: su enemigo, su amo, su carcelero y su verdugo. Palomas equivocadas. Creen que el mar es el cielo, que la noche la mañana, que la luna es su pelo, que mi corazón su casa...”
La fuerza del sentimiento de rabia y de dolor terminó de despertarlo.
A su lado Militza dormía plácidamente, con los labios entreabiertos: dulce, hermosa y pálida.
La observó un rato y comenzó a invadirlo la ternura, borrando completamente el rencor provocado por la pesadilla.
“¿Cómo puede ser que fluya, al mirarla dormida, este amor, este sentimiento tan intenso? ¿ Lo que acabo de soñar responde a la realidad”, reflexionaba Francisco. “Ella se comporta como una macha huevona, castradora, competitiva, absorbente, y sin el menor respeto por mi íntima persona. ¿Qué pasa, entonces, que me provoca ternura?”, y la acarició en la mejilla, en el cuello, dejando las manos apoyadas con suavidad entre sus pechos.
Militza emitió un quejido y se acurrucó, enlazando sus piernas alrededor de las de él. Francisco se inclinó y la besó en la frente, acariciando sus senos con ambas manos.
Ella lo besó en el pecho.
Apretaba fuerte el pubis contra sus piernas, moviendo el cuerpo con suavidad hacia atrás y adelante.
Él la tomó por debajo de los brazos y la levantó, deslizándose en la cama para besar su sexo.
—¡Niñita! —le decía—. ¡Huachita! ¡Eres el ángel, la princesa! ¡Eres toda la belleza y la dulzura! —y sin dejar de besarla acariciaba sus pechos.
Ella puso una mano entre los labios de él y su sexo y acarició ambas bocas. Con la otra mano se tocaba los pechos y el vientre.
La cabeza le colgaba hacia atrás y se movía al compás de su cuerpo.
—¡Mi amor, mi hermosura! —decía él, y no dejaba de acariciarla.
De pronto ella inició un movimiento rápido e intenso:
—¡Ahí viene! —exclamó Militza—. ¡Ahí viene! —y con un quejido apretó las piernas y se dejó caer de espaldas, gimiendo.
Francisco se tendió sobre ella y la besó en los labios y en el cuello.
—¡Mi amor, Francisquito, mi amorcito! ¡Mi amor rico!
Entonces él penetró, lento, como un animal grande y sabio:
—¡Dios mío, recoge mi oración! Estoy en el cielo...
—¡Yo también, mi amor! ¡Y ahí viene... otra vez! —susurró Militza, y comenzó a llorar y reír al mismo tiempo, como una loca, sintiéndose enorme y llena de estrellas, en el centro del universo.
Felipe golpea la puerta con suavidad.
—¡Pase, está abierto! —dice Francisco desde el interior.
—¡Hola, gran Doktor! —saluda Felipe. El médico está sentado descuidadamente en un cómodo sillón de cuero. En una mesita descansan una botella de vino semivacía, un vaso, cigarrillos y un cenicero repleto de colillas. Contra la muralla hay un escritorio, contiguo a un diván también de cuero, colocado bajo la ventana del muro del fondo. Sobre el escritorio cuelgan tres fotografías finamente enmarcadas. La primera muestra a un colegial adolescente que sonríe bajo el sol sosteniendo entre sus manos un diploma; al pie, la fecha y un título: Egreso del colegio. La segunda presenta a un mozalbete de unos veinte años, elegantemente vestido y peinado a la gomina; la seriedad del atuendo queda desmentida por la expresión cómica de su rostro; en el rótulo se lee: Egreso de Medicina. En la tercera foto, fechada ocho años después, aparece un hombre joven, vestido de tweed, con ambas manos metidas en el bolsillo de la chaqueta, mirando hacia el mundo con bonhomía, de espaldas a una puerta de madera labrada; Miembro de la Sociedad Psicoanalítica de Chile, dice el texto bajo la foto. Sobre el escritorio, entre papeles, algún diario viejo y lápices, hay dibujos originales, varios diplomas deteriorados de universidades europeas y dos de la Universidad de Chile: Médico Neuro-Cirujano y Doctor en Psiquiatría rezan éstos; en los primeros puede traducirse: Neurofisiólogo y Electroencefalografista clínico. En el muro, detrás del sillón, presidiendo el lugar, hay una gran fotografía de Karl Jaspers, bajo la cual, en línea, se ha puesto otras que corresponden a Hermann Rorschach —el hermoso joven de frente poderosa, ojos inteligentes y franca mirada, que sonríe bajo el incipiente bigote—. A continuación, las imágenes de Carl Gustav Jung , Sigmund Freud y Wilhelm Reich.
Pese a que todo esto le es más que conocido, Felipe se queda unos momentos en observación, dejándose invadir por la atmósfera del cuarto. Sonríe acercándose al psiquiatra con alegría, pero éste, si bien no demuestra frialdad y aprieta fuerte su mano derecha en respuesta al saludo, interrumpe su gesto:
—Asiento, Felipe. Siéntate —y le muestra una silla. Luego de mirarlo inquisitivamente, le pregunta con formalidad—: ¿Qué te trae por aquí?
—Bueno. Pasé a verte un momento para saber de ti —contesta un poco turbado y lo mira con extrañeza—. ¿Qué pasó? ¿Estás en problemas? ¿Interrumpo con esta visita sin aviso?
—Tú sabes que éste es mi domicilio particular —dice Francisco—. ¡Aquí no atiendo a mis pacientes!
Felipe se sorprende ante tan tajante como inesperada afirmación, al punto de tambalearse en la silla. Enrojece ligeramente, tratando de percibir si Francisco van Root bromea o no.
—Es que yo vengo como tu amigo —dice finalmente Felipe, cortado—. Hoy día estoy de cumpleaños y quería invitarte a ti con Militza a un pequeño “mangare” en mi departamento. ¿Te parece, o hay problemas?
—Te agradezco la amabilidad —responde el Doktor con leve sonrisa—, pero tú sabes que es la negación de la psicoterapia establecer lazos de amistad entre el analista y el paciente.
—¡Oye, estás insistiendo mucho en la formalidad médico-paciente! —reclama con enojo Felipe—. Por más de doce años me has atendido como psiquiatra y durante todo ese tiempo hemos mantenido una relación de amistad que, por lo menos por mi parte, ha sido real y sin confusión de planos.
—Puedes evaluarlo de esa manera —dice con calma Francisco, sin dejar de mirarlo a los ojos—, pero en la relación terapéutica hay formas que es fundamental cumplir —y se queda en silencio un rato, acariciándose la barba con lentitud—. Una de éstas es la de no fraternización; otra es la de cancelar en forma completa y oportuna los honorarios del psiquiatra.
—¡Perdona —dice con extrañeza Felipe—, pero respecto a lo último he sido absolutamente cumplidor! ¡Te pagué hasta la última consulta en diciembre pasado!
—Eso crees tú. Lo dices con seguridad. ¡Revisa tus cuentas de todas maneras! Correspondiente a este año no me has cancelado nada.
—Pero si no hemos tenido ninguna consulta —se defiende con angustia—. En todo este año tú no me has atendido. ¿O fue consulta la fiesta de Año Nuevo en mi departamento?
—¡Fue consulta!
—Y cuando te ayudé a trasladarte con tu señora a la playa, en enero: ¿fue consulta?
—¡Consulta!
—Y los dos días que me quedé con ustedes en Las Cruces, a solicitud reiterada tuya, ¿también?
—Fueron consultas.
—Yo no lo consideré parte de tu trabajo, ni mucho menos, sino mutuos actos de amistad —afirma Felipe con más tristeza que enojo—. Cuando te llevé el mes pasado a la posta, con una costilla rota, a enyesarte primero y después a sacarte el yeso, para mí no fueron consultas.
—¡Consultas! —repite Francisco, sin dejar de mirarlo a los ojos con fijeza.
—No sé de qué se trata este juego. Pero me está doliendo mucho. ¡Te ruego que lo suspendas! ¡Explícame a dónde quieres llegar con esto!
—No hay nada que explicar, señor Heller —dice el médico con calma—. Sólo que, si usted no está dispuesto a pagar por su terapia, ¡búsquese otro psiquiatra! —y alarga la mano para despedirlo.
Felipe se levanta en forma automática y toma la mano de Francisco. Éste estrecha la suya con fuerza durante largo rato, mirándolo fijamente, con una extraña expresión en el rostro. Murmura para sí mismo, casi inaudible:
—Transferencia cancelada...
Dos lágrimas caen de los ojos de Felipe sobre su mano derecha.
Al salir de la habitación le parece observar en los del médico un brillo de humedad.
Para la ceremonia de término de año y entrega de premios a los alumnos distinguidos, el teatro del colegio luce banderas en las que contrastan la ingenuidad del tricolor chileno con los blancos, amarillos y negros de la Santa Cruz y el rojo de los corazones inmaculados de Jesús y María. Estos símbolos y colores, empapados de cultura nibelunga, son vertidos con emoción a nuestro misticismo mapuche-hispano por estos sacerdotes rubicundos y enormes, cándidos como niño campesino, que cruzan los pasillos dando ridículas instrucciones.
El Padre Rector sube al centro del escenario dispensando a diestra y siniestra unas sonrisas llenas de complicidad y picardía. Toma el micrófono por el cable, le da una voltereta para simular que intenta un falso puntapié futbolístico y luego, con una contrastante seriedad lo encaja en el pedestal, iniciando el acto.
En la primera fila los que salimos del colegio este año, y a continuación los demás cursos del colegio. Ocupamos el primer tercio de la sala; en el resto del hemiciclo se acomodan los familiares que, vestidos con elegancia, participan de la atmósfera efervescente. Los jóvenes y los niños, inquietos en sus asientos, miran a su alrededor buscándose, excitados, dentro del ser colectivo que, inadvertidamente para ellos, los ha devorado.
En la fila de los que egresan abundan las bromas, quizás tratando de ocultar la nostalgia anticipada y el temor frente a la inminente entrada al mundo de los adultos.
Con Ruperto Gutiérrez y otros compañeros del último curso estamos junto a la escala de acceso al escenario. Hemos preparado un pequeño acto cómico con el que se cerrará la ceremonia. En voz baja y manteniendo difícilmente la compostura repasamos los parlamentos, introduciendo cambios de último momento a propósito de las situaciones graciosas producidas en la jornada.
Al Rector lo hacen enrojecer notoriamente los aplausos que coronan sus palabras iniciales. Intenta aplacar esa expresión de la concurrencia aleteando frenéticamente con las manos de arriba abajo, mientras gira la cabeza en negación, los ojos vueltos hacia el cielo en muda súplica de cordura para ese público tan efusivo ante las humildes palabras de un soldado de Jesús. Se apresura entonces a anunciar la repartición de premios para los alumnos destacados.
—¡En Religión y Conducta, eso sí, me he reservado el privilegio de entregarlos yo mismo! —anuncia socarrón, antes de dejar al padre Tadeo, el Inspector General, realizando la tarea.
Los premiados suben uno tras otro al escenario entre las bromas de los alumnos; vuelven a su lugar, orgullosos o ruborizados. No faltan los tropezones en la escala, celebrados con risas y aplausos; desacatos que el Padre Inspector se apresura en reprimir a través del micrófono.
Al anunciarse los premios correspondientes al sexto año, el Rector se levanta y corre, sonriendo con orgullo, al centro del escenario. De un tirón le quita el micrófono al Inspector.
—¡Bueno... quiero yo mismo entregar el siguiente premio! —dice con esa picardía de don Otto—. Para aprovechar de aplicar también un coscorrón muy merecido al destinatario. Porque éste es un alumno —piensa un momento, sonriendo con el ceño fruncido—, un alumno... ¡espantopónico! —remata feliz, creyendo haber atinado con una palabra castellana que exprese su idea—. Este premio se le otorga, pese a su... terrible conducta, por su brillante desempeño en Biología al alumno... Francisco van Root Calvo —y hace un gesto con el puño cerrado, amenazante, hacia mí, mientras sus ojos brillan de alegría—. Este joven que ustedes ven ahora subiendo la escalera, con el pelo desordenado y la corbata fuera de su lugar, ha sacado más canas verdes con sus travesuras a este humilde sacerdote que todos sus compañeros de curso juntos —y estirando su brazo izquierdo hacia mí, que ya he llegado junto a él, me toma por un hombro atrayéndome con fuerza contra su cuerpo. Entre tanto, a los aplausos del público se suma el griterío de celebración de los alumnos: “ ¡ Loco... Loco... Fanrruto... Nene.... Nene...!”
Después de una pausa, prolongada hasta que el teatro vuelve a quedar en silencio, continúa el Rector:
—Pues, bien, volviendo a la seriedad; quiero decir que Van Root, además de su colaboración al colegio como un excelente deportista, como un muy querido amigo de todos los alumnos, y no sólo de los de su propio curso, con la alegría de vida que comunica, con la generosidad explosiva que ocurre en él..., si no fuera por su conducta..., en mi criterio, merecería un premio especial en otra forma de comportamiento..., quizás más relevante que el que a veces se debe exigir en una comunidad y que mide sólo el cumplimiento de unas normas, ésas que Van Root suele sobrepasar sin intención; pero la honestidad, la solidaridad y el amor por los otros en él se dan auténticos y limpios, tal como brota el agua fresca de una vertiente de vuestra cordillera.
El Padre Rector me zarandea con fuerza.
—En su trabajo en Biología, además, también destaca por su talento de artista en la preparación de los trabajos, por su inquietud científica —en ese momento se echa a correr, como si hubiera enloquecido, hacia donde está el padre Tadeo, quien le entrega un gran paquete—. Por todo lo dicho, el colegio otorga un premio especial a este alumno, para incentivar su... vocación
Recibo el paquete y lo abro.
Contiene un microscopio.
Lo muestro al público mientras el Rector me abraza largo rato, diciendo con los ojos húmedos:
—¡Oh, niño..., niño! ¡Hijo mío, ve pues..., bien..., bien!
Busco a mi familia con la mirada. Mi madre está notoriamente emocionada. Catalina, la menor de mis hermanas, sonríe haciéndome señas de saludo con ambas manos, aunque las mayores la reprimen con gestos alegres.
Mi padre mira hacia el frente con expresión severa.
Bajo sonriendo del proscenio y me dirijo hacia ellos. Mi madre y mis hermanas me abrazan. La pequeña Catalina toma el microscopio con esfuerzo y me ofrece:
—Yo se lo guardo este rato, pero, ¿usted me lo va a prestar después para hacer experimentos?
—¡Claro que sí! —contesto y me acerco expectante a mi padre, con el corazón abierto de un egresado que sí sirve, que no es un inútil, que acaba de ser distinguido.
Adrianus, sin moverse del asiento y mirándome con aversión, dice admonitorio:
—Esa conducta terrible suya que hizo notar el Rector, opaca todo otro posible mérito... ¡y hace prever un incierto futuro!
Mis ojos se llenan de lágrimas que apenas logro contener.
Cuando consigo calmarme doy la vuelta y camino lentamente hacia mi lugar para esperar —triste y dolido— la presentación de nuestra obra cómica, la despedida del colegio...
Francisco coge la botella con cuidado, llena su vaso y bebe largamente. Se limpia unas lágrimas con el dorso de la mano y deja el vaso sobre la mesita. Gira la cabeza y se queda mirando, pensativo, los retratos que cuelgan a su espalda:
—Bien, padre Jaspers; escindido y en el límite —dice con voz estropajosa—, cancelado y archivado. Se cierra la consulta: ahí salió Felipe, el último paciente. Ya nos arreglaremos cada uno como mejor pueda; así como tú, esclavo de tu enfermedad, de rodillas escupiendo flemas todos los días desde el amanecer, para dictar la clase de once a doce y luego de carrera, sudando, congestionados los pulmones pero liviana el alma, volver para escupir otra vez, hasta las tres de la tarde, jornada tras jornada, concibiendo la Psicopatología en el centro del eje cultural histórico.
“Hermano Perls, ausente su retrato: cerrada la Gestalt... Padrecito Freud; transferencia suspendida...
“Voy a los profundos y remotos pozos del inconsciente colectivo, donde residen los arquetipos de la especie, iluminados por el fuego obligatorio del ave Fénix, que cumple así el mandato de renacer una y otra vez desde sus cenizas. ¡A tu salud, viejo Carl Gustav!”
Levanta el vaso antes de beber.
—¡Y tú, Rorschach, niño genio, que te fuiste por la ventana del hospital de Herisáu al más elevado de los cielos, a la edad de treinta y siete! ¡Dame ahora una interpretación prudente, digna de tu talento! ¿En qué cuadro de tu psicodiagnóstico ubicarías la estación de mi vida en que me encuentro? Hay en ésta muchas formas que se mueven vertiginosas: aunque rotas y sin color, completan el arco iris. Sólo puede apreciarse lo global, todo o nada... y en el tráfago de la miseria humana hay también garras de fieras, pájaros que traicionan su canto, y así, sólo argumentos comunes y por ello originales. Al teléfono directo con Dios una voz desconocida me contesta ¡cua, cua! y cuelga de inmediato. ¿Será depresión o paranoia esquizofrénica o sólo un paisaje de melancolía, éste en el que convergen todos los ramales de mi existencia? —se queda mirando la fotografía con el cuello torcido. Luego se vuelve hacia adelante, para encender otro cigarrillo. El humo renueva el color azul de la atmósfera saturada del recinto.
Sirve el último resto de vino de la botella, lo bebe de un trago y se levanta con movimientos inseguros. Tambalea un poco pero luego se controla, y avanza lento hasta la puerta. La abre acariciándose la barba.
Pasa junto a la poza de vino que demarca el lugar de la frustrada agresión de Militza, caminando con pasos medidos en la oscuridad.
Recto el cuerpo en consciente esfuerzo de equilibrio, tararea en voz baja por el pasillo.
Al pasar frente a la sala distingue en la penumbra a Diego y Militza sentados en el sofá.
A los pies de ella el bulto de un maletín.
Continúa su camino y entra a la cocina. Abre el mueble y ve que sólo queda una botella de vino por abrir, junto a una de gin y otra de coñac nacional. Toma la primera pausadamente y cuando se vuelve buscando con qué destaparla entra Diego, que le informa angustiado:
—¡Tío, Militza se va!
Hans, el mayor de los Heller, bajó del auto de un brinco apenas éste se detuvo frente a la clínica y corrió hacia la puerta.
Su hermano Rolfito lo siguió, gritando:
—¡Espera... espérame! —se metieron por la gran mampara de cristal, lanzándose escala arriba mientras Rolf, acompañado de su cuñada Ida Müller —una hermosa y muy alta niña de doce años— caminaba pausadamente hacia el ascensor.
Cuando entraron a la pieza vieron a Hertha, la madre, radiante, con el recién nacido en los brazos por primera vez, mostrándolo emocionada a sus hijos.
—¡No importa que te haya hecho otro hombrecito y no la niña! ¿No es cierto? —preguntó con ansiedad a su marido—. ¡Míralo si no es parecido a su padre!
—Sí, sí. Debió ser niña... pero —contestó Rolf luego de un rato—. ¡En fin! Se ve sano y fuerte. ¡Bueno, lo que queríamos ahora no era un niño, era una mujercita, para completar una bella familia! Pero así estará bien, para cerrar. El último hijo. ¡Y no se hable más del asunto!
Entonces tomó al niño y lo levantó repetidas veces por sobre su cabeza diciéndole: “Heil! Heil! Heil, Hitler!”. Después lo dejó en la cuna y se sentó junto a Hertha:
—¡Está bien, meine Liebe! Yo he pensado mucho anoche. Hasta pensé en el nombre. ¿Te gustaría llamarlo Felipe, en castellano, igual que al padre de Carlos, rey de Alemania y España?
Las hermanas Müller guardaban silencio.
Ida asentía mecánicamente, sus ojos puestos en el pequeño sobrino.
Hertha, avergonzada, miraba por la ventana a través de sus lágrimas.
Rolfito y Hans observaban al hermano, riéndose de su cara roja, de su gesto de desagrado y de los movimientos torpes pero muy rápidos que hacía con las manos, como si las limpiara de un material asqueroso.
Aprovechando el descuido de los mayores, Rolfito le metió con fuerza un dedo en la boca y lo movió rudamente en el interior.
—¿Te gusta, mujercita? —le dijo con expresión irónica.
Hans reía, celebrando la gracia.
Extiende la mano y toma el descorchador, procediendo con sumo cuidado a abrir la botella, sin decir palabra.
Diego, de pie junto a la puerta, respira agitado esperando una reacción. Sólo hay la intensidad de la mirada del tío fija en él, hasta que, sin poder resistir la tensión, Diego habla:
—¡Yo la voy a acompañar! —y su voz suena como una súplica.
Se oyen pasos rápidos desde la sala y ven pasar a Militza llevando el maletín. La puerta del departamento se abre con brusquedad.
—¡Abandono su circo, señor Corales! —grita con irónica furia la mujer.
—¡Espera un poco! —Diego corre tras ella—. ¿Por qué no tratas de hablar con él?
—¡Vámosnos, Diego! ¡Nada queda por decir! —responde ella con desprecio. Después de un tenso diálogo en voz baja se cierra la puerta.
Se hace el silencio y, en el mismo instante, el aire electrificado del departamento se fractura en mil átomos que caen sobre el piso como en una ráfaga, contaminando el lugar con espectros y demonios.
La vibración bruscamente interrumpida de la atmósfera trae la certidumbre conocida del fracaso.
Francisco van Root observa la botella con detención, acariciándose la barba. Camina de vuelta a la consulta con expresión resuelta. Se sienta en el sillón; llena el vaso hasta el borde y bebe.
—¡No le voy a seguir el juego, señora Fría de Ánimo! —grita—. Usted cree poder reemplazar al padre por el hijo; no aceptaré yo por hijo al nieto.
Se notaba a primera vista que la mujer que esperaba a Francisco había sufrido en su vida: lo indicaba la expresión cansada y digna en el rostro prematuramente envejecido. Su peinado: había estirado simplemente, hacia atrás, el cabello entrecano, mediante una amarra de elástico en la nuca, de la cual emergía una especie de cola de caballo. La actitud corporal y la ropa algo ajada —un chaleco de lana gris sobre el vestido oscuro, cartera de cuero color café y zapatos de taco bajo— contrastaban violentamente con la figura de una Militza muy joven, que se veía casi luminosa, sentada junto a ella en el sofá.
Al entrar nosotros la mujer tuvo varios cambios de expresión: una mezcla de alegría al ver al Doktor y frustración al percatarse de nuestra compañía; decisión después, delatada en el pliegue de los finos labios que apretó hasta hacerlos desaparecer, mientras empezaba a levantarse del asiento. Finalmente se sonrojó un poco, algo turbada.
—¿Cómo estás, mijita? —exclamó Francisco, abrazándola con ternura—. ¿Cómo has estado, Carmelita? ¡Pero qué gusto en verte! —y la tomó con fuerza de los hombros para mirarla largo rato a los ojos, sin decir una palabra más, sólo emitiendo una especie de risa murmurada, llena de olor a vino.
—¡Ay, Francisco! —dijo ella por fin, intentando escabullirse—. ¡Perdona que venga a molestarte, pero es que estoy muy angustiada!
—Carmelita, Carmelita. La virtuosa violinista. La compañera más buena del mundo. ¡La mujer fuerte y fiel!
Militza se acercó a Felipe y a mí, con expresión preocupada y divertida:
—¡Qué caras las de ustedes, Benjamín! —y en voz baja nos puso al tanto—: ¡Es la señora de Manuel Quaver, ese músico amigo de Francisco! Ella le pidió internarlo, hace como cinco meses, para un tratamiento antialcohólico. ¡Ahora quiere que lo dé de alta! Ésta es la tercera vez que viene en la semana. Hoy día, la pobrecita ha estado esperado más de una hora —con gestos de complicidad, Militza nos llevó hacia el otro extremo del living.
—¿Y el Doktor... lo internó? —preguntó Felipe, incrédulo.
—¡Pero, claro! Si ella estaba desesperada... Manuel estuvo sin beber como un año y, en una fiesta de la Sinfónica, se tomó ¡un pisco sour! Sólo uno. Ella lo vio. Pero después no bebió nada más en todo el tiempo que estuvieron en la celebración. “¡Mi amor, tengo carácter!”, le había dicho con firmeza Manuel, para tranquilizarla.
Pero temprano, a la mañana siguiente, Carmen despertó y él ya no estaba en la casa. Lo llamó cada diez minutos a la Sinfónica. Definitivamente, no había asistido a su trabajo.
Así es que la mujer inició la búsqueda por la geografía del alcohol de Manuel. El mapa 1 , “Bellavista”, fracasó. El mapa 2, “El Congreso y alrededores”, también. Nadie lo había visto en más de un año de abstinencia. Sólo quedaba el plano 3: “Centro de Santiago”.
Encontró los primeros datos en el Bar Nacional. Había llegado allí al alba, con su violín bajo el brazo, contento y dicharachero, ordenando vodka con naranja. A eso de las diez de la mañana se había ido en compañía de un par de amigos... “¡Unos poetas!”, dijo el garzón que los había atendido. “Se fueron conversando hacia el Paseo Ahumada.”
La pobre Carmencita siguió sus pasos por bares y cantinas desde el Pasaje Matte hasta la Alameda, recorriendo todas las transversales: Miraflores, Mac-Iver, Estado, Ahumada y Bandera. En todos estos lugares habían visto al grupo. Los tiempos perdidos, que no calzaban en el itinerario reconstruido, correspondían, sin duda, al paso por algún clandestino. Y por fin, en el “Unión Chica” los encontró, cerca de las diez de la noche... láricos y surrealistas. Manuel, al verla, se levantó y salió a recibirla con alegría, mostrando una gran deferencia, integrándola de inmediato en la reunión: “¡Mijita! ¡Estoy con Jorgito y Germán! ¡Venga, pues, no sea tímida, si usted los conoce a ellos!” Y la arrastraba hacia su mesa.
—¿Pero qué pasa, Manuel? ¿Por qué volviste al infierno?
—¡Me tomé vacaciones por hoy día, mi amor! ¡No te preocupes, que mañana me chanto! ¡Te lo juro!
—¡Vamos a la casa de inmediato! —dijo Carmen, con más desesperación que rabia.
—¡Mijita! Hacía siglos que no estaba conmigo mismo. Con mis amigos. Hoy he vuelto a ser un artista. Tienes que ver... Germán me hizo un dibujo en el que emerjo, como una flor, desde mi violín. Jorge ha compuesto hoy día, para mí, poemas bellísimos de bienvenida al hijo pródigo. ¡Estoy lleno de inspiración! ¡He vuelto a ser un Oistrach... un Groumiaux! ¡Ya no soy... más... un simple burócrata de la Sinfónica! ¿Entiendes tú? ¡Tu esposo es otra vez un artista! ¡Ése que amabas!
—Pero, ¿por qué estás otra vez bebiendo? —dijo, suplicante, Carmen.
—¡Bebo por ti, mi amor! ¡Para poder asumir mi culpa de que tuvieras que dejar el violín! ¡Tú tienes mucho más talento... y te sacrificaste! ¿Comprendes tú?
—Bueno, ése fue el inicio —continuó Militza—, porque en los meses siguientes no paró. Hasta que la Carmen recurrió a Francisco. Llegó aquí desesperada una tarde y nos contó completo el episodio.
“Un poco a disgusto de Francisco, la acompañamos a buscar a Manuel. Estaba en La Cantina, ahí en Merced, frente al Santa Lucía. La había convertido en su club. Rodeado por sus amigos, disertaba sobre la impronta del artista. Borracho y lúcido. Cuidadosamente desastrado y con una barbita blanquecina que le había crecido desordenadamente. Al vernos se alegró. En especial, se mostró encantado con Francisco: ‘¡Artista dotado... y médico del espíritu!’, le dijo al recibirlo. ‘¿Sabes, mi querido amigo, que después de ti, Ida Müller está nuevamente en muy buenas manos? ¡Es ahora la compañera de mi amigo, Jorge, el poeta!’ Y abrazó, con lágrimas en los ojos, al Doktor.
“Para resumirles, lo internamos esa misma noche. Hace cinco meses ya. Y ahora, Carmen quiere que Francisco autorice su salida...”
En el silencio que siguió, escuchamos el final del diálogo del Doktor con la mujer:
—Pero, Francisco, ¡te lo ruego! Ya lleva demasiado tiempo internado. ¡Quiero que vuelva a la casa y a su trabajo! ¡Él está decidido a no probar un trago nunca más en su vida!
—¡Imposible, Carmencita! Si le doy el alta, Manuel va a reincidir muy pronto. ¡Va a volver a tomar, sin control, de la mañana a la noche! ¿Me entiendes tú? ¿Comprendes?
—¡Por favor! —rogó Carmen—. ¡No puedes tenerlo internado toda la vida!
—¡No me haré responsable! —dijo terminante el Doktor—. Cuando Manuel se cae al frasco, no puede parar nunca más —y se quedó moviendo porfiadamente la cabeza a un lado y otro.
La mujer lo miraba incrédula. Se volvió después hacia Militza, en muda súplica, pero ésta sólo abrió mucho los ojos, indicando que nada se podía hacer. Entonces Carmen dio media vuelta y se fue cabizbaja hacia la puerta. Salió convertida en la imagen de la desesperanza, olvidando despedirse.
—¡No, no, no! —remachó Francisco—. ¡Si lo dejo salir, no va a parar nunca más de tomar! —y descorchó parsimoniosamente una botella de vino que había sobre la mesa.
Felipe Heller se había quedado sentado, cabeza y manos sobre el volante, conmocionado al punto de no atinar a dónde ir. El sentimiento de duelo lo embargaba, como si un ser muy querido hubiera muerto de improviso.
Cuando salió del departamento del psiquiatra, luego de cerrar la puerta, Felipe lloró como un niño largo rato, caminando de extremo a extremo del pasillo, sin pensamientos, aturdido. No vio pasar a dos vecinas que miraron con curiosidad el espectáculo de sus lágrimas. Mucho después tomó el ascensor para llegar, como un alienado, hasta el auto. Luego de un momento de duda siguió de largo, entrando al parque a paso lento, con las manos en los bolsillos bajo un cielo gris anochecido. Llegó hasta el puente del Arzobispo y se devolvió, deteniéndose unos minutos frente a la escultura de la Ciencia del Bien y del Mal: un joven de pie sobre los hombros de otro notoriamente concebido en escala mayor. Sintió representada ahí su situación, pero como si lo hubieran desgajado de su base, sacándolo fuera de un universo cerrado; lleno antes de su propia lógica, y ahora absurdo y desechable.
Al levantar la cabeza ve aparecer por la puerta del edificio a Militza, con un maletín de viaje, acompañada de Diego.
En un impulso baja del auto y corre hacia ellos.
—¡Oye, Militza! ¡Perdona, pero me siento con algún derecho a saber qué pasa! —exige interrumpiendo la conversación de la pareja. Ellos lo observan como si fuera un pájaro raro pero se detienen junto a él, que continúa—: ¡Siento como si todo estuviera patas p’arriba! ¿Qué pasa con Francisco?
—Nada especial. Tú lo viste —contesta desganada Militza balanceando el maletín—, ya tiene puestas tres botellas de vino en el hígado en hora y media.
—Bueno, sí —conviene Felipe—, pero no me refiero al trago. ¿Qué pasa con él? Sabemos que toma su poco: pero yo le noté algo muy raro; como si estuviera despidiéndose. De hecho, de mí se despidió. Montó una escena muy ponderada y formal; de médico impecable que cierra un caso. Terminó recetándome buscar otro especialista... y hasta luego señor Heller, mucho gusto, si te he visto no me acuerdo.
—¡Te hizo la desconocida! —celebra la mujer en tono de complicidad—. Te sacó el piso. No me extraña. ¡Yo no entiendo cómo no te dabas cuenta, hasta ahora, de la calaña de tu psiquiatra! —lo mira a los ojos y continúa—: ¡A mí me acaba de hacer lo mismo! ¡Estoy embarazada y me abandona!
—¿Pero cómo? ¡Estás bromeando! ¿Verdad?
—Tal como lo oyes. Por suerte Diego me está ayudando.
—¡Yo creo que esto es una pelea pasajera! Ya se van a arreglar —sostiene Felipe.
—Por mi parte, no voy a dar ni un paso atrás. ¡Yo ya me fui! —asegura Militza, mostrando su maletín para apoyar lo dicho—. Y en tu caso, creo que debes hacer lo mismo. Ponerte a kilómetros de distancia del derrumbe, no sea que te arrastre.
—¡Al contrario! Francisco va a necesitar mucho a Felipe en estos momentos —argumenta Diego, protector—. ¡Precisará de amigos como tú y Benjamín cerca!
—Me acaba de decir que no hemos sido nunca amigos —informa Felipe con tristeza—. Lo dejó absolutamente claro. Yo venía a invitarlos hoy, porque estoy de cumpleaños. Cuando se lo dije, me miró extrañando y se negó; la relación analista-paciente prohíbe fraternizar. ¿Entiendes? Toda su amistad conmigo no ha sido tal... sólo hubo una magnífica terapia, según afirma: incluso las fiestas de Año Nuevo.
Militza los mira con ironía y ríe, desdeñosa:
—En eso, al menos, el testigo no mintió. Jamás ha sido amigo tuyo ni de nadie. Su egoísmo anda a parejas con su dipsomanía. ¡Si lo presiono un poco, tal vez confiese que nuestro matrimonio fue otra instancia de un... tratamiento psicológico!
En ese momento Felipe ve abrirse la mampara de vidrio del edificio y aparece Francisco. Ya no lleva el delantal blanco sino un chaleco de alpaca sobre su camisa de finas líneas verticales y pantalón de cotelé. Camina algo rígido y a buen paso. Cuando ve a los tres los observa sin expresión, con absoluta indiferencia, continuando su marcha por Providencia en dirección al oriente. Diego se vuelve siguiendo la mirada de Felipe, y lo mismo hace Militza.
—¡Ah! —dice ella—. Ahí va, a su sesión diaria en la Hostería. ¡Ni un terremoto lo podría sacar de sus rutinas de alcohólico!
Felipe observa cómo se aleja su amigo, metiéndose en la noche con la dignidad del barco que se hace a la mar, de cara a la epopeya conocida, solitario, insobornable, dibujando surcos que se borran de inmediato, crujiendo la estructura a cada choque con las olas, mientras el viento helado se cuela hasta la médula de cada hueso; y el siguiente puerto —de alcanzarlo— es meta y renovada señal de supervivencia.
Diego inicia una despedida:
—Bueno, tengo que ir a dejar a Militza. ¡De todas maneras, feliz cumpleaños! Aunque se esté cayendo un poco el mundo para cada uno —dice, justificándose, y lo abraza con fuerza. Otro tanto hace Militza; Felipe percibe en ella una indiferencia similar a la propia.
—¿Andan en auto? ¿Quieren que los lleve? —ofrece.
Diego comienza a negarse amablemente, pero Militza, con una mueca que busca ser simpática, acepta y se acerca al auto.
Echa hacia adelante el respaldo para dejar pasar a Diego, instalándose después en el asiento delantero con el maletín bajo las pantorrillas.
—¿A dónde van? —Felipe pone en marcha el motor.
—Donde mi madre —dice ella—. En Alférez Real con Román Díaz.
—¡Ah, sí! Estuve allá una vez. Me queda en el camino, además —y conduce hacia Providencia.
—¿Donde estás viviendo tú, Felipe?
—En la calle California, cerca de Los Leones.
—¿Tenías tu fiesta de cumpleaños hoy día? —pregunta Militza.
—Una pizza, un cajón de cerveza, tres botellas de pisco y seis de vino —responde.
—¿Muchos invitados?
—Ustedes, la Flaca con su hermano, el Fernando Lara, más Benjamín y otro gallo.
Militza se vuelve hacia Diego.
—Si quieres vamos un rato —le propone con tono neutral—. Dejamos mis cosas de pasada y acompañamos un momento a Felipe.
—Como tú quieras —se extraña Diego.
—¿Te parece, Felipe?
—Mmm —masculla éste, doblando por José Manuel Infante.
Llegados a destino detiene el auto junto a la vereda.
—Bueno, ¿los espero para ir conmigo?
Hay un breve diálogo de la pareja. Por fin Militza se inclina, asomando la cabeza por la ventana:
—¿Sabes? No vamos a ir, mejor. Disculpa, pero con todo lo que ha pasado... Diego no está de ánimo. La verdad es que yo tampoco, aunque me habría encantado acompañarte —y le envía un beso antes de levantarse. Diego le prodiga su mejor sonrisa como despedida.
Mientras los otros entran a la casa, Felipe se mete en el tráfico manejando muy rápido.
Al llegar a Pedro de Valdivia dobla hacia el centro de la ciudad.
—Voy a la prostitución —dice con voz ronca, lleno de odio—. ¡A la chucha el cumpleaños!
Sorteando a toda velocidad semáforos y vehículos pasa a los pocos minutos por la Plaza Italia. Toma por Lastarria hasta Merced y ahí se va, en segunda, pegado a la vereda, buscando. En la esquina de Irene Morales divisa una figura joven. Se detiene y le hace una seña.
—¡Sube! —ordena perentorio y, una vez obedecido, parte, atravesando la Alameda, por Vicuña Mackenna hacia el sur, como un celaje.
—¡A la cresta, mierda, mi maldita vida! —grita.
“¿Me iré a quedar llorando?”, se preguntaba Felipe angustiado, mientras su madre terminaba de anudarle la corbata. “¡Ojalá que no!”, y se concentró en el retorcijón de estómago que le producía, anticipadamente, la experiencia que pronto comenzaría a vivir.
Hertha, en cuclillas frente a él, continuaba con su arreglo pasándole la peineta por el pelo, mojado todavía por el baño reciente. La camisa de dormir le caía deliciosamente a su madre por entre las piernas sonrosadas y la seda se pegaba, como otra piel, sobre el saliente levemente sombreado del pubis. Una emoción muy dulce y prohibida lo invadía.
—A ver, a ver, mein Lieber —decía ella, girándole la cabeza a un lado y a otro para observar el resultado, cuando apareció en la puerta el padre, Rolf, aterrorizándolo.
—¡Bueno, vamos... está bien así! —los apuró, paseándose de un lado a otro del dormitorio.
—Ya está listo —informó Hertha y dio un beso de despedida al niño—. ¡Anda! ¡Ligero!
Cargando a la espalda su bolsón nuevo bajó la escalinata de la mano de su padre, casi corriendo, y subió al auto. Era la primera vez que iba solo con el papá y, más aún, en el asiento delantero. Eso lo hacía más consciente de la importancia de su nuevo estado: colegial.
Al salir de Dublé Almeyda tomando por Macul, su padre dijo con tono serio:
—¡Felipe! Yo quiero que tú seas el primer chileno de nuestra familia. No te mandaré al Deutsche Schule como a tus hermanos. Te he elegido un buen colegio católico. ¡Te va a gustar! Habrá otros amigos y tú estudiarás mucho —después guardó silencio, concentrado en conducir—. ¿Traes todas tus cosas necesarias? —consultó de pronto. Sin esperar respuesta, aprobó—: ¡Bien... bien, hijo! —y no emitió una sola palabra más en el largo viaje hasta la Alameda.
Estacionó junto a una aglomeración de autos frente a un edificio que a Felipe le pareció gigantesco, con columnas y arcadas que encerraban ventanas de dintel ovalado. Al bajar sintió una punzada de terror en el estómago que lo dejó un momento sin respiración. No pudo prestarle atención, pues su padre ya caminaba rápido hacia la entrada. Felipe se apuró, resbalando en el piso de baldosas.
Rolf, sin dar importancia al estado de ánimo del niño, consultó al portero:
—¿Dónde está la sala de primera preparatoria?
—Es a continuación del primer patio, hacia el fondo, atravesando el pasadizo por la puerta central —respondió éste, y le mostró con la mano.
El señor Heller acompañó a su hijo hasta la entrada. Al llegar allí se paró frente al niño.
—¿Sabrás llegar, hijo? Es al final de este pasillo, pasando el patio —le dio dos palmaditas en la cabeza, lo giró por los hombros enfrentándolo al pasadizo y con un empujón lo despidió hacia su destino.
—¡Bien..., bien, hijo! ¡Anda!
Cuando Felipe, angustiado, todavía no iniciaba su marcha, Rolf ya había alcanzado con paso elástico la calle.
Felipe caminaba por el enorme patio, y no sabía por qué corrían lágrimas por sus mejillas.
No puede ser desmentida la noche ni el otoño.
Menos puede ser desmentido el dolor.
Cuando el dolor de cada uno está sumergido en otro, colectivo, y hay sangre y miedo por las calles y el temor, como mortaja que inmoviliza, tapa las bocas y coagula la ira dentro de los pechos, no puede ser desmentido.
Cualquiera que camine a las 20:30 horas del otoño por la vereda norte de Providencia, entre Manuel Montt y Antonio Varas, sentirá encogido el corazón.
Reducidos nuestros sueños a sus reales proporciones, ¿qué nos queda?
Una mano tendida al infinito.
El corazón que se abrió como una flor allá en el tiempo.
Tal vez un hijo que haya muerto.
Una frase de fuego que hilvanamos una tarde junto a una botella.
La ausente sonrisa del padre. Ese padre que nunca tuvimos verdaderamente.
El recuerdo de bailar y de amar con todo el cuerpo; cuando bastaba el perfume de la brisa para hacernos estallar de juventud.
Aquí, caminando por Providencia, se hace evidente que la vida es un molino; inadvertidamente nos hace polvo si no acertamos a salirnos del sinfín que lleva el grano.
Cuando atraviesa Cirujano Guzmán, sale del edificio de la esquina un hombre vestido de elegante traje gris. Deja una estela de aire perfumado a agua de colonia: se dirige a un automóvil estacionado junto a la vereda.
De pronto vuelve la cabeza y ambos se miran, buscando, tras la apariencia, el recuerdo.
—¡Doctor Ruperto Gutiérrez! —dice el psiquiatra y abre los brazos, sonriente.
—¡No puede ser! —contesta el otro y lo abraza, pero entonces percibe el fuerte olor a vino de su amigo y se pone a la defensiva, aflojando el cuerpo mientras éste lo aprieta con fuerza, le acaricia la cabeza, lo toma de los hombros y lo zarandea, mirándolo después fijamente. Los ojos de Francisco brillan de alegría.
—Doctor Ruperto Gutiérrez —repite—. ¿Qué se cree usted, orondo y lirondo, a las ocho y media de la noche por Providencia, vestido de próspero notario? ¿Sabe usted definir el concepto de nefrón? ¿Cuál es la unidad anatómica y fisiológica del riñón? —termina con simpatía, arrastrando las letras.
—¡Pero mire qué bien, colega! —responde Gutiérrez, cortado, tratando de ser jovial—. Vivo aquí hace algunos años. Voy saliendo al Club. ¡Ese pequeño mal que nos hace contraer la señora! —completa en tono de disculpa—. ¿Qué ha sido de tu vida? ¿Sigues en el Open y el Jota-Jota? ¡Cuéntamelo todo! —invita, mirando nervioso su reloj.
—Todo... igual, igual, igual —y tras una pausa—: ¡Yo mismo sigo siendo el mismo! —dice convencido, sin soltarle los brazos, sonriendo con afecto—. ¡A pesar de los pesares, de pesadillas y de ladillas!
—Deberíamos vernos —dice Ruperto—, llamarnos. Nosotros que hemos sido tan amigos. Hará, ¿cuánto?, veinte... veinticinco años que no sabemos nada el uno del otro.
—Voy a la Hostería. ¿Vienes conmigo y conversamos? —propone el psiquiatra. El otro mira nuevamente su reloj y hace como si dudara antes de disculparse:
—¡Oye, qué lástima! Pero tengo un compromiso con la patrona. Me está esperando en el Club. Si no, me habría encantado aprovechar el encuentro para hacer recuerdos...
—Está bien, dulce muchacho, sigue el camino de tus obligaciones familiares —y lo remece con fuerza sin dejar de sonreír—. ¡Nos estaremos viendo!
—¡Sí, sí! Nos vemos. Antes de lo que crees —amenaza jocoso, caminando con rapidez hasta el auto—. ¡Gustazo en verte!
“¡Tal cual me contó el pelao Aguirre: Francisco van Root está acabado!”, dice para sí, haciendo partir el motor.
Francisco observa, pensativo, hasta que el auto se pierde calle abajo.
—¡Qué dolor! —murmura—. Mi amigo Ruperto murió hace tiempo y él no lo sabe. Ignorante de ello, perfumado y bien vestido, pasea su cadáver por Santiago, en un automóvil último modelo.
A las siete de la mañana nos juntamos en el Parque Cousiño a estudiar para el bachillerato. Ruperto Gutiérrez y yo nos paseamos comentando la materia. A ratos nos sentamos en el pasto bajo un árbol, luego en los bancos. Recorremos desde la calle Tupper hasta Rondizzoni, y desde Viel hasta Club Hípico.
—¿Qué es una neurita y una dendrita? —y esa pregunta nos hace reír a carcajadas—. ¡En ningún caso un nefrón, unidad anatómica y fisiológica del riñón! —y nos desternillamos.
—¡Son las doce treinta! Descansemos el mate antes de ir a almorzar a mi casa —propongo, y atravesamos a tomar una cerveza en una fuente de soda de la Avenida Blanco.
—¡Pobrecitos! Deben estar mareados de tanto estudio —dice mi madre—. Tienen que alimentarse bien. ¡Harta carne y mucha fruta! Sírvete, Ruperto...
Antes que los demás hayan terminado, Ruperto y yo nos disculpamos. Vamos al escritorio provistos de dos vasos de cherry que hemos robado del bar. A las cinco nos traen café con leche, pan, mermelada, y continuamos entre risas y disertaciones. A las seis salimos a la terraza y continuamos trabajando hasta las ocho y media.
Nos llaman al comedor presidido por mi padre, Adrianus, quien enfría el ambiente con su vestuario formal y su gesto adusto, aunque se muestra gentil con mi compañero.
—¿Les ha ido bien con los estudios? ¿Han avanzado? —consulta a Ruperto, con seriedad.
—Bueno, ahí andamos, don Adrianus: en biología tenemos toda la materia repasada. En química complica aprender tantas valencias. Eso es memoria no más. En los conceptos estamos bien: ácidos, bases, sales... los alcanos, alcenos y alcinos. ¡Uf!
—Pero les ha ido bien. ¿No? ¿No hay problemas, Ruperto? ¿Les va a ir bien, o muy bien? ¿Qué cree usted? —se preocupa mi padre—. ¿Obtendrán un puntaje como se exige para medicina?
También te llamábamos, a tus espaldas, “Padrecito van Root”. Y eso nos daba alegría, porque nos permitía sentirte un poco padre y un poco hermano, pródigo en bienes del cielo, que sabe de todos los infinitos, y los derrocha en nuestro beneficio, con tanto gasto de tu alma, padrecito lindo, como tendría que haber sido mi padre —todos nuestros padres: siempre como hermanos en el infierno, ángeles caídos que somos—, intentando, juntos, encontrar la bitácora perdida que explicará el universo a cada uno de nosotros en la misión de llegar a ser, de hacerle a Dios un hijo que le guste, que lo alegre. Que no piense Dios “¡putas, el hijo cagón que me salió!”, sino que pudiera decirse “así lo quiero: haciendo realidad hasta la cresta misma de la ola de la vida... hasta donde no hay respuesta... hasta donde todo, salvo el ser, es dudoso”.
—¡Por la chucha, que te las traís, gringo culiado! —dice el jovencito, desafiante—. ¡Andái rajado, como un loco! ¿Soi tan choro pa’ todo, o no?
—¿Cómo te llamas? —pregunta Felipe. Ignorando el comentario acelera, haciéndole el quite a la masa de automóviles que a esa hora avanza por Vicuña Mackenna.
—Humberto...
—¿Cómo te dicen?
—Herto —contesta tenso, y le ruega—. ¡No corrái tanto, gringo! ¿Querís? ¡Si no, me bajo! Hay luz roja en la embajada argentina. Está llena de pacos.
—¿A dónde vamos? ¿Tienes alguna parte?
—Bueno, si querís que yo elija, sigue un poquito más allá. ¡No sé si te va a gustar! —y ríe, irónico al principio, despreciando su propia realidad; después piensa que el otro busca ese ambiente para hacer negación de sus ojos azules, de una fortuna que, seguro, le sonríe siempre; que quiere lo sórdido para el placer, tal vez arrancando de la esposa que lo atosiga con cuidados y recomendaciones, de unos hijos que lo aman en idioma extranjero.
El semáforo de Marcoleta da luz verde. Felipe pone primera y acelera. En el minuto que dura la detención se da cuenta de que está atemorizado. Siente la boca seca y el cerebro trabajando a tanta velocidad que se hacen nulas sus decisiones y órdenes, todas contradictorias. El auto avanza despacio pasando los semáforos en elección de lenguajes de computador, como un autómata: “IF”, “GO TO” o “GOTO”... y en todos los otros lenguajes, inventados cuando la Anita tenía memoria y Wisniak nos honraba con su presencia y toda la universidad era como un pañuelo: pero nuevo... Un jardín de juegos, y el Benjamín —maldito ignorante— meó el computador analítico —el doctorado de Glatzel— mientras hacía música con el Vitito en el Laboratorio del DICTUC...
Herto interrumpió su divagación, pero duplicó su miedo por lo que ahora vendría:
—¡Aquí, dobla en Marín...! ¡Sigue hacia San Camilo y en la mitad te subís a la vereda, a la derecha. ¿Ya?
Sintió la conocida punzada de terror en el estómago, que lo dejó un momento sin respiración, mientras estacionaba con brusquedad el automóvil.
—¡Putas que soi brusco, gringo! —dice Herto cuando se están vistiendo—. ¿Creís que hay que matar al otro pa’ tirar? Me dejaste doliendo...
Felipe se abrocha la camisa en silencio. Su cara está sonrosada. El azul de los ojos destaca neto en ese soporte y su figura en la penumbra adquiere fuerza, quizás por la actitud resuelta de sus ademanes al ponerse la ropa o por el gesto de su boca, más bien grande, apretada ahora con intensidad en una sola línea que le borra los labios.
—Bueno, si no querís hablar no importa —dice amigable el otro—. Cuando querái verme de nuevo, estoy todas las tardes donde mismo. ¿Se te ofrece alguna cosita más, ahora? —consulta en tono profesional, mirando su reloj de resina negra.
—¡No! ¿Cuánto te debo?
—Lo que hablamos antes. Y pa’ pagar el hotel, si prefieres que yo arregle eso.
—¡Bien! —dice Felipe cortante y le entrega el dinero.
—Perdona, pero, ¿soi siempre tan rudo en el amor? Hasta combos me diste en la espalda.
—¡No lo sé! —responde turbado y, sin saber por qué, confidencia—: ¡Es mi primera vez!
La Hostería de Providencia bulle de humo y ruido, fusión de alegría y tristeza. Mezcla de vestuarios elegantes en los comedores con mesas de mantel largo y grises trajes de oficinistas que juegan al cacho en el bar; un par de obreros bebiendo cerveza se codean con uno que otro intelectual o artista de la vieja guardia, jubilados de la vida. Es el último lugar en Santiago —ahora que la Junta de Gobierno nos ha devuelto una pequeña parte de la noche— donde una brisa de bohemia permanece para aquellos que creen no tener tanto que temer de los soplones de la DINA que, algo así como disfrazados ramplonamente de pintores o escritores, se distribuyen con sus caras torvas y anteojos oscuros por distintas mesas. Un hombre solo sentado en la barra —que luego encontrará un amigo en su vecino— bebe su cuarto whisky. Jóvenes en mangas de camisa frente a churrascos palta tomate y el infaltable gin-con-gin. No escasean las parejas de señores mayores con evidentes secretarias; en tal caso —cada uno por lo suyo— ambos se pavonean.
Francisco cierra la puerta tras de sí observando el ambiente. Su rostro se ilumina. Saluda aquí y allá a varios conocidos en su avance hacia el bar donde su amigo, el maestro esotérico, lo llama con insistencia.
—¿Qué es de su vida, Piyama de Palo? —dice con afecto, acercándose sin dejar de saludar a otros que lo llaman. El nombrado se levanta para recibirlo y se abrazan.
—¡Gran doctor y auténtico iniciado! ¡Siéntese aquí conmigo! Es como si hubiera estado esperándolo.
—¿Quién está atendiéndolo, Castillo u Oscarito?
—Castillo —murmura el otro, antes de continuar—. Yo estoy tomando un cosecha 74... ¿Lo invito?
—Bien... Perfecto. Pero ahí viene Castillo. ¿Qué te contái, Castillito? ¿Te mejoraste bien?
—Sí, pues, doctor. Seguí completa su receta y ya estoy bien.
—Bueno, mijo; dame un “NN” tinto. Voy a comer algo también. Trae, por favor, Castillo, un lomo delgado; de vuelta y vuelta, a la pimienta. Tú ya sabes cómo tiene que ser. En fuente aparte haces mezclar, sin hervir, cien gramos de pimienta negra con una porción abundante de crema de leche... ¿Entiendes tú? —ordena con dificultad de dicción.
El nombrado Piyama de Palo es un hombre de edad, de pequeña estatura; hay picardía y vitalidad en su rostro, en especial en los ojos brillantes de color indefinido. Sus gestos precisos comprometen todo el cuerpo; si ladea la cabeza, una mano hace un giro mientras la otra lo completa y la espalda se elonga suavemente; piernas y pies equilibran la armonía de la postura.
—¿Qué hay, doctor? —pregunta.
—Todo bailando y saltando. Y en el horizonte un pájaro anciano en picada hacia la oscuridad...
—A propósito, usted que entiende de sueños, ¿qué le parece el que tuve hoy? Mostraba un combate a muerte en el que ambos participábamos: en mi mano izquierda la espada ceremonial, la derecha sobre el pecho; óleo perfumado en mi frente y garganta. Monstruos alados aparecen, viniendo desde todos los rincones; pájaros felinos pero de sangre helada, con la mentira fluyendo de sus fauces... atacando despiadados al amigo Van Root... lanzando recuerdos, encuentros y traiciones. La artista, vestida de oro viejo y de rojo, llegaba bailando y le sacaba el corazón. La aristocrática amazona le rompía huesos y le deformaba el rostro. Su propia hermana le robaba un hijo. La mujer joven de ojos fríos, en breve lo dejará desnudo, dispuesta para vender la dignidad del esposo en moneda de miseria y abandono. Sus iguales lo niegan y los amigos han permutado la utopía de sus almas por banalidades en ferias de baratijas; mezquinos y ciegos, ya no logran verlo.
“En tanto yo, con mi espada, daba golpes en todos los rincones de la vida, destruyendo larvas y cortando intestinos de fantasmas, recibiendo telas de araña húmedas y animadas que caían sobre mi cabeza y hombros, haciendo cada vez más pesados mis movimientos. De pronto usted en un rincón, acosado, apoyando la espalda contra el ángulo del muro, vomitaba su tercer y su cuarto corazón entre alaridos: sólo así lográbamos vencer.”
—¡Perdón! Aquí viene lo suyo, doctor —interrumpe Castillo. Equilibrando la bandeja en su mano izquierda va poniendo sobre la mesa un trozo de lomo, dorado, al que acompaña una papa cocida; en otra fuente, que humea, la crema, gris por la pimienta. Solemne, muestra la botella de vino y luego la descorcha sirviendo unas gotas, que ofrece a Van Root. Observa la degustación con seriedad. Al obtener la venia exclama—: ¡Un auténtico NN, cosecha 74, Cabernet, a temperatura de “la chambre”! —sonríe obsequioso cuando llena la copa—. Cualquier cosita, estaré por aquí, doctor. ¿Quedó bien su lomito a la pimienta.
El psiquiatra levanta su copa y el maestro esotérico hace lo mismo con la suya, tomándola con las puntas de los dedos de ambas manos en actitud sacramental:
—¡Los hijos de la Luz y del Fuego estemos juntos en todo el Universo! —invoca en voz alta y bebe un sorbo; su amigo, todo el contenido y luego esparce crema de pimienta sobre la carne antes de cortar un trozo. Levantando éste en la punta del tenedor, hace un ofrecimiento también ceremonioso y se lo lleva a la boca. Sus ojos chispean.
—¡Por la vida, con la vida y en la vida! —ríe Francisco antes de continuar, como citando un texto—. ¡Yo, ya no, ya! ¡No obstante, aún más, todavía!
—¡La vida! Que venga... ¡dura! ¡Como les gusta a las mujeres! —acota el maestro con picardía.
—Y dura viene —dice el médico luego de un silencio—. Su relato del sueño sintetiza muy bien mi propia vida amorosa, tal como usted parece intuirlo: el lejano abandono de Constanza Barcall, las palizas recibidas de Esperanza Aguirre, los engaños con otras mujeres perpetrados por Ida Müller. Y ahora Militza, mi actual esposa, se ha embarazado de mi hijo, Diego. ¡Acabo de dejarlos!
“Y está, en mi universo, todo girando. Un macho anciano en el horizonte, iluminado por su propio infierno, quisiera cumplir el mandato del Ave Fénix: caigo en picada hacia la oscuridad, para renacer una y otra vez desde las cenizas.”
—Tal como adentro es afuera, tal como abajo es arriba, tal como antes es después.
—Exacto, amigo. Ésa es mi repetición compulsiva, como fue antes, será después. ¡Siempre escojo mujeres locas!
—¿Y por qué, Doctor?
—¿Qué quiere que le haga, si me enamoro? ¡Me aburren las cuerdas! ¡Amo las inesperadas expresiones de la locura!
—Usted ama a la Mater Fuego, que ilumina y abrasa. Es la Diosa del Sacrificio. No advertimos que somos carbón y leña de su hoguera. El Fuego no es únicamente un elemento. ¡Más que eso! Es un proceso mágico durante el cual el Aire se traga a la materia Tierra, dejando sólo humo y polvo.
—¡Donde humo hay, fuego hubo! —sentencia el doctor—. Las mujeres tienen un sistema de vasos comunicantes entre cerebro y vagina, cuando se enamoran se les calienta el sexo y el juicio. Después, cuando se les pasa el amor, se les congela la vagina y el pensamiento. ¡Dios nos libre de su frialdad entonces! Son capaces de las peores bajezas.
—¡Sólo dejan polvo! Pacha Mama, en cambio, te cuida con amor. Cuando se cansen tus huesos y tu aliento, sin gloria ni dolores, te acogerá silenciosa en su entraña germinal. Si tu señora y dama es Mater Agua, te proveerá todos los vicios y al final devolverá, flotando, tu cuerpo tumefacto. También está la madre de la poesía y la locura: Mater Aire con su leve vestido de brisa. Sus ojos, negros en el día y por la noche azules, sonríen a destiempo de sus labios delgados; cuando te besa, tu mirada se extravía para siempre, abierta al Infinito, intentando coger un rayo de luz o una pluma del ángel.
En el hall de la Universidad de Chile, entre una multitud de alumnos, buscan sus resultados en el bachillerato.
—¡Cresta, aquí estoy! —grita Francisco—. ¡Aprobado!
—¡Yo también! —contesta Ruperto, unos metros más allá, y da un brinco de alegría—. ¡Con veintinueve puntos! ¿Y tú?
—Treinta y cinco —murmura Francisco, avergonzado.
—Cinco sietes. ¡Sacaste el máximo! —grita su amigo.
Se abrazan. Ruedan por el suelo. Se despeinan. Chocan con los otros, se dan de puñetes afectuosos en las costillas. Salen a la Alameda corriendo y saltando, levantando los brazos.
Van al colegio para compartir el triunfo o el fracaso. Han llegado espontáneamente a esa Alma Mater muchos de sus compañeros, para perseguirse, corriendo como desaforados por los patios, jugando a orinar unos sobre otros y a dar gritos y carcajadas, entre tironeos y zancadillas que destruyen sus ropas de colegiales, como si se tratara de una violenta ceremonia, un cambio de piel.
El cura prefecto, coloradito, con los ojos chispeantes, tolera el último desorden, que es la culminación del rito.
De ahí se irán a una fuente de soda, a emborracharse de futuro con cerveza.
1947, 23 de enero, 8.00 horas.
La noche, al salir Francisco van Root de la Hostería, es liviana y perfumada.
—Gracias, Señor Dios, por este aire tan fresco.
“La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.”
Busqué al poeta en mi propia biblioteca y ya no estaba. No en la esquina en que nos encontramos siempre; mi colección de discos de Gardel la rescaté en el lavadero —del orden y aseo practicado por Militza—, entre libros y botellas dejados a la intemperie, junto al Triple Concierto de Beethoven y a Lucho Gatica; también estaban ahí las ingenuas fotos de primera comunión, arrumbadas junto al diario de vida de la infancia escrito en un cuaderno de copia. Bajo ese montón de tesoros despreciados encontré, cubierta de polvo y telas de araña, la fotografía de Rorschach que conseguí, casi robándola, en Burgholzli. El retrato que afectuosamente me hizo en algún bar el gran Villaseñor había quedado pegado con salsa de tomates al rostro de Richter de la carátula del Triple Concierto. “¡Maldita sociedad de socorros mutuos, el matrimonio! ¡De qué manera implacable la familiaridad lleva al menosprecio! Cómo se dispone de los tontos y amados tesoros del otro, de esas miserias que el alma insistió en conservar tantos años en cajones y gavetas, a pesar de mudanzas y de muertes”, murmura.
Providencia está en silencio.
Aires de nueva libertad permiten el tránsito de peatones —vehículos no, hasta nueva orden— en Santiago, desde las dos y hasta las seis de la mañana. Bando Oficial, Jefatura de Plaza en Estado de Emergencia.
Una suave frescura colma el aire.
Del pavimento surge una alianza, firmada en todo protocolo, entre lo denso de la tierra material encorsetada en cemento —alquitrán en la línea de contorno— y el más infinito cielo que pueda imaginar creatura alguna mirando hacia el firmamento.
Calle abajo, ya pasado una cuadra desde el edificio en que Ruperto Gutiérrez vive su regia miseria, Providencia ahora no es tan triste y extraña. Almirante Pastene se atraviesa como si tal cosa.
Un rugido de automóvil rompe la noche.
—¡Cabros huevones, en el auto del papá! ¡No saben con qué se pueden encontrar rompiendo el toque de queda! —masculla Francisco.
Los ve pasar lanzados. Ruidos de motor forzado en cambios descendentes. Una frenada al máximo. Un trompo y el Opala gira de orilla a orilla de la calle... primera... segunda... y se devuelve contra el tránsito desde la esquina de Manuel Montt. Se detiene por fin, subido limpiamente a la vereda frente a la ferretería, obstruyendo la entrada del Metro.
Bajan del auto muchos hombres —cinco, cuenta después— armados hasta los dientes, tres al suelo apuntándolo con sus metralletas, dos que corren hacia él.
La noche se hace definitiva.
—¡Cagaste, huevón! ¡Estái cagado! —el que habla le resulta el único desconocido; tiene el pelo corto y una barbita a lo Lenin, contraste que hace absurdo todo otro camuflaje, como la pulsera artesanal, de alpaca, que cuelga de su muñeca. Copia sin generosidad de una foto de Ángel Parra con sus mejores bigotes; el otro que también viene corriendo, estaba sentado en la Hostería hace un rato, bebiendo whisky etiqueta negra con sus compinches que ahora, tendidos en el suelo, le apuntan con sus armas—. ¡Cagaste huevón! ¡De ésta no salís vivo! —insiste el primero llegando junto a él. Le da un golpe en el estómago—. ¡Contra la muralla, mierda! ¿Qué te creís, conch’e tu madre? ¿Qué porque erís loquero estái al otro lado? ¿Acaso te creís con TIFA, hijo’e puta? ¡Ya, rapidito, contra la muralla! ¡Levanta las manos, las piernas abiertas! ¡Tócalo! —le ordena al otro—. ¿Tiene algo?
Se oyen disparos. El poeta de boina apoya por su cuenta la operación descargando al aire la metralleta. En respuesta al pánico del cuerpo viene la lucidez absoluta.
—¡Señores! —dice Francisco con tal calma que los otros se desconciertan, permitiendo que gire hasta mirar a los ojos al que parece a cargo—. Soy un ciudadano... un médico que, en uso de la libertad que otorga el bando del 8 de marzo recién pasado, camina por la noche hacia su casa. ¿Hay algún problema?
—Te tenemos cachado, huevón. Vos fuiste el que fondeó a los franchutes. ¿Te acuerdas? Gracias a eso la sacaron barata. ¡Nos dejaste en ridículo! Se los llevó su embajador sin que pudiéramos hacerles ni una preguntita. ¡Conch’e tu madre! Ésa nos estái debiendo. ¡Te vamos a llevar a un paseo en auto, culiado, pa’ conversar un poquito! —y le da un empujón, pero Francisco le resulta inesperadamente fuerte y, sin desequilibrarse, sigue mirándolo profundamente, sin odio, con la fijeza abstraída pero atenta del científico que observa un fenómeno, buscando entender causas y efectos, relaciones y correlaciones.
—¡Lo tengo perfectamente claro! —mira con fijeza al Lenin artesanal—. ¡Cobardes con poder! ¡Ejercen de sicópatas, pero no todos lo son! ¡Pobres tipos los que no! Vivirán su infierno aquí y ahora, ¡y ese infierno estará dentro tuyo para toda la vida! Eso es lo que te pasa, teniente, temores nocturnos vagos pero intensos antes de conciliar el sueño... gran tensión en el cuello y la espalda... sudoración fría en las sienes... estertores en la cama a media noche. ¡Estái muy cagado, pendejo! ¡Ni yo mismo te podría ayudar, aunque quisiera! Además, por principio, ¡no atiendo a huevones!
De pronto se escucha, a lo lejos, un automóvil acercándose a toda velocidad. Lenin se vuelve hacia el oriente y recupera la compostura que parecía haber perdido por un momento con la interpretación del psiquiatra.
—¡Se salvó, doctor! —dice en un susurro, esquivando la mirada del psiquiatra—. ¡Me habría gustado que conversáramos! —y después ordena—: ¡Rápido, al auto! ¡Vienen los Mena... los menacones!
Todos corren con movimientos exactos y en pocos segundos el vehículo, en marcha atrás, ha bajado a la calzada. El jefe asoma la cabeza por la ventanilla y le grita—: ¡Así están las cosas ahora, conch’e tu madre! —y parten a toda velocidad, doblando por Manuel Montt.
Cuando el psiquiatra reinicia su andar otro Opala pasa frente a él. A pesar de los vidrios polarizados percibe que, desde el interior, cuatro tipos tan torvos como los de antes, lo observan. Reducen la marcha, pero luego aceleran doblando en la misma esquina que los primeros, en su persecución.
—¡Hasta cuándo, cobardes, oligofrénicos y sicópatas, hasta cuándo! —aúlla Francisco. Después sigue caminando, de regreso a la otra noche.
Esta otra noche larga que ya lleva muchos años: la de los desaparecidos, impuesta con bandos, con torturadores y con muertos en indefensión, que cubre de dolor y de miedo la verdadera noche de Santiago.
—¡Saqué el máximo! —grito entrando radiante al dormitorio de mi madre.
—¿Tantos puntos, Francisco? —exclama Sara y me abraza con fuerza, besándome.
—¿Cómo le fue a Ruperto?
—Excelente, anduvo bien cerca —contesto.
—Tendremos otro médico en la familia —afirma mi mamá con alegría.
—Lo intentaré.
—Tiene que ser médico de niños, para que atienda gratis a los sobrinos —pide mi hermana Adriana, mirándome orgullosa.
Luego de un rato de preguntas y celebraciones me disculpo y subo a darme un baño y a ordenar papeles y libros; a tomar conciencia, a solas conmigo mismo, de la situación: “Si lo hago bien”, planifico frente al espejo, “a los veintiuno voy a ser médico general, y entonces tengo que obtener una beca a Europa para especializarme. A los veinticinco seré un profesional bien formado.
El 15 de septiembre del 73 amaneció despejado. Los cuatro días completos de toque de queda, después del golpe militar que derrocó a Salvador Allende, disiparon el permanente smog de Santiago.
—¡Por lo menos tenemos buen cielo! —dijo Francisco acodado en la ventana que daba hacia Providencia, accionando con su mano derecha en la que sostenía con elegancia un vaso de vino—. En ese sentido el golpe ha despejado la atmósfera.
—En muchos otros —contestó Militza desde el interior dejando a un lado Los hermanos Karamázov—. No se podía trabajar así... ¡Se acabaron las lacrimógenas frente a los Tribunales cada vez que me toca alegar! Usted ya vio que aparecieron los pollos, la carne... ¡Hasta vino y pisco le pude comprar hoy, como algo normal, cuando se levantó el toque!
—Sin ánimo de discutir, mijita, todo el mundo sabía donde estaban los pollos y lo demás —defendió Francisco, pero cambió de tema—: Me emocionó, hoy, la declaración del “compañero Cárdenas” que publica El Mercurio en la primera edición post-golpe. Se preocupa el Cardenal por los vencidos. Bien generosa la mención que hace del primer caído, Salvador Allende.
—Habrá que ver cómo les resulta el plato a los milicos. Aunque yo creo que ellos vienen por un ratito. Como árbitros: ¡ya, niñitos, déjense de pelear! La misma posición de la declaración del Cardenal. Por encima de las divisiones, buscando recuperar la armonía entre los bandos.
—¡Mmm! ¡No lo sé! Alguien dijo que los militares uno sabe cuándo llegan, pero nunca cuándo se irán. Empiezan como un movimiento “de orden” y, en el camino, las ambiciones del General Cualquiera o de su esposa; la vanidad; el bicho del poder que pica fuerte, según el tío Adler, y viene el mesianismo: salvar a la Patria; y ya tenemos protectorado vitalicio.
—No creo que aquí vaya a ocurrir algo de ese estilo, Francisco. La historia de nuestro país no permite el tropicalismo. Son demasiados años de democracia. La atmósfera que hemos vivido y respirado también les es propia a los milicos: Balmaceda dándose un balazo para cerrar la herida del país se lleva consigo la contienda, asumiendo la responsabilidad y todos los odios. Hace como el señor Corales: “La función ha terminado, perdonad sus muchas faltas”. El Chicho Allende parecería haber hecho otro tanto... aunque después resultara cierto, al fin, que lo hayan asesinado. O”Higgins abriendo su casaca para ofrecer noble pecho desnudo al abdicar, por causa de Javiera y Juana, frente a sus enemigos. Es nuestra democracia.
—¡Me preocupa el Benja! ¡Producto de su terapia, se politizó! ¡Estaba totalmente metido en el gobierno! Seguro que ya quedó cesante, con esposa y tres hijos. Eso, si la cosa viene bien. Y si viene dura, como temo, está en peligro. Me preocupa también el profesor Carvajal y su violín. Me produce terror, entiéndemelo bien, lo que vimos en televisión el martes pasado: es como una mala obra de teatro. El largo mesón preparado para la Junta de Gobierno está ocupado por dos cobardes y dos locos. Estos últimos al centro de la escena, cada uno con su estilo: el compadre borrachín y el dolido por la vida; los otros, meándose de miedo en cada punta; cagones, oportunistas y rastreros... un par de personajes; como si hubieran sido puestos por el propio Shakespeare en escena. El primero lee con voz trémula un papel que contiene los fundamentos de gobierno y en cuya redacción él no ha participado. No se ha sacado los anteojos negros. Se le seca la saliva en las comisuras de los labios. Pronuncia mal y su ambivalencia es evidente; se sabe puesto en el papel de traidor por el destino. Él no se atrevía a dar el golpe, pero la Armada y la Aviación ganaron. A último minuto no le quedó más alternativa que plegarse. Los otros dos temen que el tiro les salga por la culata y la gloria se les escape. A pesar de su arrojo, porque ellos sí que se la jugaron.
Beethoven se explayaba tres veces grandioso desde el interior, con violín, cello y piano: Herbert von Karajan, David Oistrach, Mstislav Rostropovich y Sviatoslav Richter subiendo la difícil pendiente del dolor hacia la siempre virtual alegría, en el infierno.
De pronto Francisco se tensó, mirando hacia abajo.
—¡Venga a ver, Militza, operación de comandos!
Ella dejó el libro sobre el sofá y corrió a la ventana.
Frente al edificio se desplazaban varios camiones y buses de color verde oliva cargados de militares que saltaban a la calle al detenerse los vehículos, tomando posiciones en Providencia con Miguel Claro. Sus metralletas brillaban bajo el sol de las cuatro de la tarde y un cielo perfecto, sin nubes.
Un altavoz advertía:
“Señores residentes, ésta es una operación militar en resguardo de su propia seguridad. Sabemos que algunos extremistas no han comprendido el sentido patriótico del pronunciamiento militar y se ocultan en esta zona, por lo cual procederemos a registrar el sector. Los residentes deberán permanecer en sus hogares y permitir la entrada de nuestros soldados. Procederemos desde el piso más alto en sentido descendente. Quien tenga algo que informar deberá dirigirse al oficial a cargo, en el acceso del edificio.”
—Lo que le decía, mijita: ¡una operación de comandos! Me da muy mala espina, es la Gestapo con treinta años más de tecnología.
Beethoven continuaba su trabajo, ahora con el violín, rasgando un antiguo dolor. Estaban todos ahí, los perseguidos, con la canción insinuada en los labios:
“A dónde irá, veloz y fatigada,
“la golondrina que de aquí se fue...”
Sonó el timbre cuando Francisco volvía a llenar su vaso.
Militza abrió la puerta mientras Beethoven respondía con contrapuntos de staccato del violín a la fluidez sensible del piano...
—¡Ejército! —gritó el militar. Ocultaba su rostro una máscara de pintura negra, lo que no impedía ver que se trataba casi de un niño—. Tenemos orden de ingresar —y sin esperar respuesta avanzó por el pasillo hacia las habitaciones. Militza lo siguió. Francisco se quedó en la sala, bebiendo con parsimonia. En el dormitorio, el recluta abrió las puertas del closet y hurgó entre la ropa con movimientos hábiles. Luego acercó con brusquedad la silla que estaba a los pies de la cama y trepado sobre ella registró la repisa superior. Sacó un trozo de papier maché de color rojo con gesto triunfal—: ¿Qué es esto? ¿Banderas? —y cuando completó la imagen de una flor de papel en proyecto, bajó de la silla y continuó su inspección en los veladores y bajo la cama antes de salir. En el escritorio del dueño de casa se mostró dubitativo frente a las fotografías de Rorschach y de Jaspers. Consultó afirmativo—: ¿Marx y Lenin, no? —y estuvo a punto de utilizar su metralleta antes de leer, al pie de cada foto, la identificación respectiva.
Después se dirigió a los libros, ubicados en un estante, al fondo. Con gesto seguro retiró y botó al suelo Psychoanalytical Revolution, El cubismo y los tres tomos de las Obras completas de Lenin, ante el horror de Militza. Hizo una nueva revisión para cerciorarse de que nada se le escapaba.
—Ya sabíamos que ustedes eran de cuidado, el administrador de la torre le entregó a mi teniente una lista de todos los vecinos sospechosos de extremismo —dijo, mientras recogía los libros. Los llevó hasta el living. Con paso firme fue a la ventana y arrojó su botín a la calle. Después dio la vuelta y se quedó observando el Dostoievski que Militza dejara abandonado en el sofá—. ¡Más libracos de la URSS! —lo cogió con furia y también lo tiró por la ventana.
Militza miraba consternada a Francisco, quien intervino:
—Oiga, cabo, entiéndame bien. Usted está procediendo de manera irracional y abusiva. ¡Me quejaré con su superior!
—¡Podrá hacerlo, señor, porque usted tiene que acompañarme ahora! —dijo el soldado desafiante y lo encañonó poniendo la hoja de la bayoneta en su espalda y presionando para que avanzara hacia la salida.
—No se preocupe, mijita —dijo Francisco bebiendo de un trago el resto de vino—. ¡Esto lo soluciono en un momento y subo!
—¡Yo los acompaño! —Militza corrió a su dormitorio a buscar la llave—. ¿Me espera un momento, cabo?
Cuando regresó, en el vestíbulo ya no había nadie. Golpeó nerviosa el botón de llamado del ascensor y notó que era observada acusadoramente, a través de puertas entreabiertas, por los vecinos.
El hall de acceso del edificio se hallaba convertido en un lugar extraño. Un grupo apretujado de mujeres y niños presionaba a la columna de soldados que lo separaba de una formación de veinte o treinta personas —en su mayoría hombres, aunque había también mujeres, una de ellas muy joven, vestida con falda hippie y un cintillo amarrado en la frente—, entre quienes divisó a Francisco. Un pelotón militar los tenía a todos apuntados con sus pesadas armas, como si fueran prisioneros de guerra.
Conversando con el teniente a cargo, Fabregat —el administrador del edificio— no cabía en sí de orgullo por el poder que creía detentar y sonreía servil hacia la autoridad; implacable con sus sospechosos. Junto a ellos, lista en mano y rostro severo, el activista Caldera, dirigente de la JAP del edificio, ahora vestía uniforme militar en lugar de su informal ropa de “compañero”.
—¿Qué van a hacer con ellos? —preguntó Militza, angustiada, a otro cabo.
—Van detenidos para ser interrogados. Después pueden quedar libres.
—¿Pero a dónde los llevan? —su rostro estaba muy pálido; ella, siempre valerosa y fuerte, ahora tenía lágrimas en los ojos.
—¡No sé!
—¡Pero si mi marido no ha hecho nada! No tiene ningún compromiso político.
—No estaría detenido, entoces —el cabo bajó la voz—. Yo que usted le traería algo de abrigo, por si acaso. ¡Apúrese!
En la calle una pira de libros despedía una humareda blanca.
1973, sábado 15 de septiembre.
Son las tres de la tarde. Por entre las nubes cruza un rayo de sol y cae en la vereda húmeda frente a la Torre 6 de la Remodelación San Borja.
La sombra que proyecto, de la mano de mis dos hijos que saltan alegres, me hace daño. Somos, dibujados sobre las baldosas, “Benjamín pasea a sus niños”. Pero la realidad pone mi ánimo a enorme distancia del contento.
Lo que se ve en nuestra sombra, sobre el suelo, son vacaciones. Lo que siento es angustia por lo que va a venir. Por mi segura ausencia de mañana —obligada— en estas vidas infantiles.
Ellos quieren jugar, pero yo he escuchado las metralletas repiqueteando desde todos los puntos cardinales, sin parar, los últimos cuatro días con sus noches. A ratos venían desde lejos, del Cordón Cerrillos; después se oían a pocas cuadras, hacia el centro de Santiago; luego desde Macul; La Florida y La Granja; desde Conchalí; de pronto, a unos pocos metros.
Hemos permanecido hasta hoy, recluidos por el toque de queda, temblando como ratones en nuestras madrigueras, observando en las noches a las patrullas militares avanzar agazapadas por Marcoleta y Portugal.
Los furtivos contactos con los vecinos de la torre —con los compañeros de CUP— están marcados por una mezcla de dolor, de miedo... y mutua desconfianza.
Atemorizado, miro el trozo de cielo azul que asoma sobre la cordillera, como si nunca antes lo hubiera visto, como si después, en un rato —o mañana—, ya nunca más pudiera verlo. Tomo conciencia de que mi vida no vale un centavo.
En la esquina de Lira y Marcoleta nos sentamos sobre el borde de la jardinera. Veo rostros tensos y vigilantes que pasan, mientras mis niños trepan y se bajan saltando del asiento, felices de disfrutar un rato de aire y calle después de tantos días de inexplicable encierro.
Se me acerca un vecino, un tal Cifuentes, socialista. Presuroso, me pregunta cómo hemos estado, y después, en tono confidencial:
—Oiga, compañero, ¿en su partido tienen planos? Usted sabe... ¿Y fierros? Estamos organizándonos. ¡Como usted es arquitecto, puede ser muy útil!
Lo miro y, en una imagen superpuesta, veo su disfraz. Bajo su apariencia popular, percibo el uniforme. Hasta el corte de pelo me resulta ahora evidente: es un milico infiltrado, un espía. No tiene familia, vive solo y en estos años se ha ganado eficientemente nuestra confianza. Su mirada de bonachona complicidad no está exenta de un brillo de astucia.
—¡No sé nada de fierros, compadre! —me disculpo. Y aunque estoy aterrorizado, mi actitud es aplomada cuando, echando a la broma su discurso, me despido y sigo caminando con mis hijitos tomados de la mano.
Manuel y Benjamín —con la capacidad de júbilo de sus tres y cuatro años de edad— se emocionan cuando de pronto, subiendo por Diagonal Paraguay, aparece una caravana verde oliva de buses militares.
Mis hijos quieren acercarse y jugar con esos artefactos móviles cargados de metralla, con esos soldaditos de verdad que irrumpen como en un acto de magia. El desfile se detiene frente a la Torre 18; en un instante ya lucen formados y perforan la tarde con sus voces autoritarias. Los megáfonos presentan el acto de allanamiento. Los demás, los que por ahora estamos fuera del cerco, avanzamos silenciosos y apresurados, de vuelta a casa, con la vaga conciencia de que ése ya no es, tampoco, un lugar seguro.
Con las manos pequeñitas y tibias de mis hijos en las mías camino hacia el oriente, apropiándome de ese trozo de cielo que asoma muy azul entre nubes. Mañana puedo estar muerto.
Y sale de mi cuerpo, como impulso primario, el amor:
—¡Ya, niñitos, juguemos! —acepto, y corro con ellos al Parque Bustamante, con la garganta apretada por la separación posible.
En el parque no hay nadie, excepto las patrullas militares ubicadas en los dos extremos del área —en Providencia y en Rancagua—, que no hacen mayor caso de nosotros.
Subimos a los columpios y a los balancines. Ayudo a los niños a trepar a las ramas más bajas de los árboles. En los prados circundantes los dos me persiguen mucho rato. Atesoro, para después, la imagen dichosa de mis hijos: Manuel con los pasitos inseguros de sus tres años y los brazos extendidos no cabe en sí de alegría en el empeño de alcanzarme; Benjamín me apunta y dispara con una varilla.
El ejercicio les ha puesto rojas las mejillas y su pelo está alborotado. La felicidad ingenua que me comunican hace más fuerte el contraste con mis propios sentimientos. La esperanza de que tal vez nada ocurra aparece y se desvanece de inmediato. El dolor, el temor y la rabia hacen más fuerte aún la porfiada ternura que siento por mis hijos.
Quiero derramar dentro de sus almas toda mi presencia, toda mi paternidad, todo el hombre que soy, todo el amor que hay en mí, como una herencia. Como una desesperada fuerza que quisiera envolverlos en una burbuja de tiempo y de espacio que los resguarde, por siempre y donde sea, del abandono, la carencia y la orfandad.
Reasumo con valor el cumplimiento del ritual de despedida.
Vuelvo a hacer negación completa de toda realidad que no sea nuestro paseo.
Nos sentamos en un banco. Manuel, sobre mis rodillas, dice en su media lengua: “¡Es lindo mi papito! ¡Nunca más te vai a la oficina!”, y aprieta sus bracitos alrededor de mi cuello.
Benjamín ríe con ganas. Burlándose de su hermano expresa la conclusión que ha sacado, seguramente de los diálogos en voz baja escuchados durante estos días en la casa: “¡El papá ya no tiene oficina, tonto, ahora la oficina es de Pinochet!” Luego propone seriamente: “Y si no quieres jugar, papi, vamos otra vez a mirar los camiones verdes”.
—¡Susto esos camiones! —exclama Manuel—. ¡Mejor jugar!
Eso hicimos hasta que anocheció. Y les di padre en abundancia.
Pasan frente a nosotros buses militares, por Rancagua hacia el oriente, cargados de prisioneros —nuestros vecinos de la torre 18 de San Borja. Reconozco la figura de mi propio hermano... mi hermano ingeniero, apolítico, el mismo que esa mañana fue a visitarme, preocupado por mí, y me obligó a aceptar una fuerte suma de dinero, “por si acaso, Benja, por siaca”.
“Una muerte y yo un hombre,
Un hombre solo, y ella
una muerte pequeña.” (1)
1973, sábado 15 de septiembre.
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(1) “Canción de la muerte pequeña” de Federico García Lorca
Francisco compartía un sofocante cubil —un vestidor del Estadio Nacional— con otras veinte personas. Debían permanecer de pie por lo estrecho del lugar. Varios de ellos habían sido torturados —más de una vez sometidos a amagos de fusilamiento con tiros de salva— durante esa tarde. A la niña hippie que habían apresado junto con él la habían violado entre varios, para después golpearla brutalmente.
Dos veces se la habían llevado, a tirones y bayonetazos, militares incógnitos —sin decir “vuestros nombres, valientes soldados, que habléis sido de Chile el sostén”...— y la habían devuelto después, seminconsciente. En el rostro y los brazos no había señas de maltrato, pero cuando Francisco levantó su blusa para auscultarla, pudo constatar innumerables cortes, magulladuras, costillas rotas.
Los prisioneros se había organizado. Eligieron jefes de grupo y encargados de intendencia. Estos últimos demostraron después la importancia de su función: por las mañanas los guardias recorrían el lugar con un canasto de pan y arrojaban el contenido a las celdas.
Esperaban que los presos se pelearan para obtener su alimento. Pero los intendentes se hacían cargo de repartir los panes siguiendo estrictamente un orden: primero mujeres y viejos, después los torturados, y así hasta que cada uno tocaba su parte. También se había determinado turnos de tres horas para dormir. Había espacio para que cinco cada vez lo hicieran, sentados sobre los sacos de estera que había en el suelo. El resto permanecía de pie, dormitando o hablando en voz baja.
Como a las once de la noche Francisco experimentó los síntomas de la abstinencia. Temblores fríos le estremecían el cuerpo. Con esfuerzo logró acercarse al ventanuco superior de la puerta metálica.
Llamó al guardia, quien preguntó de mala gana, con desprecio:
—¿Qué pasa?
—¡Dígale a su jefe que estoy enfermo! —y bajando la voz—: Soy un alcohólico. ¡Si caigo en coma, será su responsabilidad! ¡Que mande a un médico!
—¡Médico querís, borracho conch’e tu madre! —y tiró un culatazo, que no acertó, antes de alejarse con paso de chulo.
Un compañero que lo había estado observando desde hacía rato se le puso al lado:
—¿Qué le pasa, doctor? —preguntó en voz baja—. Perdóneme si soy muy directo, pero al parecer sufrimos del mismo mal —y le mostró sus manos temblorosas—. Yo creo que la situación va para largo —con precaución extrajo una petaca de pisco del bolsillo trasero del pantalón y con la misma precisión la hizo desaparecer de inmediato—. No sé cómo logré pasarlo —terminó, y lo miró sin expresión—. Si le parece, podemos sumar su medicina con la mía y apoyarnos para salir de ésta.
—Podemos sumarlas —respondió lacónicamente Van Root—. ¿Cuanto hay?
—Está entera.
—Tenemos que dosificar. Convencer al metabolismo. Capear la crisis de abstinencia: non ruggiere, non ridere, non qui detestare, sed inteligeri. ¡Nada de andar tomando por tomar, como los huevones! —remató, bromeando.
Toda esa noche continuó el retiro de detenidos por parte de las patrullas. No todos volvieron, pero los que regresaban venían muy mal: extremidades fracturadas, costillas rotas, órganos internos reventados. A una mujer mayor le habían destrozado la pelvis.
Tema recurrente eran los rumores de asesinatos ya cometidos: Víctor Jara, Coco Paredes, Ángel Parra. Respecto de la hija de Vuskovic y el hijo de Corvalán, que eran matrimonio, se decía que a él —tendría veinticuatro años— le habían arrancado la lengua, por no hablar.
En el calabozo de Francisco había inicialmente veinte personas. Después, sólo quince. Se habían agregado seis “nuevos”. En los larguísimos minutos transcurridos de estas ocho horas, era perfectamente discriminable la antigüedad. Menos de la mitad de esos veintiún seres humanos eran militantes de algún partido. El resto, no todos simpatizantes de la Unidad Popular, estaban allí por denuncias de vecinos. Venganzas por pequeñas ofensas cometidas en el ascensor o en la plaza de la esquina; o bien, simples intentos de aplicar un breve pero eficiente castigo a los “cabros de la esquina”, motivados en espontaneas antipatías.
En las terribles horas transcurridas desde la detención, quedaba claro para todos que esto no se trataba de “dar un pequeño susto”, como prevención, a este grupo elegido al azar.
Se estaba viviendo el Terror, como en la Alemania Nazi, o la Revolución Francesa.
Cerca de las cuatro de la madrugada vino nuevamente un militar que, lista en mano, ordenó presentarse “a los que se indica.”
Siete hombres y dos mujeres se habían formado en el pasillo —muchos de ellos apenas se sostenían en sus pies— cuando llamaron a Van Root. El último nombre, Mellado. El hombre de la petaca quedó detrás de Francisco.
A paso marcial los hicieron avanzar en la oscuridad. Las bayonetas se clavaban en las espaldas de los heridos. “¡Rápido, rápido!”, ordenaban los uniformados.
Francisco recordó con furia la remota escena de los matones del Liceo Alemán humillando a Ruperto Gutiérrez.
Cruzaron la cancha principal del Estadio hacia el sector sur.
Sobre la pista de ceniza había tres camiones militares. Una fila larga de prisioneros estaba siendo obligada a subir a éstos. Francisco quedó junto a Mellado.
Los camiones partieron con su carga: más de cien personas recorriendo la noche silenciosa de Santiago. La avenida Maratón, Grecia, Pedro de Valdivia, Costanera.
Francisco pudo ver, al pasar, las luces todavía encendidas de su departamento. Luego, en el Parque Forestal, divisó su consulta, frente al Bellas Artes.
Dejaron atrás la estación Mapocho avanzando por Balmaceda. Cada dos cuadras había una patrulla militar estacionada.
En el puente Bulnes los camiones se detuvieron.
—¡Todos de cara al piso, las manos en la cabeza! —ordenó una voz—. ¡Los nombrados deberán bajar y formarse! —y comenzó la lista.
Le tocó el turno a Mellado. Éste, en un gesto veloz, le pasó a Francisco la petaca de pisco y unos papeles.
—¡Por favor, doctor, entréguele esto a mi señora! ¡Yo estoy cagado! ¡Soy un dirigente comunista! ¡Le deseo suerte, mi hermano! —y saltó a la calle.
Cuarenta y ocho nombres en total contó Francisco hasta que el uniformado terminó su convocatoria. Se escucharon órdenes y pasos sobre el puente, alejándose de los camiones. Luego hubo un silencio extraño, como anunciando una catástrofe, y después disparos y gritos desesperados.
—¡Los mataron a todos, estos cobardes! —masculló Van Root. El dolor y la indignación igualaban al miedo.
Los camiones se pusieron en marcha. Atravesaron el puente y enfilaron por la Panamericana hacia el norte.
En el límite entre Renca y Quilicura hay unos cerros que se utilizaba como basurales. Junto a éstos se detuvo por segunda vez la caravana.
—¡Están libres, pueden irse! —gritó la voz de mando.
Francisco sintió en los huesos el peligro, la arbitrariedad, el matonaje.
—¡No me bajo de aquí ni cagando! —exclamó con furia.
Muchos se quedaron en los camiones. Muchos corrieron hacia los cerros.
—¡Se escapan los prisioneros! ¡Fuego! —ordenó, histérica, la misma voz. Y a los que corrían les dispararon por la espalda.
“Hijo de la rebeldía
lo siguen veinte más veinte
porque regala su vida
ellos le quieren dar muerte.”
¡Córrele, córrele, correlá!
¡Por aquí, por allí, por allá!
¡Córrele, córrele, correlá!
¡Córrele que te van a matar!” (1)
1973, Sábado 15 de Septiembre
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(1) “El aparecido” Victor Jara
Cerró con un golpe la gran puerta de cristales y volvió la vista hacia el poniente.
La figura de Felipe Heller quedó sumergida, como una sombra, en las siluetas de ciudad calle abajo, apenas iluminadas por las luces de mercurio.
Capturado por la atmósfera, se percibió a sí mismo envuelto en esa magia: perteneciente y distinto.
En su espalda sentía la mano afectuosa de Van Root.
Permaneció quieto; arregló el chaleco de cachemira sobre los hombros con placer en la acción y entonces corrió hasta el auto.
—¡Vamos, “Silver”! —y partió raudo.
Al llegar a San Camilo dobló hacia la izquierda y luego por Santa Victoria.
Los que lo seguían quedaron desconcertados. Entonces aceleró hasta Vicuña Macana. Aprovechando la última fracción de luz amarilla giró nuevamente: “¡Hallalloooo Silver!”.
—¡Que no nos pillen!
—¡Te la vamos a dar! ¡Vas a ver! —gritaban, corriendo tras él, los hermanos Rolfito y Hans; sus padres Rolf y Hertha; también Herto, el puto de su primera experiencia de unos minutos atrás, y hasta el jardinero de la casa de su infancia, Segundo Mora, con el pene al aire y un pucho que era pura ceniza colgando en la boca, daba largos saltos como si de nuevo quisiera cogerlo en sus brazos y manosearlo, igual que cuando era niño. Mas atrás se divisaba a Jaime Wisniak —como siempre en mangas de camisa—, al padre Karaki, Carlitos Rivera y Román... El propio señor Wagner-Berger empujaba fuerte una botella completa de Santa Petra por el gaznate de su padre, Rolf, renovando su energía para la persecución.
—Ach, Scheisse! ¡Niño cochino, de cara boba y sucia! —oyó gritar a su madre. Felipe volvió la cabeza y pudo ver en su rostro una conocida expresión de furia calentona.
Al llegar a la Alameda se detuvo, ambas manos aferradas al volante. Jadeaba.
—¡Ahora sí que te llegó, Felipito! —dijo Hertha y siguiendo con el juego se acercó desnuda.
Percibió que su madre traía escondida las tijeras de jardín entre sus piernas y se hurgaba para sacarlas.
—¿Quién es el valiente aquí?
—Ésa es la gracia de la apuesta: atravesar el peligro.
Los demás lo miraban. Algunos con admiración; el resto sonriendo frente a un tipo al que le faltaba un tornillo; todos con la expectativa de verlo realizar la hazaña.
Felipe observó a Francisco: su rostro despejado y alegre, su frente amplia, sus mejillas rojas, los ojos brillantes.
—¡Eres un loco, Van Root! —dijo finalmente.
—¡Bueno, mis huevones! —terminó Francisco con un gesto displicente—. Me despido aquí, ya que ninguno cancela las consultas.
—¡Vamos, loco! —exclamó Felipe, y aceleró por Providencia hacia arriba.
A las 20:00 horas vuelve Adrianus van Root, mi padre, y se entera de la noticia. Mi máximo puntaje en el bachillerato logra cambiar su expresión adusta por una leve sonrisa que apenas se adivina.
—¿Donde está, para felicitarlo? ¿En su dormitorio?
Cuando le cuentan que he salido a festejar con mis amigos, dice:
—Bueno, bueno, no importa, ya habrá tiempo más tarde u otro día —la contrariedad parece reflejarse en el brazo que levanta con la mano hacia abajo.
En el comedor sólo se habla del logro del primogénito. Los resultado de Ruperto Gutiérrez y de otros amigos son informados a Adrianus. Sorpresivamente —María Ester, mi madre, acababa de llenarle otra vez el vaso—, él confidencia la frustración de su juventud.
—Yo quise estudiar para ser ingeniero. Pero mi padre no pudo costearlo. Al terminar el primer año... debí retirarme. Me empleé y, bueno, ésta es mi vida. Hemos logrado salir adelante. Soy ahora mi propio patrón..., ¡pero jamás calcularé un puente! —dice con un dejo de tristeza- ¿hubo una leve sonrisa de autocompasión en su rostro anguloso?-, antes de beber de un trago otro vaso de vino.
Felipe no estaba cuando llegamos a su departamento, con la Flaca y su hermano Fernando Lara, a las diez y media de la noche. Nos había invitado con tanta insistencia a celebrar su cumpleaños, que decidimos esperarlo en el auto.
El humor del Lara mezcla la seriedad en la actitud con una original extravagancia en los juicios: debemos haber pasado cerca de media hora entretenidos conversando, con las ventanas cerradas y una espesa humareda de cigarro que nos hacía toser.
Vimos aparecer el Volkswagen doblando a la izquierda desde Bilbao y acelerar pasando cambios por Los Leones, enganchar a un metro de la esquina y girar al lado nuestro para estacionar, con un ronco patinazo, un poco más adelante.
—¡Este huevas, rajado, pelando forros! Y nosotros encerrados en el auto, esperándolo en la oscuridad. Seríamos muy sospechosos si en este país existieran servicios de seguridad, Estado de Emergencia, o algo así —dijo Fernando, y efectivamente, apareciendo tan de improviso como un OVNI, el Opala beige con vidrios polarizados- el uniforme de la DINA- dobló por California y pasaron lentos, junto a nosotros, los rostros amenazante. Se detuvo con el motor en marcha en mitad de la cuadra, retrocedió y finalmente se fue por la noche a toda velocidad.
—¡Qué miedo! —dijo la Flaca. Se había puesto pálida.
Después vimos bajarse a Felipe del Volkswagen, con movimientos bruscos, inusuales en él. Cerró de un golpe la puerta del “escarabajo” y al volverse para entrar a su edificio mostró sorpresa.
—¡Cumpleaños feliz! —empezamos a cantar. La Flaca corrió y lo abrazó.
En el pasillo iluminado, cuando abrió la puerta de su departamento y nos hizo entrar, completé la imagen —incomprensible todavía hoy— del nacimiento de otro Felipe: había adquirido un gesto aplomado, con un dejo de malhumor —quizás por la mandíbula apretada, o la mirada directa y algo desfachatada— y una rara introversión, como en sístole y diástole, entre cada intento de contacto.
—¿De donde venís? —le preguntó la Flaca dejándose caer en un pouf.
—¡De la vida y la muerte del ser!
—¿De cual ser? —dijo Fernando—. ¿Del ser y la nada? O del... ¡ser o no ser, ése es el dilema!
—¡De los dos! —contestó Felipe, y pareció que iba a franquearse, pero después, moviendo la mano como quien espanta una mosca—: ¿Quieren pizza? ¿Pisco? ¿Bebida? —y percibí, en el tono y la actitud, una mezcla de los estilos de su padre, Rolf, y del Doktor van Root.
—¿Qué le pasa a Felipe? —me preguntó Fernando cuando lo vio irse con la Flaca a la cocina—. Lo noto tan diferente... como en otra. Tranquilo y agitado al mismo tiempo. ¿No te parece?
La Flaca y Fernando se fueron como a las doce y media. Ya estábamos todos borrachos.
—¿Querís más pizza? —me ofreció Felipe—. Todavía queda parte de la fiesta: el cajón de cerveza, media botella de pisco. Se acabó el vino —y después, como si continuara con el mismo tema, preguntó—: ¿Has visto al Doktor?
La pregunta me puso curioso. Intuí que a él le había pasado lo mismo que a mí la semana anterior.
—¿Por qué me preguntas? ¿Hay algo especial?
—¡Nuestro psiquiatra me dio el corte! Hoy en la tarde —dijo con humor—. ¡Estoy de alta!
—¿También a ti? —y soltamos al unísono una carcajada, tal vez por la coincidencia y el mucho trago.
Le relaté el episodio:
“Igual que siempre, el domingo estábamos invitados con mi señora y los niños, a almorzar donde el Doktor.
“Como a la una de la tarde llegamos cargados de provisiones: tarros de crema, un buen trozo de filete para el famoso bife a la pimienta que él prepara, cuatro botellas de rico vino, etcétera.
“Militza abrió la puerta y noté frialdad en su saludo. El Doktor estaba impecable, sentado en el sofá con un libro en la mano. Giró la cabeza y me miró extrañado.
“ ‘¡Ah, Benjamín!’, dijo con urbanidad. ‘¿Qué te trae por aquí?’
“Mis niños ya corrían encantados por todo el departamento. Militza, con una sonrisa sádica insinuada en los labios, no cerró jamás la puerta.
“ ‘¡Bueno, Doktor! Nos habías invitado a almorzar’, tartamudeé.
“Él marcó con el dedo la página del libro y sin moverse me miró fijamente. Las ridículas viandas se hacían muy pesadas en mis manos.
“ ‘Tú sabes que ésta es mi casa. Aquí no atiendo pacientes’, dijo por fin. ‘Si quieres verme, pídele hora a la Norma en el Hospital’, y volvió a abrir el libro.”
—¿Qué le pasará? —dijo Felipe pensativo—. Es como si estuviera cortando lazos afectivos. Contigo, con Militza, conmigo. ¡Cerrando capítulos!
—Lo de Militza es otra cosa. Es, quizás, circunstancialmente, la causa de los otros cierres. ¿Tú te has dado cuenta de que ella anda para todos lados con Diego? ¡Y el Doktor, por su parte, dedicado todo este último mes a demostrar que es estéril y tomando vitamina E por kilos!
—Hoy estuve con ellos. Militza me dijo que el Doktor la abandona... ahora que está embarazada.
—¿Entiendes? —dije, al hacerse claro para mí el cuadro—. ¡Es ella quien lo abandona! ¡Él sabe que con esto se va a hundir y no quiere arrastrar a nadie más!
—¡Estás loco, Benjamín! ¿El hijo es de Diego, crees tú?
—¡Evidente! ¡Francisco está muy cagado, y no quiere cagarnos! ¡Cortó de forma brutal con nosotros: que nuestro sentimiento fuera de rabia más que de dolor! “Como usted no me paga las consultas, búsquese otro psiquiatra”, te dijo a ti; a mí me dejó debajo de la mesa con mi ridícula carga de vinos y filete. “Señor, no atiendo locos en mi casa, pida hora a mi secretaria. En el hospital”.
—No quiere testigos cuando caiga a la hoguera... El Ave Fénix.
—¡Quizás hay también orgullo! Quiere pasar solo esta experiencia de humillación, de abandono. ¡Hasta al cura Pedro Arraiz lo despachó! El propio cura me lo contó. Me lo topé en una micro al día siguiente. Tuve que cazarlo porque intentó escabullirse. Bueno, le había hecho similar escena, cobrándole consultas inexistentes; le dijo que sólo podría atenderlo en el futuro... ¡en el Open Door! Y eso, cuando pusiera al día las cuentas impagas.
—¿Tenía tufo a trago el Arraiz? —preguntó Felipe.
—¡Harto tufo! ¡Puro whisky!
—¡Otro que está cagado! ¿No? —y se quedó en silencio, bebiendo directo de la botella de pisco.
Después de un rato dijo como para sí mismo:
—¡Hay que ayudar al Doktor! Está más solo que un dedo; la Militza se fue hoy en la tarde. Yo mismo la llevé a la casa de su mamá. A ella y a Diego. Y por mi parte, voy ahora mismo a acompañar a nuestro Doktor. ¿Vienes conmigo, Benja...?
—¡No! —respondí, sin pensarlo un instante.
—Igual salgamos, te encamino en el auto. ¡Vamos! —se levantó y salió casi corriendo del departamento.
—Don Benjamín, tiene un llamado —me avisó la telefonista—. Se entendía poco, pero es algo así como... “el doctor Fanrrú”. ¿Se lo paso?
—Desde luego. ¿En qué línea?
—La dos.
—¿Doktor? ¡Qué honor! ¿A qué se debe esto? —y tomé nota de que era la primera vez en muchos años que recibía una llamada telefónica de Francisco. Más extraño aún, que fuera a mi oficina.
—Bueno, es que tengo un pequeño problema —dijo con su difícil pronunciación.
—¿Qué pasa?
—Yo... ehhh. ¡Tengo la media cagada! Te llamé porque tú te mueves como un pez en este tema de las instituciones. Fíjate, mijo, que han llegado los detectives al hospital. ¡Dicen puras huevadas! ¡Están todos locos!
—¿Doktor? ¿Qué pasa? ¿Estás en el hospital? ¿Quieres que vaya para allá?
—¡Sí, por favor! Tú entiendes más de estas cosas. Vente al Open. ¡Ni una palabra de esto a Militza!
En la puerta del hospital había un par de autos de policías. Yo nunca había estado ahí, pero igual me llamó la atención ese detalle.
Pregunté en informaciones por el doctor Van Root.
—¿Es conocido de él? ¡Porque está muy ocupado! —dijo la recepcionista.
—Me pidió que viniera. Me llamó a mi oficina. Dijo que tenía un... problemita.
—¡Un problemita! —exclamó la mujer, más confiada ahora—. ¡Pobre doctor! ¡Está metido en un tremendo lío! Espere un momento —y más compungida que agitada tomó el teléfono. Habló algunas palabras y luego me indicó que pasara—. Segundo piso, cuarta puerta, después doble a la izquierda. Pregunte ahí por Patty. Es la secretaria del doctor Van Root.
La oficina del Doktor estaba llena de policías. Cuando éste me vio llegar, se levantó aliviado.
—¡Benjamín, qué gusto en verte! —exclamó, y con una mirada circular a los presentes, avisó—: ¡Espérenme un minuto, niñitos, acaba de llegar mi traductor! —y me abrazó con fuerza. Después de su largo procedimiento salutatorio de toques, abrazos, miradas a los ojos y ruiditos de afecto, me instruyó—: ¡Explícales, mijito! ¡Están absolutamente locos!
—¿Pero qué ocurre, Francisco? ¿Es en serio? —pregunté, sin entender nada. Asintió con la cabeza, casi teatralmente, mientras los cuatro tipos, sentados en las incómodas sillas de hospital público, nos miraban con expresiones indescifrables. Éramos todos personajes fellinianos, en la oficina del jefe de psiquiatría del Hospital Open Door.
—Inspector —dijo Francisco—, ¿me permite hablar una palabra a solas con el señor Benjamín? —el más bigotudo del grupo hizo un gesto de asentimiento y entonces el Doktor me tomó del brazo y me llevó hasta la puerta. Atravesamos el pasillo. Al extremo de éste, Francisco abrió la puerta de una especie de bodeguilla, utilizando una llave que tenía en el bolsillo de su cotona blanca. Era un cuartito estrecho en el que apenas cabíamos los dos, rodeados de estanterías que guardaban paquetes de algodón, camisas de fuerza, atados de jeringas, frasquitos de vidrio con medicamentos.
Francisco se inclinó y escarbó entre los algodones, sacando una botella de gin, de la que bebió un largo trago. Se limpió la boca con un gesto elegante, pasándose el dorso de la mano izquierda sobre los labios y guardó la botella en la caleta. Me miró fijo, haciendo el famoso gruñido de gorila:
—¡Están absolutamente locos! ¿Cómo un médico psiquiatra, neurocirujano, psicoanalista, neurofisiólogo clínico, electroencefalografista... profesor de cátedra, jefe de psiquiatría... cómo un tipo tan bien formado, tan ponderado... podría emitir varios cheques médicos? ¿Entiendes tú? ¡Varios... cheques médicos, anotando “gramos” de morfina en lugar de “miligramos”! ¡Están absolutamente locos! —y se quedó mirándome con molesta incredulidad. Yo trataba de hacerme una composición de escena, ordenar la poca información lógica de que disponía.
—¡Perdona, Doktor! Vamos por partes. Esos cuatro tipos que hay en tu oficina... son detectives. ¿Es así?
—De la Brigada Antinarcóticos.
—¿Te interrogan sobre recetas... emitidas por ti... en que aparecen dosis absurdas?
—¡Carlitos Valiert se está muriendo de cáncer a los huesos! ¿Me entiendes? Le estoy recetado morfina desde hace un mes. Eso es muy serio. ¡Morfina, mijito! Muy delicado, así es que se controla mediante “cheques médicos” que se emiten junto a la receta, con mi carnet de identidad, mi número de registro en el Colegio Médico y un montón de formalidades más. ¿Comprendes tú? Pero estos ignorantes no tienen la menor idea sobre medicina. Insisten en que en todos los cheques para Carlitos he anotado la morfina por gramos. ¡Para mil enfermos terminales! ¡Están locos! —y seguía con la misma expresión de disgusto—. ¡Jamás cometería un error de ese calibre!
—¿Y qué pasa, entonces?
—¡Ellos mismos han adulterado mis papeles! ¡Ésa es la única explicación! ¡No voy a desconfiar de las hermanas de Carlitos! ¿No es cierto? —y me observó con una mirada llena de desconfiada malicia.
—¿Y qué quieres que haga yo? ¿Cómo puedo ayudarte?
—Acompáñame. Estos tipos... son un poquito más... primitivos... no entienden nada... nada de lo que les digo. ¡Te voy a pedir que les traduzcas mis palabras! Tú te mueves como un pájaro dentro de los lenguajes de las instituciones, Benjamín. ¡Necesito tu difícil facilidad! —y me tomó reciamente del brazo, para volver a su oficina.
La reunión transcurrió en una atmósfera absolutamente de Fellini. El Doktor no entendía lo que querían los policías, y éstos mucho menos al primero. Yo era un personaje inexplicable para los policías: no sabían si era el hijo, el hermano o el abogado de Francisco. El hecho de estar vestido con cierta formalidad me otorgaba sobre ellos un indiscutible ascendiente, que les permitía dirigirse a mí como a un árbitro cuando la madeja se enredaba demasiado.
—¡Explíquele, por favor, al doctor, que no tenemos nada contra él! ¡Éste es un simple procedimiento previo! ¡No se trata de una acusación! —me dijo, impaciente y desesperado, el inspector.
Y el Doktor, mirándolo con irónica suspicacia:
—¡Mira, mijito..., inspector! ¡Entiéndeme bien, mijo: una gota de nicotina, una sola gota, que se extrae de los cigarros... tal como ése que tú estás fumando! Una sola gota, en la lengua de un caballo —y accionaba con ambas manos en forma de abanico, como despachando con ese gesto todo el bagaje del conocimiento científico—, una gota de nicotina... ¡lo mata, mijito! ¿Entiendes? —miró al cielo como implorando el auxilio divino—: ¿Y voy a recetarle a mi amigo Carlitos una gota completa de morfina? ¡Gramos de morfina! ¿Crees que quiero matarlo?
Y así continuó ese diálogo de sordos por más de una hora, período durante el cual el Doktor pasó desde la desconfianza hacia sus interrogadores... a la compasión por su ignorancia. Y éstos, mágicamente, hicieron el mismo recorrido: de la sospecha a la simpatía.
Francisco se explayó sobre diversos temas para aclarar su posición: en lo ético convocó a Platón e Hipócrates; con Hércules Poirot, Sherlock Holmes y Peter Sellers ejemplificó sobre la paranoia y la obsesividad de los investigadores. Su actitud era la de un pedagogo enamorado de su oficio hablando con niños pequeños. Se dio maña para interrogar en asuntos íntimos, uno por uno, a cada detective, y les fue regalando interpretaciones psicológicas que, junto con hacerlos enrojecer un par de veces, les arrancaban carcajadas. Hasta que el jefe se levantó, dando por terminada la sesión.
—Voy a preparar mi informe, doctor. ¡A mí, por lo menos, me queda clara su actuación! No creo que lo citen al tribunal, pero posiblemente el juez traspase el asunto al Colegio Médico. ¡Es que en los cheques se entiende... puede entenderse... “gramos”, en su caligrafía... en lugar de “miligramos”!
—¡Anda tranquilo, mijito! —Francisco se levantó con parsimonia y tomó con fuerza al policía por los hombros—. ¡No ando por la vida haciendo mis recetas a tontas y a locas... inspectoooooor!
Cuando quedamos solos el Doktor me miró, moviendo la cabeza de lado a lado, compasivamente.
—Este asunto me va a producir más de un mal rato con el Colegio Médico, mijito. ¡No hay peor astilla que la del mismo palo! —y se levantó.
Abrió su maletín de cuero negro que sacó de debajo del escritorio.
—Preferí no mostrarles esto a los detectives —me dijo, confidencial—. ¡Era para más confusión! Mira, mi recetario... aquí están las copias de los benditos cheques. ¡Juzga tú!
Eran seis recetas y los respectivos cheques, anotados con la letra angulosa de Francisco y con su elegante firma al pie, que semejaba a un Buda sentado dentro de un semicírculo. Me quedé en silencio, sin entender. ¿Se equivocó el Doktor? ¿Está loco? ¿De qué se trata?
Por fin murmuré:
—¡Aquí dice “gramos”, Doktor! ¡En todas las hojas!
Me miró inquisitivo un momento, pero luego se ensimismó. Estuvo largo rato en silencio, acariciándose la barba de arriba abajo. Después tomó los papeles en sus manos y se quedó mirándolos.
—¡Le tengo mucho afecto a Carlitos Valiert! —dijo después, como para sí mismo—. El cáncer a los huesos... eso sí que es doloroso —y se quedó callado mucho rato—. Quizás, inconscientemente —murmuró—. ¡Quizás, inconscientemente! —repitió.
Felipe condujo como un loco por la Costanera hacia abajo entre un mar de vehículos —de los bohemios, los noctámbulos, los amantes clandestinos— que aparecieron, despertando a la ciudad hasta ese momento vacía y sin vida, quince minutos antes del toque de queda. Llenando de ruido y monóxido fresco las avenidas principales, corrían hacia sus hogares a toda velocidad, pasando semáforos en rojo, esquivándose peligrosamente unos a otros, luchando por conjurar el peligro de alojar en calabozo.
A las dos de la mañana y pocos minutos se hizo el silencio.
Quedaron flotando sobre las calles nubecillas de humo azul.
Felipe estacionó frente a la torre. No había luz en las ventanas de Francisco, así es que fue a la portería a consultar al nochero. No lo había visto llegar aún.
Caminó por el parque hasta el puente. Estuvo observando el bronce del Bien y del Mal y éste, ahora, le comunicó muy distintas imágenes que antes, esa misma tarde. La evocación de su experiencia con Herto —su primera experiencia, vivida hacía pocas horas— lo hizo estremecerse. Era una mezcla de placer y temor, poder y libertad. Sintió subir el rubor a sus mejillas y golpeó con su puño derecho la palma de la otra mano:
—¡Toma, mierda! ¡Ahí tenís! —apretó la mandíbula—. ¡Ésta es mi vida y no tiene repuesto! Es la única Mi Vida y sólo yo puedo vivirla. Sólo yo puedo pedirme cuentas y sólo yo puedo dármelas. ¡Mierda! —y con el pene rígido dirigido hacia el cielo, riendo en extrañas carcajadas, orinó con fuerza en la escultura. Su rostro de querubín germano, iluminado por la luz blanca de la plazoleta, tenía una salvaje y contradictoria expresión de ironía y furia cuando el Opala, que inadvertidamente se había deslizado junto a la vereda, se detuvo a su espalda.
—¿Qué hacís pus, gringuito? ¿Meando la estatua? —dijo uno de los hombres por la ventanilla—. ¡Eso no se hace, pues! No es cultura —continuó, riendo de su juego de palabras, al tiempo que bajaban todos los ocupantes del auto con una amenazadora actitud de burla.
—¡A ver, muestra la pija, gringo! —ordenó otro.
—¡Pero si la tiene parada, el culiado! ¿Te calienta Miguel Ángel? —dijo el mismo chistoso de antes.
—Esto va a resultarte grave, gringo, si no dai una explicación buena, buena. ¿Entendís? —intervino el jefe, mientras los otros lo rodeaban. Felipe se subió el cierre, atemorizado.
—¿Pa’ qué lado estái, gringo culiado? ¿Con la Junta o con los resentidos? De eso depende que estís en delito o inocente.
—¡Éste tiene toda la cara de extremista! —intervino el de anteojos oscuros echando con fuerza el brazo hacia atrás, preparando el golpe al estómago.
—Espera un poco, Negro —lo retuvo el primero—. ¡A ver tu carnet de identidad! —ordenó a Felipe, quien buscó en el bolsillo trasero del pantalón y entregó sus documentos.
—¡Ah! Te llamái Heller... Felipe Heller Müller. ¡Erís hermano del Hans Heller, seguramente! ¿No?
—Sí —respondió Felipe, parco.
—Fuimos compañeros en la Escuela Militar. ¿Cómo está él? —y luego, sin pausa pero mostrando un cambio evidente, casi con humildad, en la actitud—. ¡No estarás en nada malo, entonces!
—Estaba caminando. Espero a un amigo que vive cerca, en las torres. Me pilló el toque, así es que estacioné aquí y eso es todo.
—¡Si querís te escoltamos a tu casa! —y continuó con voz monótona, como si reflexionara en voz alta—. ¡Tu hermano salió de alférez y se fue a la universidad! ¡Buen tipo ese Gringo! Oye, te escoltamos. Si no, quédate tranquilo en el auto mientras llega tu amigo. Está medio revuelta la cosa estos días. ¡Te lo digo pa’ vos, no más, pero los ex DINA andan hueviando! ¿Entendís? No se resignan a la legalización, al nuevo mando: nos joden la pita. ¡Tú, tranquilo no más, gringo, no hagái huevadas! ¡Ándate al auto y pasa piola! —y les gritó a los otros—: ¡Ya, nos vamos! —y luego, a Felipe—: ¡Saluda al Hans! ¡De parte del “Roto” Cantínez!
Mucho rato después —no supo cuánto, porque estuvo ensimismado, reflexionando, revisando desordenadamente su vida a través de imágenes remotas y actuales que fueron apareciendo de manera caprichosa— había escuchado las frenadas de automóvil, los disparos y el alboroto de carreras y patinazos de los vehículos.
A nada de ello le dio mayor significación, acostumbrado a que ocurriera normalmente en la ciudad. Su total y tecnocrática prescindencia política de siempre le daba la seguridad de que a él no podría pasarle nada de lo que decíamos que pasaba. La información recién recibida de Cantínez, sin embargo, le pareció que se confirmaba; los DINA jodiendo a los CNI.
“¡Hallalooo, Silver! ¡Arre! ¡Que no huyan! ¡Vamos, “Trigger”! ¡Arranquemos! ¡Que no nos den una sorpresa!”, Hans jode a Rolfito, pero son como poto y calzón. Juegan entre sí a los enemigos y son la misma cosa la CNI y la DINA.
Poco más tarde Felipe divisó a Francisco atravesando Manuel Montt.
Pensativo, observó a su amigo. Un náufrago: regresaba de la noche erguido y tambaleante, digno, solitario como un sobreviviente.
Lo vio pasar frente a él, lentamente. Pudo observar la expresión más que triste y más que endurecida de su rostro, los ojos sin el brillo de picardía de siempre, las facciones enflaquecidas y muy viejas.
En la madrugada Adrianus van Root despierta al abrirse con un golpe el portón de la calle, que luego se cierra con suavidad.
Escucha el roce de la llave que busca sin éxito la cerradura y, suave, el estribillo de las Chicas de New York repetido una y otra vez hasta que, por fin, se abre la puerta y entra Francisco en punta de pies, silbando para sí mismo. Viene alegre, las mejillas encendidas, los ojos más brillantes que de costumbre y se mueve con una cautela sigilosa. Empuja la puerta con movimiento de felino pero, en la penumbra, ésta termina por cerrarse ruidosamente. Con el índice sobre los labios: “¡Shhhhht!”, avanza, siempre en puntillas, hacia la escala. Sube afirmándose del pasamanos. “Mary... Peggy... Betty... Julie... chicas de New York”, silba casi inaudible. Una vez arriba observa en todas direcciones, buscando; la mirada se detiene en la manilla de la puerta del dormitorio. Inicia su oscura marcha, tambaleante, en pos del objetivo. Abre la puerta con suavidad y, al cerrarla y encender la luz: “Mary... Peggy... Betty... Julie... chicas de New York”. Se desequilibra y suena un portazo. “¡Shhhhht!”, dice para sí mismo.
Camina hacia su cama moviendo los brazos marcialmente y silbando, cuando entra su madre. Francisco va hacia ella con alegría y la abraza:
—¡Mamacita linda... la más linda... la más linda!
Ella lo toma de los hombros con suavidad.
—Su alegría es maravillosa y la compartimos: usted está celebrando su bachillerato. Pero, hijito, la moderación es un valor propio de la gentileza. Para la alegría no es necesario propasarse bebiendo.
—¡Ay, mamá! Se nos pasó un poco la mano festejando. Estuvimos en todas partes, corrimos por Santiago entero y nos tomamos todo el vino del Torres. Pero no crea que perdí el sentido.
Ella mueve la cabeza desaprobando. Tiene una suave sonrisa en los labios y en los ojos un destello sereno de tristeza.
De pronto aparece en la puerta la figura del padre, Adrianus, con su blanca camisa de dormir; alto, estricto y pálido. Francisco al verlo echa la cabeza hacia atrás, contento de su llegada. La madre se vuelve hacia la puerta y ve como el rostro de su marido va enrojeciendo mientras sus facciones se desencajan:
—¿Y qué se cree usted, joven insolente, sin respeto por su casa y por sus padres? ¿Cómo es que vuelve de madrugada y borracho? ¡Mal futuro se puede augurar para quien pretende iniciar con esta ceremonia su vida de adulto! —dice con odio, temblando de indignación. María Ester trata de calmarlo tomándolo con infinito respeto por un brazo, mientras en voz baja le pide:
—Déjelo. ¡A usted tampoco le hace bien!
Francisco ha quedado mudo al centro de la pieza; la boca abierta, los brazos colgando. En esa actitud ve salir a sus padres lentamente. Se vuelve hacia su cama y se deja caer.
Con la cara enterrada en la almohada llora hasta que lo vence el sueño.
El nochero dormita con la cabeza apoyada en el mesón cuando Francisco van Root entra lentamente al vestíbulo. La luz del ascensor lo despierta.
—¡Buenas noches, doctor! —saluda.
—¡Hola, mijo! —contesta éste, amable y, aunque trastabillando, entra con grandiosidad al habitáculo. Una vez que se cierra la puerta observa el tablero de comando como si fuera algo nunca visto. Sólo después de unos minutos aprieta el botón de su piso. Tararea “Mary... Peggy... Betty... Julie...”. Tambaleando hurga en sus bolsillos, examina el manojo de llaves una a una con tal atención que al llegar arriba y abrirse la puerta del ascensor tarda un rato en reaccionar, por lo que ésta comienza a cerrarse y alcanza a darle un topón al salir. Avanza concentrado hasta su departamento. Elige una llave, que no logra hacer entrar en la cerradura. Y vuelta a probar otra y otra hasta que, por fin, la puerta se abre.
Entra en punta de pies a un lugar ahora vacío de otras vidas, silbando para sí mismo.
Olvidando cerrar la puerta, va directo a la cocina. Toma la botella de coñac y un vaso grande y vuelve a la sala. Con gestos pausados se sirve y bebe un trago largo. Al inclinarse para encender la lámpara de sobremesa se desequilibra y cae sentado al sofá, pero con hábiles brazos de malabarista —el izquierdo lleva la copa, el derecho la botella— encuentra las posiciones perfectas para lograr la caída sin derramar una gota de licor.
La altiva expresión de dignidad de su rostro, luego de esta proeza, la quisiera algún aspirante a tronos o imperios.
Coloca botella y vaso sobre la mesa, enciende la luz y descansa la cabeza sobre el respaldo por unos minutos. Selecciona de la repisa, bajo el tocadiscos, un sobre maltratado; extrae el disco y lo coloca en el plato.
Al levantar el brazo mecánico, el sistema empieza a funcionar.
La aguja cae en el surco y el lugar se llena de Beethoven.
Hay dolor en los ojos de Van Root cuando se sumerge en el piano, el cello y el violín que lo reclaman: vienen de la entraña de la desolación.
Mientras Pedro Arraiz caminaba hacia el poniente por la calle Catedral había anochecido inadvertidamente.
Las viejas casonas se volvieron de color negro y sepia, contra el rojo translúcido y poderoso que dominaba el cielo.
En la gran sala de paredes pintadas a la cal, unas quince o veinte personas, en su mayoría universitarios, esperaban al conferencista en pequeños grupos. Otros, sentados en las rústicas sillas, revisaban apuntes. En la puerta dos mujeres jóvenes miraban por la galería de ladrillo hacia la entrada, a la expectativa.
—¡Ahí viene! —dijo la más alta y tomó aire, apretando nerviosa la mano de la otra—. ¡El cura Arraiz! ¡Me enloquece con su mirada atormentada!
—¡Cállate, loca! —exclamó su amiga a media voz—. ¡Te va a descubrir!
—Sueño con eso. Que me descubra y poder confirmarle: ¡Sí, te amo, Pedro Arraiz! Te amo con locura —y levantó intencionalmente la voz cuando el sacerdote pasó junto a ellas. Mirándolo con ternura en los ojos, le habló:
—¡Hola, Pedro! ¿Te puedo ayudar en algo?
Él asintió con un gesto frío aunque acogedor.
—Si quieres, enciende las luces de la sala y consígueme un vaso de agua, por favor —y caminó concentrado hacia la mesa. Saludó con un gesto abriendo el portadocumentos. Se encendieron las ampolletas que colgaban desnudas del alto techo, produciendo una luz amarillenta y lúgubre que envolvió a los asistentes.
“Una reunión de catecúmenos. Una comunidad de perseguidos. Burlando toda vigilancia, se reúnen a escuchar la buena nueva”, pensó Arraiz. “Y el apóstol ya no cree en el mensaje... ‘La influencia ideológica de los medios de comunicación social bajo la dictadura.’” Y se tensó su rostro, profundizando las líneas de dolor que desde hacía muchos años se habían hecho permanentes en sus mejillas. “Estoy poniendo en peligro a estas personas para hablarles sólo de huevadas, vanidades, entelequias.”
La niña alta volvió con el vaso de agua, sacándolo de su cavilación. Ella le sonrió con una mezcla de timidez y desenfado al dejar con mano temblorosa el vaso sobre la mesa. Lo miraba con una expresión que él interpretó como admirativa y que resultaba suficiente para arrasar con cualquier vestigio de autoestimación que pudiera quedarle.
—Gracias —dijo en un murmullo, y respiró profundamente para acopiar el valor que requería el acto de iniciar un discurso de cuya inutilidad hacía mucho tiempo estaba más que convencido—: ¡Buenas tardes! Vamos a empezar nuestro trabajo.
La exposición fluía lúcida, consistente, desplegando un cuadro de implacable lógica y realidad, dejando en evidencia las ideas fuerza que atravesaban las páginas del diario en análisis —desde sus titulares hasta la crónica deportiva—, buscando legitimar la dictadura, pero tratando también de conducirla.
La mujer alta se volvió hacia su amiga y le dijo al oído:
—¡Es brillante! ¡Me emocionan sus palabras! —y continuó en tono de queja —: ¡No puedo evitar calentarme con él, te lo juro! ¡Sufre tanto, mi pobrecito amor!
Después de la charla un grupo de jóvenes rodeó a Arraiz haciendo comentarios, pidiéndole bibliografía. La mujer logró quedar a su derecha, casi rozándolo, y con dulce sonrisa escuchaba asintiendo, sin intervenir. Después de un rato él se despidió y salió de prisa. Ella lo siguió a distancia. No registraron que, a pocos metros de la puerta, había un Opala gris detenido, desde el cual fotografiaban con discreción a la concurrencia.
Apuró el paso para no perderlo. “Va a tomar micro a la calle Compañía”, pensó. “Y yo me voy a pegar con goma de ti, mi Pedro...”
El auto se puso en marcha y comenzó a seguirlos. Al atravesar Huérfanos ella notó la amenazante presencia del vehículo: “¡Van tras él!”, concluyó, y apuró el paso con el corazón agitado.
Al llegar a Compañía, Pedro se detuvo. Hizo parar una micro El Golf. Ella se coló y subió antes.
—Te venían siguiendo —le susurró al oído.
—¿Qué? ¿Quién? —preguntó él, doblemente sorprendido.
—Ese auto... Debe ser la DINA —y le mostró el Opala, que esperaba en el cruce.
—¡Mmmm! Resulta cara conocida —dijo con humor, más nervioso con el encuentro que por el eventual peligro. El bus a esa hora iba casi vacío.
Ella se instaló en un asiento junto a la ventana; Pedro, a su lado, se sentó cuidadosamente lejos.
“No resisto”, pensaba ella, e hizo un leve giro, como para arreglarse el pelo sobre los hombros. Él sintió contra su muslo la tibieza firme del de ella. Dio una rápida mirada y en la penumbra observó que la pierna enfundada en mezclilla había anulado la distancia. El antebrazo de la joven se había introducido bajo el suyo; su seno rozaba con suavidad su propio brazo; el tibio perfume de su pelo lo aturdía. Se volvió hacia ella, turbado, y vio una dulcísima sonrisa de labios entreabiertos; en los ojos una mirada húmeda, directa y confiada. Sin atinar a la siguiente escena, dijo cualquier cosa, respondió a la última frase emitida por ella.
—La DINA ya no existe —y se dio vuelta para mirar por el vidrio trasero: el Opala avanzaba detrás del microbús; él, por su parte, creía haber logrado burlar el contacto físico con el cambio de postura.
—Bueno, el nombre ése ya no existe, ahora se llaman CNI. ¡Y te seguían! —dijo ella y abrió la cartera, cambiando de nuevo su posición. Pedro no supo cómo, pero al volver a acomodarse en el asiento, otra vez todo su cuerpo había quedado en íntimo contacto con el de ella; y esto no era un furtivo tocamiento impúdico, sin compromiso y tácitamente no existente. Su cuerpo célibe respondía enloquecido, llevándolo, en un segundo, literalmente al borde del orgasmo, mientras su pensamiento recorría todos los valores, las opciones, los deberes autoimpuestos, su pérdida de sentido, el vacío moral de su vida, la soledad del personaje que representaba —como un actor sensible que también fuera de escena continúa arrastrando su papel—, la inadvertida manera en que había sido llevado a la encrucijada evitada cuidadosamente durante años. Sentía su situación como eso que en lenguaje de toros se llama “la hora de la verdad”; convocado a una epopeya, a un drama que sólo puede vivirse con coraje, con el corazón latiendo a toda máquina, con la vida fluyendo de tal forma frente a la muerte posible, que se nubla sabiamente la razón y es sólo el instinto el que puede llevar la espada hacia el punto exacto que inclina la balanza de Thanatos.
Levantó la vista cuando una sombra se detuvo frente a él. Y se sintió muy antiguo, casi eterno, al encontrarse sus ojos con los de una anciana de pañuelo rojo atado en la frente y larga pollera colorida. Su alma reconoció, tras la apariencia, al ser, y fluyó entre ambos una sonrisa de profunda tristeza que remontaba los tiempos más allá del recuerdo.
—¡Tu Cristo también te hace doler! —dijo la gitana, y se hundió en la sombra del pasillo.
Pedro debió contenerse para no romper en sollozos. La joven a su lado, apretada contra él, lo observaba con la misma expresión de confiada entrega.
—¿Qué te dijo? —preguntó con extrañeza—. ¡Qué cosas ocurren cerca de ti! —concluyó, y lo miró intensamente. El dolor marcado ahora en el rostro del hombre lo interpretó como preocupación por el seguimiento de los agentes—. ¿Te inquietan los CNI?
Él la miró sin responder. De pronto se levantó y corrió a la puerta.
Aprovechando la detención del bus, bajó. Estaba en la esquina de Providencia con Miguel Claro, frente a las Torres de Tajamar.
Inconscientemente miró hacia la ventana del departamento de Francisco van Root, mientras trataba de disipar la dulce sensación en el bajo vientre y recuperar la cordura. Volvió la cabeza. La joven estaba junto a él.
Unos metros calle abajo el Opala se había detenido con el motor en marcha.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Pedro con desesperación—. ¿Por qué me sigues? ¿Acaso eres una de ellos? —e indicó hacia el auto.
—¡Cómo se te ocurre! —exclamó, y se estremeció al percatarse de la presencia del vehículo—. ¡He estado en todas tus charlas! A las primera fui por el tema. A las otras... ¡No sé qué me pasa! Hoy día seguí un impulso al irme detrás tuyo. Cuando me di cuenta de que te espiaban, creo que, buscando ayudarte, me subí contigo a la micro. Y aquí estoy ahora —terminó, casi llorando.
—¡Bueno! Vamos a salir juntos en todas las fotos que esos tipos estarán tomando —y caminó, atravesando la calle, hacia el oriente. Cuando verificó que la joven seguía a su lado, continuó—: Soy un sacerdote. Ellos les tienen muchas ganas a los curas; pero, en alguna medida, estamos protegidos por la posición y el prestigio de la Iglesia. Yo ni siquiera participo en la Vicaría de la Solidaridad. Mi militancia es sólo intelectual: dictar charlas como las que conoces es mi excusa. Es seguro que no corro ningún peligro. Las fotos de ahora podrán servir para la carpeta de chantajes y tampoco dirán mucho: el cura Arraiz con su amante, una estudiante joven, paseándose por Providencia.
—No soy una estudiante. Soy socióloga hace seis años. Trabajo en un organismo de la OEA.
—¡Entiende! Respecto a esos criminales, la situación, para ti, es más peligrosa que para mí. Te ficharán y te expones a que, eventualmente, puedan molestarte... hasta cualquier grado. Te sugiero que lo pienses un poco y desaparezcas por esta calle.
—¡Olvídalo! Demasiado me costó armarme de valor para acercarme a ti. ¡Quiero completar esta Gestalt!
Él la miró entonces con fijeza. Había también súplica en su expresión.
—¡Por favor, déjame solo! ¡No puedes imaginarte la confusión que agregas a la que ya sufro desde hace largos años! —y fue él quien dobló por Miguel Claro hacia el sur, apurando el paso. Ella lo siguió. Sintieron un motor acelerando; el Opala se detuvo en el cruce con chirridos de frenos. Tal vez los agentes deliberaban si meterse, o no, tras ellos, contra el tránsito. Por fin el automóvil emprendió la marcha a toda velocidad y se perdió por Providencia hacia el oriente.
Los hermosos árboles de la avenida pusieron marco de otoño a las dos siluetas que caminaban en silencio. Cabizbajo el hombre; alta, hermosa y resuelta la mujer.
Pedro se detuvo y se dejó caer en el banco de la plazoleta, frente a una enorme casona de principios de siglo. Guardó silencio. Profundas arrugas se dibujaban en su frente y asomaban, como correas, los músculos del rostro junto a su boca que se abría y cerraba sin articular palabra.
De pronto rompió en sollozos.
Como si conociera de antemano el guión, la joven le tomó la cabeza y la acomodó con ternura sobre su pecho.
Él se dejó ir: entre el dolor gangrenado en el corazón y el sentimiento de dignidad por lo logrado, por lo que es la circunstancia, por lo que se representa, por lo que debe ser, eligió escuchar lo primero y se abandonó. Enfrentado con la vida, no atinaba a llamarla tentación. Se daba cuenta de que esos pechos tibios en que apoyaba la mejilla —con su punta endurecida que anhelaba lamer— eran también accidente de la ternura que recibía; que el aliento que sentía en su cuello era humanidad; que el abrazo que rodeaba sus hombros era también el de su Mama Eva —su aya mapuche escondiendo un ratoncito entre las manos—, única fuente de afecto físico en su vida, sepultada allá lejos en el tiempo de su alma, debajo de infinitas soledades.
Felipe Heller ha dejado pasar mucho tiempo antes de decidirse a subir al departamento de Van Root, luchando con la ambivalencia de ser necesario y saberse mal recibido.
La puerta está abierta. Desde el interior le llega, en un aluvión, el último compás, a orquesta completa, del allegro del Triple concierto y ahora Beethoven convoca a la tristeza en el Largo de violín.
Francisco está semirrecostado en el sofá del living; a su lado, la botella de coñac abierta, y en su mano un vaso grande, casi vacío.
—¡Se pegó un balazo en la boca! —modula apenas el Doktor, con voz estropajosa, al ver a Felipe.
—¿Qué? ¿Quién?
—¡No pudo asumir! ¡No fue capaz! ¿Entiendes tú? ¡No somos capaces!
—¿De qué hablas?
—Se metió el revólver en la boca y ¡pum! La familia dice que fue un infarto al corazón, pero no ocurrió eso... Él perdió su mascota... Su ratoncito... Se quedó absolutamente solo, para siempre, a los cinco años.
—¿Qué revólver..., qué infarto? No entiendo nada.
—Mi amigo Pedro Arraiz. ¿Comprendes tú? El padre Arraiz. Mi amigo el cura. Se dio un balazo. ¡No fue capaz! El entierro es mañana; por si quieres ir —y baja la cabeza—: Me acaba de informar un amigo. En la Hostería.
—Pero, ¿cómo? ¿Se mató Arraiz?
—Sin amor... la vida no se llama vida. Sin amar no hay salvación.
Felipe recuerda el encuentro fortuito con Arraiz, hace un año, de vuelta de alguna celebración ya borrada, una fiesta que había durado la noche entera y la mitad del día siguiente: son más de las doce, pasado meridiano, y todo va mal; tal como amaneció hace ya tanto rato y de mala manera.
Ha tomado la escena desde el alba una masa de nubes mediocres y grises. El sol, por hoy día, se borró. No atinó a expresarse.
La vida a saltos y dolores baja por Vitacura. El gris se hace materia en la neblina que lo envuelve todo. Ya no se divisa cerro alguno; ni el San Luis que hasta ayer era tan próximo, ni el San Cristóbal que siempre, aquí, estaba a la derecha. Por la ventana del fondo también se echa de menos el Manquehue.
La micro se bambolea dentro de la nube. Atestada de personas tan diversas como la hora, cargada y petrolífica, agrega su humo grueso al aire húmedo.
Felipe Heller mira los rostros de los pasajeros. Apoya la frente contra el vidrio y la vibración anestesia el dolor de cabeza. Logra olvidar por breves momentos a su hígado, que se resiste a continuar procesando el alcohol de la noche pasada.
En Tajamar surge de la neblina una figura delgada. Antes de dormirse, Felipe lo percibe como un náufrago obsesionado que dando un salto se suma a la compaña, rígidos los músculos no entrenados, y, luego del pago del boleto, se mueve con tensa agilidad por el pasillo hacia adentro. Fino, delicado, en un plan odiado y amado a la vez, la bufanda tapando el cuello consagrado, de plástico —¿o baquelita?— los anteojos húmedos de niebla y contradicción, como la frente. Su figura de asceta se perfila desde el occidente hacia el norte y todo calza. Pero al sur... baila danzas orientales con el maya de la señora Randiness que se dirige electrificada al centro. Desde el más erótico núcleo las locuras del tiempo y el espacio, una pequeña omisión a los mandatos del Libro de las Verdades Verdaderas que prohíbe y no permite. Al pasar por la Iglesia San Ramón ambos se persignan en un gesto rápido y, en su caso, no automático sino, al contrario, lleno de dolor y de futuras contriciones.
Su mirada de radar pone de pronto a Felipe en la pantalla y todo se hace prohibido en esta línea de la cancha. Organiza minuciosamente la huida y la actitud, pero todo resulta demasiado lleno de energía.
Felipe, entretanto, se resuelve al contacto y, pese a la náusea que le produce el hígado tamboreando contra su estómago, puede más la gentileza de los Sagrados Corazones:
—¡Padre Arraiz! —lo llama—. ¿Quiere sentarse?
—¡No! ¡No! ¡No!. ¿Ah..., tú? —lo reconoce—. ¡Si voy muy cerca! —se desplaza con precisión entre la pequeña multitud hacia la puerta de atrás, dejando sorprendido a Felipe, con su hígado cansado y ya casi inexistente.
Herido por la vida, Felipe apoya su cabeza contra el vidrio desde la calle Suecia hasta la muerte.
Te comprendo, hermano desterrado, experimentando aquí en el Infierno —llamado el universo material— todo el amor del Ser y el vicio natural de la materia. El temor y el dolor, la inconsciencia, la gratuidad del acto, la repetición compulsiva. Junto a ello la sublime expresión que nace del soplo original; el Santo Afirmar de Dios mismo en su infinita curiosidad, mi querido Pedro Arraiz, hombre bueno, generoso y dolido.
A dónde va, veloz y fatigada, la golondrina que de aquí se fue...
Buscando asilo y sin poder hallar.
Y el violín intenta la perfecta expresión, hasta que, agotado, recibe del piano agua y luz...
Veloz y fatigada... golondrina que no puedes volver...
Sólo están allí Francisco y Felipe, cada uno en un sillón, con los ojos cerrados. Pero, en la atmósfera, Beethoven y Von Karajan físicamente convocados por el piano, el violín y el cello, también están incorporados a la escena.
Y en las notas que emite el cello, doloroso y ausente, puede percibirse, como tercero en este triple encuentro, al cura Arraiz...
Y todos los cellos y la orquesta entera vuelven a perderse. El violín repite lo que sabe, preguntando: ¿no sé?, ¿no sé?
Recurre al oficio. Recapitula, resume su vida... ¡No sé! ¡No sé! ¿Y para qué?
La orquesta entonces se hace grande y completa... Trabaja en el tema central nutriendo a las cuerdas para que ellas resuelvan la situación... El violín se va a la alegría en la que no ha creído, hasta ahora, nunca. Trae ángeles cesantes que por aquí pasaban y que se integran a la lucidez, dando al piano poder y plenitud... Sensibilidad le dan casi en exceso; porque ahora la orquesta, tomando fuerza de la debilidad —y abusando del circunstancial aliado— con poderoso sonido envuelve, entre luces y brillos, el dolor y la pregunta... Los convierte en respuesta indesmentible y suficiente. El piano, desalentado, abandona. Presionado al extremo, antes de sucumbir, después de romper la armonía, profetiza al violín que ahí viene, de nuevo, con su pregunta:
—¡¿A dónde va, veloz y fatigada, la golondrina que de aquí se fue?!
Y el propio piano apoya —con su fuerza de predilecto y la debilidad del colaboracionista— al pájaro violín que nunca afina en forma perfecta, y que, con lágrimas en los ojos, pese a la tentación de negar que propone el piano, hace su denuncia: La vida es potente: el apetito de alcohol es sólo una forma del metabolismo: todos los vicios y virtudes son de Dios y de la Vida si se asumen. Sólo así dejan de existir. Pierden el sentido y el nombre; y piano, violín y cello se funden con la intención de Von Karajan y orquesta que también son la múltiple humanidad.
Te amo, Padrecito, por tu arte de mirar a los ojos la epilepsia y la esquizofrenia y hacerte uno y solidario con el psicópata y el maníaco. Amo tu humanidad de no mirar con desprecio al pendejo y satisfecho neurótico cuando ocurre que llega a tu mesa de bar y te pregunta por la triple vida, en tres coordenadas —en la que el tiempo es un parámetro para nosotros, tricerebrados manejados por el Bulbo, el Cerebelo y el Cerebro, Alma, Corazón y Vida, Santísima Trinidad, en que nuestra máxima intuición de Dios es el dibujo del triángulo: Largo, Ancho y Alto.
El Santo Dar ha fluido en ti, Padrecito, como expresión gratuita del Ser, y el honesto Devolver, como hijo consciente del talento y del dolor.
Y los párpados cerrados de Felipe no impiden que corran lágrimas por sus mejillas. Ahora él es el pájaro violín. Su vibración se une a la del cello —la del propio Arraiz— que, sin comprender aún la realidad de la música que lo incluye, atraviesa la noche, saliendo y entrando por la ventana abierta, jugando —con la alegría triste de los niños dotados— con el ratoncito, su mascota de infancia.
Hacía mucho frío en la mañana cuando la campana comenzó a llamar. Felipe se despertó con dificultad y tuvo consciencia de que había saltado de la cama, automáticamente, hacía largos segundos. Llamó a Jesús mientras estiraba su blanca camisa de dormir y descubría allá lejos sus pies descabelladamente reales, las uñas de esos dedos sin nombres —porque viven en zapatos— se presentaban cristalinas, materiales, sobre el choapino monacal, y la atmósfera completa de la pieza se le mostraba absurda y oprimente. Llamó otra vez y, al repetir la fórmula, entendió con lúcida claridad que Jesús no estaba dispuesto a asumir por él. El gigantesco amor de Cristo inundaba el lugar llamándolo a terreno. Y el absurdo de los pies se extendió a la rabia del cuerpo y del Ser escondido en alguna parte de su total presencia de seminarista bueno y dedicado.
Al medio de esta batalla de usurpaciones, su persona diaria y conocida tenía lagañas en los ojos y aburrimiento anticipado por la repetida arenga del padre Karaki cuando desayunaran todos juntos. El silencio precioso del cura Ojeda lo llenaría nuevamente de vergüenza; el humor inteligente y generoso del Flaco le volvería a demostrar —aunque él guardara silencio en la otra punta de la mesa— que le quedaba grande o absurda —o no tenía motivación para ese salto—, toda su ilusión sacerdotal, que en su diario testimonio no podría jamás decir: “Contento, Señor, contento.”
Tomó su toalla y el cepillo de dientes y corrió hacia el baño.
El agua fría terminó de despertarlo pero no logró borrar el sentimiento de incongruencia. “Señor Dios mío”, dijo con los ojos llenos de lágrimas y el corazón aterrorizado, “¡dame una luz! ¡Indícame el camino!” Y en vez de recibir un llamado al redil sintió el grito salvaje de su íntima persona. Tomado del codo por el mismo Jesús debería correr hacia la calle, escapando de una prisión autoimpuesta. “¡Oh! ¡Jesús mío! Cuídame y protégeme. No me dejes vacilar. ¡Que no me tiente el Demonio de la deserción!”, y junto con pronunciar sus peticiones, la maldita cabeza trabajaba en contra, ridiculizándolo. “Esto es histeria”, decía una voz, bajito, cuando cayó de rodillas en la ducha.
Con los ojos enrojecidos, Felipe Heller entró al comedor y se instaló en un rincón, apartado del resto, a tomar desayuno. Los demás conversaban alegremente. Sintió varias veces la mirada inquisitiva del cura Karaki, pero no levantó la vista de su taza. Sólo se encontraron sus ojos, una vez, con los del Flaco, y vio cariño solidario. Cuando se levantaron de la mesa se acercó dubitativo a él, sin saber con claridad lo que quería plantearle. Ya acomodaba su paso al del otro cuando Karaki, alcanzándolos, lo tomó fuerte por el brazo.
—¡Felipe, quiero hablar contigo... ahora! —le dijo con amistosa autoridad, y lo hizo detenerse mientras el Flaco, sin haber notado nada, continuaba caminando raudo hasta la escala.
—¿Qué pasa, padre? —preguntó fastidiado.
—Es lo que yo deseo saber —retrucó Karaki poniendo la cabeza junto a la suya—. ¿Qué pasa contigo que has estado llorando? No me lo niegues. Lo noté desde que entraste al comedor. Mi corazón y mi ojo no suelen equivocarse. Vamos a mi pieza para conversar —y pasándole el brazo por los hombros, paternalmente, lo llevó, consciente de las pocas ganas del joven de tener ese coloquio.
—Entra. Toma asiento.
Antes de sentarse se persignó y bajó la cabeza en profunda y breve meditación. De inmediato levantó el rostro y apuró la causa con rápidos movimientos.
—¡Siéntate, siéntate. Y bien... Felipe, ¿qué pasa contigo?
—No sé qué quieres saber.
—Te he observado estos últimos días: en la mesa, en los ejercicios, en la capilla... ¡En fin! Noto que estás con el alma en otra parte. Cumpliendo formalmente, pero sin fuerza, sin enjundia... como si tu fe tambaleara. Tibio. ¿Me disculpas la franqueza? ¿Estoy equivocado? Te hablo como tu director espiritual. ¿Hay algo en lo que yo pueda ayudarte?
—¡Creo que no soy para esto! ¡Me equivoqué! Es todo.
—¡Ja, ja, ja! —rió Karaki con verdadera alegría—. ¡Estás pasando la prueba de la vocación! ¡Yo tuve esa duda mil veces! La suelo tener todavía. ¡Pero ya sé que es un espejismo! Mira, recurre a María. Rézale con humildad de hijito, ofrécele tu duda —sus ojos se llenaron de lágrimas—. Pídele a María que te abrevie la prueba —hizo una gran pausa; con los brazos extendidos hacia el cielo respiraba por boca y nariz al mismo tiempo. Sus labios temblaron hasta que conjuró el sentimiento bajando los brazos: quedó crucificado un momento. Las manos, de paso en la posición, se desclavaron para caer con fuerza sobre el pecho—: ¡Son espejismos! ¡Tu vocación está ahí! ¡Tienes que recurrir más a la oración!
—¡No tengo nada! ¡No soy capaz! ¡No quiero esta vida! —y su grito brotó poderoso, primario, poblado de imágenes. Cuando el humor se mezcló en la interpretación de la escena percibió, en todas las tonalidades y timbres, los extremos del absurdo y lo sublime. No pudiendo negar su participación en la absoluta vida que se mostraba ahora, vio romperse su personalidad en miles de pedazos como luces y destinos. Su cuerpo expresó el dolor prisionero en sollozos entrecortados. De un salto salió de la habitación dejando confuso a Karaki. Corriendo por el pasillo de baldosas blancas no vio aparecer al Flaco desde la escalera y chocó contra él.
—¿Qué pasa, hombre? —dijo éste sorprendido, agarrándolo.
—¡No quiero más! ¡No quiero ser cura! —dijo Felipe con un solo aliento, y su llanto brotó, limpiándole el alma.
—Ya lo creo —dijo el Flaco—. ¿Y qué te impide retirarte?
—¡Pero cómo lo ayudas a abandonar! —gritó Karaki acercándose a paso rápido—. ¡Si sólo está viviendo una crisis de vocación!
—¡No lo veo así! —dijo el Flaco con propiedad—. ¡Discúlpame, pero él no es para esto! Se equivocó. Está asumiendo su error con oportunidad y valentía.
—¡Pobre ayuda la que crees darle! Lo estás afirmando en la duda. ¡Será un gran sacerdote!
—¡Un cura a salto y pedo! —dijo el Flaco, y abrazó con amor a Felipe. Éste comenzó a reír de manera incontenible, poderosa, libre, convirtiéndose su risa en una oración sin palabras en la que los tres participaron; junto al propio Jesús, sin duda, ya que en su nombre estaban reunidos.
El departamento —con la puerta abierta— está completamente desordenado, llenas las mesas y muebles de discos, carátulas y libros, muchos de ellos abiertos. En la cocina una ruma de platos y un sartén pegoteado de crema ennegrecida y fritura de bistec a la pimienta que Francisco se ha preparado de tarde en tarde, como único alimento, durante el último mes. Sobre el velador una botella abierta de coñac. En el suelo, tiradas, otras dos ya vacías. Él, casi inconsciente, recostado en la cama con un vaso en la mano.
El ruido del ascensor y unos pasos firmes por el pasillo anuncian a Militza, quien entra mostrando más desprecio que molestia por el abandono que reina. Luego de recorrer impaciente el lugar, con asco, ignorando absolutamente a su esposo, hace desaparecer el desorden, metiendo libros, discos y carátulas en el mueble escritorio y cerrando la tapa; ollas, platos, sartén y vasos quedan dentro del horno, en la cocina. Con la aspiradora y un paño aplicados velozmente deja el departamento convertido en pulcro escenario. Cierra de un golpe la puerta del dormitorio y después de hacer lo mismo con la de entrada se sienta nerviosa en el sofá.
A los pocos minutos suena el timbre. Abre la puerta sonriendo a un señor de edad mediana, atildado y gomoso.
—Lo estábamos esperando —dice con simpatía—. Mi marido se siente mal, usted sabe que está enfermito, ¿no? Pero yo me encargaré de mostrarle el departamento.
Sin más diálogo lo lleva a recorrer las habitaciones. Al llegar al dormitorio principal se disculpa:
—Le ruego que no entremos; por lo que le expliqué antes prefiero que no molestemos a mi enfermo. ¿Se ha hecho una idea cabal del departamento? ¡Al precio que estamos pidiendo, es una oportunidad! —hace un gesto de resignación—. Necesitamos venderlo rápido. ¡Un enfermo es muy caro! —su furiosa ironía hace más convincente el discurso.
—¡No se preocupe! ¡Por mi parte, estoy decidido! ¿Cuándo podemos juntarnos en la notaría? ¿No tendrá problemas su marido para ir a firmar?
—Yo firmaré por él. Tengo un poder amplio para representarlo. Soy su abogada también.
—Dentro de cinco días, cuando yo termine el estudio de los títulos...
—¡Perfecto! Pero antes, ¿recuerda que la entrega será en tres meses más? ¿Está de acuerdo?
—No hay problema.
Despedida en el salto al abismo del Ave Fénix.
Te amo, Bárbara, mi niña —única hija, tan amada—, querida con tanto cuidado, con la delicadeza máxima del saber de la tribu. Bendita y liberada.
Puse rumbo al horizonte y por nada me detuve,
ansioso por llegar donde las olas salpican las nubes.
Y brindar en primera fila junto al sol resucitado.
Sentarme en la barandilla y ver qué hay del otro lado.
Y cuanto más voy pa’ allá, más lejos queda,
cuanto más de prisa voy, más lejos se va. (1)
Múltiplemente talentoso, casi un loco, apenas aquí, en el borde, en esta orilla de la playa medida por el sol que se puso sobre Recoleta, hace poco, y venía de color oro entre las nubes, como una gran pelota.
¿Sabes, Bárbara, que el sol, aquí en Santiago, en el puente Pío Nono, los dieciocho de agosto, a las dieciocho y cuarto ya pasadas, cae como un plato enorme haciendo evidente la ecuación canónica del centro geométrico del río?
Hicimos la experiencia un dieciocho de agosto. Y vimos que era cierto y bueno. Que el sol se ocultó a la hora exacta sobre el eje de ese río que llevó tantos muertos en la primavera del 73, y que, no obstante, en esta fecha, recibe al propio Espíritu Crístico del sol de una manera que —si la matemática fuera, más que ciencia, sólo estética— nadie que lo viera dejaría de enunciar la ecuación perfecta.
¿Sabes que hay que hacer un esfuerzo de mucho dolor para quedarse un rato más?
Estamos aquí, listos para irnos al más leve llamado...
Bebiendo la vida de un trago.
Y volveré a empezar...
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(1) “Horizonte”. Joan Manuel Serrat
Militza sube al auto y se deja caer en el asiento. Dobla el cuerpo hacia adelante golpeando la cabeza contra la consola y con el rostro entre las manos estalla en sollozos.
—¿Qué pasó? —Diego, solícito, suelta el volante para tomarla por los hombros.
Ella no responde y continúa estremeciéndose.
—¿Fue muy difícil? —insiste él—. ¿Te trató mal?
—¡No puedes imaginarte lo que me ha hecho tu tío!
—¿Estuvo violento? ¿Nos acusa de algo?
—¡Peor aún! —y refriega su rostro con insistente violencia—. ¡No quiero hablar más de esto! —y echa la cabeza hacia atrás pasándose las manos por los ojos para secar las lágrimas. Luego toma su cabello desde la nuca, en un acto completo de negación del dolor—. ¡Vamos! ¡Quiero irme de este lugar lo antes posible! ¡Quiero ya estar en España! ¡Diluir allá este pasado! Ser libres y nuevos... jóvenes.
—¿De verdad te atreves a partir?
—¡Yo ya estoy allá! —Militza vuelve hacia él un rostro pálido, hermoso, decidido. Sus ojos azules brillan, con las pupilas dilatadas.
—¿Cómo está él? —insiste Diego, preocupado.
—¡Vamos no más! —corta Militza—. Tenemos muchas cosas por hacer todavía. Hay que ir a la embajada. Empezar con lo de los pasaportes. ¿Te parece?
—¿Cómo vamos a financiar todo esto? —Diego hace partir el motor—. Ni tú ni yo tenemos ahorros.
—Me dio este auto. Voy a venderlo. Algo más conseguí. En dos semanas tendré unos buenos pesos en la mano.
—¿Y de dónde va a sacar dinero el Doktor, si todo lo que gana se le va en mantener su pasado? Por lo menos la Ida Müller era rica. Pero así y todo, no creo que puedas hacerte muchas ilusiones. Las pensiones de Constanza, de Esperanza..., de su hija Bárbara... lo tienen siempre al tres y al cuatro. Sus únicos bienes son el departamento y el auto.
—Ya verás —afirma Militza, secándose una lágrima.
Canción del Ave Fénix.
Nuestra vida juntos... es tan preciosa. Hemos crecido... Aunque nuestro amor es especial... dejémosnos tomar la chance de volar a algún lado, solos. Juguemos una chance de partir... (1)
Haciendo mi vida solo —de esa única manera existimos—, tomé mi opción para volar. Siempre demasiado pronto. Y cuando vi dentro de mí al propio Ser, no pude más que amar. Sólo así se comprende ésta mi porfía de volver a empezar. Partiendo de nuevo.
Amada, supón que me voy lejos,
tan lejos, que olvidaré mi nombre.
Amada, quizás soy otro hombre
más alto y menos viejo
que espera por sí mismo,
allá lejos, allá trepando el dulce abismo.
Amada, supón que no hay remedio.
Remedio es todo lo que intento.
Amada, toma este pensamiento,
colócalo en el centro
de todo el egoísmo
y ve que no hay
ausencia para el dulce abismo.
Amada, supón que en el olvido
la noche me deja prisionero.
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(1) Starting Over, John Lennon.
Amada, habrá un lucero nuevo
que no estará vencido,
de luz y de optimismo,
y habrá un sin fin
latente bajo el dulce abismo.
Amada, la claridad me cerca.
Yo parto, tú guardarás el huerto.
Amada, regresaré despierto
otra mañana terca de música y lirismo.
Regresaré del sol que alumbra el dulce abismo. (1)
Y volveré a empezar...
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(1) El dulce abismo, Silvio Rodríguez.
El mocito de la botillería sale alegre del ascensor. Su carga de coñac suena cantarina en la bolsa que lleva a la espalda. El cometido semanal de aprovisionar al doctor le resulta grato. En este hombre —que lo único que parece hacer es escuchar música a todo volumen y beber coñac, y que habla con palabras que apenas se entienden— encuentra la remota imagen del padre que no tuvo, del hombre rudo y temible, aquí derrotado y listo para ser observado en íntima cercanía. Le emocionan sus palabras casi inentendibles que, cuando las decodifica, le producen un raro alivio, le hacen fluir el contento por todo el cuerpo.
“Ya, pues, doctor Van Root, cuídese”, le dijo, cariñoso, la semana anterior, al despedirse. “¡No tome tanto, pues!”
“Yo... ya no, ya. No obstante, aún más, todavía ¡Renaceré! Y como el Ave Fénix, volveré a empezar”, respondió muy lento, con picardía en los ojitos semicerrados, llevando ambas manos tras su cabeza, hacia el pasado. “¡Deja abierto cuando salgas, mijito!”, moduló apenas Francisco, en una instrucción que el joven demoró en traducir. Y dejó la puerta abierta.
Por eso ahora le extraña ver que está cerrado. Toca el timbre con la mano libre y espera. Insiste hasta que —entre la música de boleros que suena adentro— distingue el ruido como de alguien que se arrastrara por el suelo. La puerta se abre y, junto a una interjección, se cierra para volver a abrirse de inmediato. Ve, a través de la rendija, el chaleco de alpaca, arrugado y lleno de tierra, sobre la camisa de finas líneas verticales y el pantalón de cotelé del doctor Van Root, en difícil equilibrio, antes de que se abra la puerta de un envión y sentir todo el peso del hombre aferrándose a él como un boxeador noqueado.
—Militza dejó cerrado —el muchacho debe interpretar la explicación que llega a sus narices con el olor de las palabras, mezcla de gas de hígado y coñac—. Pasa, mijo, tú eres de la casa —y el doctor se cuelga sin otro reflejo de sus hombros—. Llévame al dormitorio y deja abierto al salir. Déjame todo allá... me quedará más cerca. ¿Entiendes?
—Oiga, doctor, esto le hace mal. ¿No estará tomando mucho?
—¡Agua de las Carmelitas! —contesta Francisco—. Tengo un hígado de niño y cabeza de fierro. ¡Y por tu parte, en lugar de dar consejos, suelta un poquito el culo, mijito, no sea que te confundan con uno de los Quincheros! ¿Entiendes tú? ¿Comprendes tú? —dice Francisco picado, y se para frente a él sin desequilibrarse. Tomándolo con ambas manos por los hombros lo mira profundamente, con abstraída fijeza, observando concentrado el fenómeno, buscando entender causas y efectos—. ¡Lo tengo perfectamente claro! —dice al fin, sin quitarle los ojos de encima. El otro, nervioso, se escabulle, con lo que el doctor se derrumba, de espaldas en la cama, sin perder la actitud reflexiva.
—¡Este doctor! —exclama—. Las cosas raras que dice. Ya, pues. ¿Le dejo aquí mismo sus coñaquitos? —y comienza a poner las botellas sobre la cómoda.
—Deja abierto cuando te vayas —responde el médico tras un largo silencio.
—Está muy mal el doctor Van Root —le comenta después, con preocupación, a la dueña—. Puro tomar y oír música. ¡Se va a morir con tanto fuerte! ¡Y sin comer nada!
—Dicen que lo dejó la señora. Me contaba una vecina que doña Militza, la rubiecita, le vendió todo, hasta el departamento donde él vive. Se fue a Europa. Con el peladito ése, el que saca fotos... Con el mismito sobrino del doctor dicen que se fue.
—¿Y qué se podrá hacer por el pobrecito? Solo ahí, toma que toma. Ya está medio inconsciente. Se está matando no más el doctor Van Root. Sería bueno avisarle a algún familiar.
—Yo tenía por aquí el teléfono de la otra señora del doctor... Doña Ida, la señora alta. ¿Te acuerdas? La tía de don Felipe... el alemancito de los ojos azules. A ver, déjame buscar en el cuaderno.
—A lo mejor ella puede hacer algo... Pobre caballero.
Canción desde el dolor de Fénix.
Ven a mi vida con amor, que no pienso nunca en nadie más que en ti. Yo te lo juro por mi honor:
Te adoraré...
Cómo me falta tu querer, si un instante separado estoy de ti. Ven, te lo ruego por favor, esperándote estoy.
Sólo una vez platicamos tú y yo; y enamorados quedamos. Nunca creímos amarnos, al fin, con tanta sinceridad.
No tardes mucho, por favor, que la vida es de minutos nada más, y la esperanza de los dos es la sinceridad. (1)
Y volveré a empezar...
(1) Sinceridad, G. Pérez, cantada por Lucho Gatica
Desde aquí, desde este difícil equilibrio, desde mis fobias de núcleo paranoico, desde mi neurosis de carácter, desde mi enorme amor, observo todo y sonrío favorable.
Poco rato te quedaste, Padrecito van Root, y hacía falta que estuvieras. Eras demasiado más hermoso que nosotros, como para merecer un rato largo aquí, en el Infierno. El Santo Afirmar, el Santo Negar y el Santo Permitir los vimos claramente en tu hacer, como expresiones absolutas de maestría.
Si bien te debemos muchas consultas... Dime, ¿cuántos gin-con-gin me pagaste, que no llevé la cuenta? ¿Cuántos limítrofes te echaste al hombro, cuántos locos de la esquina, iluminados, genios a los que de pronto se nos arrugó el pavimento una mañana? ¿Cuántas consultas te debemos? ¿En qué moneda se evalúa mi difícil facilidad? ¿A cuántos talentosos —vecinos de la locura loca— ayudaste a asumir su propia alucinación, para rescatarse simples y conducentes? ¿Cuántos años, en que no supe que esos ejercicios socráticos por el Parque Forestal y la Hostería eran consultas, reclamé que no avanzaba?
¿Por qué no ponías precio material a este salvavidas que arrojabas?
¿Cómo puede sustentarse tu gremio si prodigas el talento y el conocimiento sin establecer un sistema de tarifas?
¿Cómo pudiste ser tan sospechoso, padre?
Entre nubes algunos rayos de sol caen sobre el pavimento húmedo, pero no son suficientes para que la alegría predomine en la atmósfera gris, que pone veladuras al paisaje.
Felipe me había llamado por teléfono:
—¡Benjamín! ¡Parece que el Doktor está muy mal! Acompáñanos a ver qué pasa. Le avisaron del Terzolo a mi tía Ida. ¡Te paso a buscar ahora! —y cortó.
Sara van Root, la hermana de Francisco, viene con nosotros. Está muy angustiada.
—¿Qué más te dijo esa mujer, Ida? —pregunta.
—Poco habló. Es la dueña de la botillería que provee a Francisco. Ella no lo ha visto tampoco. El niño del reparto la alertó de que iban muy mal las cosas y ella no le hizo caso hasta ayer, cuando él le dijo que parecía muerto, que casi no tenía pulso. Entonces se decidió a llamarme... deshaciéndose en disculpas, porque sabe que yo hace años ya no estoy con el “Doctor...” Pero es que no había datos de ningún pariente. Las hermanas de Militza tampoco fueron muy amables.
—No menciones a esa... tipa, por favor, ni a mi hijo Diego. ¡Lo que hicieron no tiene nombre! —sentencia Sara—. Francisco fue un verdadero... padre para él —y baja la cabeza, sonrojándose.
Felipe estaciona el auto y mira a las dos mujeres con una sonrisa desalentada.
—Bien, tía Ida, aquí estamos. Vamos a ver qué es lo que ocurre.
La puerta del departamento está abierta. En el lugar reina el desorden. Hay un silencio extraño, sólo roto por un leve roce proveniente del plato del tocadiscos que gira y gira. Felipe e Ida, germanas mentes prácticas, detectan el fenómeno y van a solucionarlo.
Sara corre adentro.
Cuando ambos están concentrados en el mecanismo y yo, desde el umbral en el que me apoyo, intento equilibrar todas mis contradicciones respecto a Van Root y a mi propia vida que ahora se proyecta, veloz, en una pantalla melancólica e incompleta, nos llega desde el dormitorio el grito desgarrado de Sara:
—¡Oh! ¡No! ¡Mi amor! Mi Francisco... ¡está muerto! —y mientras a nosotros se nos tambalean pilares y vigas de las precarias certezas, ella cambia el trato aristocrático y tutea al hermano por única vez en su vida—: ¿Por qué me dejas sola?
Felipe y su tía, esos hugonotes, se apresuran hacia el interior.
Encontramos a Sara van Root tirada encima de Francisco, abrazándolo.
—¡Mi amor..., mi vida..., no puede ser! —solloza, y lo remece con desesperación.
En el suelo, sobre los muebles, por todas partes, decenas de botellas vacías de coñac producen una extraña luminosidad.
Nos quedamos en la puerta sin saber qué hacer. Felipe tiene los ojos muy abiertos. Ida Müller se acerca a Sara y, con ternura, le pone la mano sobre el hombro.
—Espera un poco. No creo que haya muerto. Tengo experiencia con tu hermano. ¡Déjame a mí un poquito! —y cuando Sara se levanta, ella, en cuclillas, le toma el pulso al Doktor, al tiempo que pone su oído en el pecho, buscando los latidos. Su rostro concentrado nos preocupa aún más, pero de pronto se distiende en una sonrisa:
—El tontorrón... Está casi en coma, pero vive. Tiene muy lento el pulso. Hay que llevarlo de inmediato a la clínica —y, ante el asombro nuestro, inclina a Francisco sobre su hombro y se pone de pie en toda su larga estatura, llevándolo en brazos como a un muñeco.
—Déjanos ese trabajo a Benjamín y a mí, tía —protesta Felipe—. ¡No te vas a llevar al Doktor en brazos hasta el auto! Es tremendo gallo —y perentorio hacia mí—: ¡Tú, Benjamín, anda a llamar a una ambulancia!
—¡No es nada! Parece que no he perdido la costumbre de doce años, de cargarlo —dice Ida, y dulcemente, como si se tratara de una criatura, acaricia la cabeza de Francisco con la mano libre.
La queja antigua del Ave Fénix.
¿Y qué hiciste del amor que me juraste? ¿Y qué has hecho de los sueños que te di? ¿Y qué excusa puedes darme si fallaste y mataste la esperanza que hubo en mí?
Y qué ingrato es el destino que nos hiere y qué absurda es la razón de mi pasión y qué necio es este amor que no se muere y prefiere perdonarte tu traición.
Y pensar que en mi vida fuiste fuego y el caudal de mi gloria fuiste tú y llegué a quererte con el alma y hoy me mata de tristeza tu actitud.
¿Y a qué debo, dime entonces, tu abandono? ¿Y en qué ruta tu promesa se perdió?
Y si dices la verdad yo te perdono y te llevo en mi recuerdo junto a Dios. (1)
Y volveré a empezar.
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(1) “Y...” de Mario de Jesús
por Lucho Gatica
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