sábado, junio 23, 2007

El Doktor, en triple concierto (Novela) PRIMER MOVIMIENTO: ALLEGRO

EL DOKTOR,
EN TRIPLE CONCIERTO
NOVELA
J. F. PINEDO

® J. F. Pinedo Inscripción No 128.523 (2002)


















A los que nunca tuvieron un hijo.
A los que han perdido un hijo.
A los que nunca tuvieron un padre.





















PRIMER MOVIMIENTO
ALLEGRO

El ascensor del edificio más alto de las Torres de Tajamar se detuvo con un balanceo en el piso 18 y salió de él un hombre de mediana edad. Con paso rápido subió la escalinata hacia uno de los departamentos. Allí, en la semipenumbra producida por las cortinas que defendían del sol de media tarde, una pareja joven conversaba a media voz. El hombre, que llevaba una cotona blanca sobre la ropa de calle, abrió la puerta con extrema lentitud y se detuvo en el umbral.
—¡Soy absolutamente estéril! —anunció con expresión solemne.
De pie en el vestíbulo, con el delantal abierto y unos papeles en la mano derecha, se veía alto y fuerte.
Para Francisco van Root, médico psiquiatra ya cerca de los cincuenta años, la paternidad era impensable; más aún si su relación actual pasaba por el peor momento. Antes sí, mucho antes, deseó hijos y un amor para siempre. Cuando acari¬ciaba ideas de futuro: extremar su arte en la psiquiatría hasta hacerse capaz de llegar- extendidas las manos, dejándose ir como un buzo en el mar de la locura - al rescate de almas, hasta el fondo del abismo.
Sus tres matrimonios anteriores habían terminado en ruptura. El primero, hacía unos veinticinco años: él, enamorado con locura, quiso un hijo de Constanza Barcall, y ella se negó en forma terminante y sin desmayo durante los tres años que vivieron juntos. La batalla, casi diaria, desgastó primero la pasión, después lo que pudiera llamarse amor y finalmente agotó hasta la tolerancia, sin que nunca Constanza llegara siquiera a considerar la proposición. Bailarina clásica, alimentaba la ambición de llegar a ser primera bailarina del Ballet Nacional.
Cuando esta situación alcanzó el límite, Francisco trasladó sus libros a su consulta y se fue por unos meses a vivir en casa de su hermana menor, Sara, la madre de Diego Fernández, el mismo que ahora lo observa sentado en el sofá, junto a la mujer joven, con expresión atemorizada.
Con su segunda compañera, Esperanza Aguirre —una aristócrata alta, hermosa y fuerte, pariente lejana de la propia madre de Francisco —el matrimonio se inició de forma súbita y escandalosa: a puñetazos con el marido de ella, la misma tarde que la conoció en una reunión de artistas. Continuó en un corto y loco idilio, un pronto matrimonio y una hija adorada, Bárbara van Root. Golpes, pasión, celos, bohemia alcoholizante y culposa: todo se terminó al quinto año. La ceremonia de cierre fue la última y peor paliza propinada por ella. El resultado para Francisco: la nariz rota, varias costillas quebradas y el juramento de no volver a repetir esa forma de amar. “¿Pero qué quieres, si sólo me enamoro de locas?”, solía decir a modo de justificación.
Su tercera relación —con Ida Müller—, no formalizada en matrimonio por mutuo acuerdo, duró doce años. Se explica este período inusualmente prolongado, aparte del afecto y la amistad que ciertamente existían, porque mantuvieron la situación de puertas afuera, compartiendo espacios alternativamente, unos días en su departamento, otros en el de ella, otros en total independencia, lo que evitó gran parte de esa carga de rutinas, acomodos, omisiones y pérdida de respeto —doméstico, diario y creciente— en que suele convertirse el matrimonio. Por otro lado, ella era una pintora de cierto éxito, hija de alemanes, y estaba educada en parámetros y valores más amplios que los criollos. Ambas cosas la hacían tolerante, no posesiva, con una vida propia en la que Francisco ocupaba un lugar importante pero estaba lejos de ser el argumento principal. Así y todo esta relación también cumplió su ciclo y un día cualquiera el vínculo se había disuelto inadvertidamente, sin pena ni gloria: a la vuelta de un viaje de algo más de dos meses por Europa, Ida se enteró de que Francisco ya no estaba. Había emigrado de su vida. “Este tontito cirujano”, dijo para sí, en su redacción de alemana, “¡se operó de mí! ¡Y yo, la tontorrona... feliz y contenta!”
—¡Absolutamente estéril! —insistió con fuerza Van Root y se quedó mirando fijo a la pareja.

1978, 4 de abril, 17 horas.


Me encontré con Felipe Heller, antiguo compañero de universidad, justo frente a la Hostería de Providencia.
Él, con su cara de niño alemán, iba algunos cursos más adelante que yo, pero teníamos amigos comunes del grupo de los rebeldes, los que estábamos en todas, los que nos tomamos la universidad y entramos en la política.
—Necesito un gin-con-gin —dijo Felipe, y sin más palabras nos metimos a la Hostería.
—¡Somos solos a cagarse! —afirmó después de un rato. Nos habíamos sentado en una mesa junto al bar y observábamos a nuestro alrededor en silencio—. ¡Más solos que la cresta! —y me miró con sus ojos azules de querubín angustiado—. Uno nace, vive y muere solo. Todo el ruido y el humo que hacemos son para taparnos a nosotros mismos esa verdad.
Un rayo del último sol de atardecer alegraba el bar. Lo mandé mentalmente a la cresta, a él y su estado de ánimo filosófico. Felipe me aburría pese a ser inteligente. Lo encontraba plano, no entendía sus procesos internos ni percibía cuáles eran sus reales intereses. No era artista ni estaba en la política, tampoco leía a Camus, a Sartre, o Rimbaud y Verlaine. No me explicaba por qué mis amigos lo consideraban especial; sólo reconocía a su favor que demostraba tener cuerda larga bebiendo; sus intervenciones en esos encuentros eran escasas pero, por lo común, irónicas, cáusticas, de una potente agresividad intelectual, acompañadas de una sonrisa fría que resultaba malévola en un rostro tan infantil pese a sus veinticuatro años.
La Hostería, junto al antiguo Mercado de Providencia, se había convertido en el refugio de una bohemia de mediana edad, que compartía ese espacio, sin remilgos, con obreros de la construcción que pasaban a beber cerveza después del trabajo, con universitarios de “lomito completo” y cacho, y también con señores de aspecto formal que a las diez de la mañana pedían “el de siempre”, para reportarse después varias veces en el día, siguiendo una rutina alcohólica casi perfecta. No faltaban allí antiguos periodistas que no perdían la oportunidad de hacer algún comentario sarcástico o relatar el último chisme, ni tampoco algún genio literario desconocido por nosotros, reverenciado y coreado con emoción cuando recitaba uno de sus poemas. Solía integrarse también a la tertulia un extravagante maestro esotérico apodado “Piyama de Palo”. Era normal encontrar allí al pintor Villaseñor con su tímida asertividad, a quien yo respetaba no sólo como artista, sino además como profesor de la Escuela de Bellas Artes, a la que yo asistía en calidad de alumno libre.
El lugar de reunión era siempre el bar, pero cuando éste se hacía estrecho, también se ocupaba alguno de los enormes comedores del primer piso y, en primavera, las mesas de la terraza.
El segundo piso se destinaba a cenas “de mantel largo”: celebraciones de oficinistas, fiestas de familia, comidas de políticos.
En la madrugada estas subdivisiones se anulaban, y sucedía que la secretaria del gerente del banco, a quien despedían en el segundo piso, bajara a bailar en el bar con algún parroquiano, mientras los clientes subían e intimaban con las damas bancarias y contaban chistes bebiéndose el champaña de la celebración.
—¡Ahí está mi psiquiatra! —exclamó de pronto Felipe, señalando hacia la mesa en la que se hallaba mi profesor del Bellas Artes—. El tipo de chaqueta de gamuza —precisó, indicándome a un señor de barba, de unos cuarenta años, que hablaba con gestos reposados.
—¡Tenís psiquiatra! —exclamé, tocado por un ramalazo de envidia. Hacía tiempo que yo deseaba, con un sentimiento más que de urgencia, someterme a terapia; pero mi padre no comprendía de qué se trataba: “Eso es para los locos”, me había dicho después de pagarme una primera y única consulta, a la que accedió tras mucho argumento. “¿Cinco veces a la semana? ¿Cómo se te ocurre? No puedo financiar eso. Y me parece innecesario. Usa tu fuerza de voluntad. ¡Ah!, y anda más seguido a misa”.
—El psiquiatra es pareja de mi tía Ida Müller —continuó Felipe—. Lo veo desde hace más de un año.
—¿Cómo tú, que pareces tan sanito, vas al psiquiatra? —pregunté.
—Estaba muy cagado, andaba deprimido. Me daba con suicidarme. Verse “sanito”, como decís tú, es por afuera: pellejito rosado, camisa Juvens, ¡qué tal, amigos! Pero apenas podía enfrentar cada día.
—¿Y te ha hecho bien?
—No lo sé. Creo que sí, ahora me importa menos mi depresión. Pero igual... ¿Querís que te lo presente?
Me paralizó la ambivalencia: el miedo de enfrentarme con mi parte obscura y la pulsión por salir de la angustia; el terror al mago y la necesidad desesperada de ser salvado del infierno mediante una interpretación oportuna.
Por esa época yo leía todo lo que encontraba de psicología: había conseguido dos tomos en rústica de La interpretación de los sueños de Freud, a los que di tantas lecturas que parecían naipe viejo; también compré todo lo que fui encontrando de Karen Horney y de Melanie Klein. Mi biblioteca psicológica seguía con algunas obras de C. G. Jung; La función del orgasmo de Wilhelm Reich; todo lo posible de Perls, y un sinnúmero de autores menores. Cuando me levanté del asiento siguiendo a Felipe, todo mi bagaje iba montado sobre el pánico que me había invadido.
Cuando vio a mi amigo, el psiquiatra se levantó con una actitud de total acogida, pausadamente, los ojos chispeantes y una sonrisa absoluta.
—¡Felipe! —exclamó—. ¡Monstruo apocalíptico! —y lo abrazó con fuerza, masajeándole los brazos y dándole golpes en la espalda durante largo rato mientras éste, rígido, hacía esfuerzos por desembarazarse.
—Un compañero de universidad: Benjamín —dijo Felipe, presentándome, cuando logró soltarse—... y el doctor Francisco van Root —terminó, todavía turbado, dirigiéndose a mí.
El psiquiatra me miró a los ojos. En los suyos había cordialidad. Tendió la mano, apretando la mía:
—¡Mucho gusto, Benjamín! —y tomándome de los hombros me atrajo hacia él con fuerza. De manera absolutamente fluida me abrazó—: ¡Mucho gusto!
Sin soltarme, nos presentó a sus amigos. El pintor dijo, refiriéndose a mí:
—Este chiquillo es un inteligente dibujante.
Yo habría preferido que dijera “un sensible dibujante” o “un buen dibujante”, pero igual me sentí halagado.
No tengo claro, entre los muchos gin-con-gin que bebimos con el psiquiatra y Felipe, qué ocurrió exactamente durante las siguientes horas. La ansiedad me convierte en un tipo extremadamente “inteligente” y artero. Desplegué mi artillería intelectual, utilizando medias citas y referencias incompletas —entraban y salían Freud, Adler, Rimbaud, Zaratustra, Strindberg, Raskolnikov, Gurdjieff, Shakespeare con Hamlet y Lucrecia, la violada—, todo ello referido a la angustia de existir. Poeticé, inventé perfectas frases textuales en una actitud unilateralmente competitiva con el psiquiatra. Éste me observaba sonriendo, celebrando con carcajadas mis ocurrencias, sin acusar recibo de mi permanente agresión; por el contrario, seguía atentamente mi puesta en escena.
Felipe sonreía a veces, pero estaba preocupado. Mi profesor de arte tenía una expresión de avergonzada severidad. No comprendía mi falta de respeto con su amigo, ni la tolerancia de éste. Los demás estaban francamente molestos y yo no podía ya detenerme: aumentaba el calibre de mi artillería, empecinado en desenmascarar al médico, demostrar su torpeza, probar que cualquiera, hasta un simple estudiante como yo, lo hacía dar tropezones... y en su propio terreno.
—¡Un padre demasiado severo debes tener, Benjamín! —dijo Francisco de pronto—. ¡Tu padre te tiene aterrorizado! ¿No es así, mijito?
—¿Mi padre? Un tipo débil —afirmé con displicencia—. No asusta a nadie —continué mirándolo, desafiante—. ¡Tal como tú: es puro ruido, doctor!
—¡Bueno, Benjamín! —siguió hablando con simpatía el psiquiatra—. Percibo tu angustia. Te comprendo. Pero otro, menos tolerante que yo, te habría dado un buen puñetazo. Te lo mereces —ahora su voz era fría—. ¡Te comportas como un pendejo!
Más que lo dicho, la propiedad con que hizo la afirmación me dolió como una cuchillada: "Un pendejo".. Me levanté de un salto. La silla en que estaba sentado cayó con fuerza al suelo, mientras la mesa se tambaleaba dando vuelta botellas y copas. Se produjo una batahola entre los comensales. Unos se levantaron, otros trataban de sujetar los vasos para que no cayeran al suelo. El psiquiatra se puso de pie con tranquilidad y pude verificar que era más alto y macizo que yo.
—Salgamos a la calle si quieres gresca —dijo con voz autoritaria—. No quiero que provoquemos daños.
Pero los que nos rodeaban impidieron que la situación se agravara. Espontáneamente se habían dividido en dos frentes: Felipe, el pintor y otro señor me sujetaban. El otro grupo rodeaba a Francisco.
Constaté que la Hostería completa estaba en mi contra. Desde las mesas y la barra me dirigían miradas de furia. El dueño, que se turnaba con su socio en la caja, gritó, corriendo hacia mí:
—¡Oiga, joven, por favor! ¡Aquí no se permite este tipo de... disturbios! Éste es un lugar tranquilo. ¿Cómo se le ocurre? El doctor Van Root es un cliente antiguo de la casa. Pague su consumo y váyase. No me obligue a ordenar a mis muchachos que lo echen.
Los garzones me rodearon, amenazantes. Felipe me tomó por los hombros y, sin parar de dar explicaciones, ayudado por otras personas, me llevó hasta la calle. Una vez afuera llamó a un mozo para pagar nuestro consumo.
Los que rodeaban a Francisco todavía estaban de pie, hablando todos a la vez. El psiquiatra me miraba con seriedad pero hubo algo que terminó de descolocarme: su mirada me pareció cargada de afecto.
—¡La cagaste, huevón! —dijo Felipe, furioso, cuando quedamos solos. Casi llorando agregó—: ¡Seguro que después de esto Francisco no me va a aceptar más como paciente!
Y partió por Providencia hacia arriba, arrastrando los pies.
Era una tarde de mediados de abril de 1967.
Este primer encuentro con Van Root lo recuerdo con vergüenza. Mi comportamiento fue inaudito. Todavía no comprendo del todo mi actitud, ni tampoco cómo pudo haber una segunda parte después de ésta.
No volví a ver al psiquiatra en casi dos años.
Ocasionalmente Felipe me contaba alguna anécdota respecto a él, y no dejábamos entonces de comentar la torpe escena.




De la animada fiesta en casa de la Flaca, sólo quedaban a esa hora Felipe, ella, y su hermano, Fernando Lara, que trajo como novedad un test de salón. Felipe acababa de completarlo. Fernando estudió las respuestas mucho rato, pensativo. Luego de una larga pausa, mirando inseguro al expectante Felipe, preguntó:
—La interpretación de tu test indicaría que tú... ¿eres homosexual? —y lo miró con una placidez no exenta de curiosidad.
Felipe intentó una risotada que no dio resultado: sonó como un alarido que pronto se extinguió en su garganta. Se quedó helado. Sintió que iba a perder el conocimiento. Abruptamente se le vinieron a la mente, como en una ráfaga, las múltiples interpretaciones del psiquiatra y todos los trucos defensivos usados por él mismo, durante cuatro años, para conjurarlas.
—¡Conque eso es! —murmuró, pálido como un cadáver.
Los hermanos miraban el suelo silenciosos, y así pasaron varios minutos que a los tres les parecieron una eternidad.
—¿Saben que, a esta edad, todavía soy virgen? —dijo al fin Felipe, con ironía.
La Flaca lo tomó de una mano con dulzura:
—¡Ven conmigo! —dijo.
Él se levantó como un autómata y la siguió hasta la calle. Ella le pidió las llaves del auto y condujo por Las Condes hasta un drive-in. Ahí estuvieron bebiendo gin-con-gin, en silencio.
Ella lo acariciaba con ternura. A las dos de la madrugada la Flaca canceló la cuenta y condujo hasta un motel cercano donde tomó un departamento. Felipe la seguía con ojos fijos e inexpresivos, las manos en los bolsillos del pantalón.
Se dejó desvestir y acariciar. Después la Flaca, de pie frente a la cama, empezó bailar para él. Con los ojos cerrados se sacó la blusa, dejando al descubierto unos senos pequeñitos.
Ante la mirada inexpresiva de Felipe, giraba cadenciosamente, desvistiéndose en una ceremonia cuya magia multiplicaban los espejos. Arrodillada sobre la cama, continuó su danza, acariciándose suavemente los pechos y el sexo. De pronto comenzó a gemir; ello provocó a Felipe la erección, y también una dolorosa sensación de terror y nostalgia que le hizo cerrar los ojos, sumergiéndolo en aromas perfumados de higuera, de pasto recién cortado, de duraznos, damascos y rosas. La mujer, como una fresca aparición, avanzando de rodillas, se sentó sobre él y lo recibió.
Felipe lloró callado.
Recogiendo sus lágrimas, la Flaca le acarició el rostro hasta después del orgasmo.
—¡Siempre me has atraído demasiado! —dijo.


Participábamos en una revista universitaria con la que queríamos llevar al máximo la percepción del teatro del absurdo, del existencialismo, negándole sentido a la realidad oficial. Habíamos descubierto a Juan Emar, quien compartía nuestra galería de referentes con Camus, Ionesco, Rimbaud y Sartre.
Yo escribía, hacía ilustraciones y operaba las multilith de la central de apuntes para imprimir cada número. Recibía colaboraciones que muchas veces reescribía; en los editoriales ridiculizábamos el paternalista concepto de universidad imperante: “Nada hay más dulce que dormir sobre una creencia inamovible. La creencia de la ilusión de eternidad. Dormir es cosa digna de los dioses. Perturbar este sueño es exponerse a que a uno le envíen una injuria”.1
No abandonaba la pintura ni la música: era parte de una banda con la que cantábamos en diversos escenarios universitarios —alguna vez en televisión— y habíamos grabado un par de discos comerciales. Entre los amigos, sin embargo, mi “fama” no tenía relación con estas actividades: yo era “el suicida de los Fiat 600”, esos modelos de los sesenta que tenían las puertas invertidas, y mi recuerdo de tales experiencias es el cielo girando entre árboles y cerros de tierra extraída de trabajos del alcantarillado frente al Campus de San Joaquín. “¡Allá voy..., no creo en esta vida!” Abría la puerta del Fiat y entonces, cuando mi acompañante frenaba bruscamente, yo, aprovechando la inercia, saltaba: giraba en el aire con plena conciencia y caía siempre de pie sobre los montículos.
Participábamos, en esa época de fines de los sesenta, en una fiesta de vitalidad e inconformismo; todo estaba bien en los actos extremos; en no quedarse con poco; en jamás empatar por no hacer el último gesto. En despreciar la cultura de los Beatles frente a la de Bob Dylan; en amar la belleza, sentarla en las rodillas y encontrarla amarga y escupirla. Creíamos —y yo no he renunciado a ello— que la vida merece ser vivida en el límite, en esa máxima prueba de realidad donde no hay parámetros y todo es sorpresa y peligro.


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(1) Notas de Arte. "La Nación" 4 de diciembre, 1923. Juan Emar

Amaba a Mr. Mum porque sólo se topaba con lo insólito.
En una fiesta de esos días, en la que algunos amigos de entonces encontraron a las que son y serán por siempre sus definitivas esposas, yo conocí a “la Negra” y la amé. La amé como nunca antes había amado: completamente y porque sí. Puse todo mi arte en ese amor y escribí en esa tonalidad mi primera novela; mucha poesía original y no influida; canciones que nunca más se cantarán. Toqué la puerta del cielo y me devolvieron para que siguiera haciendo belleza en el infierno. Saqué de los tubos los mismos colores disponibles e hice mezclas inadvertidas y perfectas: mi dibujo se volvió limpio, poderoso.
Traje a casa al propio Espíritu Santo, hasta que —como allegado que da su lucha por permanecer— esparció por mí sus colores en cartones y telas.
En esa disposición, sólo después de más de diez meses de relación empecé a prestar atención a reiteradas prevenciones de amigos: “¿Qué hacía la Negra el lunes, sola en Providencia a las once de la noche?” “Me la encontré hace poco en una El Golf-Matucana como a la una de la madrugada.”
Ella era vulnerable, delicada en extremo. Yo la amaba.
Cuando alguien que parecía informado hizo un comentario, le rompí la cara. Pero habían sembrado la duda: todo se volvió sospechoso. Nuestros sentimientos, convertidos en pasión y dolor, llevaron la relación a un deterioro muy rápido: el llanto suyo y mis punzadas de celos y angustia. Entramos en una etapa de confesiones por su parte, y por la mía... Estos fracasados intentos de comprensión terminaron en una reunión con su familia que solicité de acuerdo con ella. La Negra negó todo y yo quedé fuera. Salí de su casa dejando entre los suyos la imagen de ser un loco; dentro mío, tristeza y desilusión en un grado nunca antes experimentado.
Esa noche, en mi casa, me encerré y lloré sin parar durante horas. Sentía el dolor irradiándose a todo mi cuerpo desde el centro del pecho. Pena y rabia se mezclaban con la compasión. Todo impulso de rescatar a la Negra era anulado por el sentimiento de haber sido engañado. De ahí pasaba al desprecio —“¡miren: la putita!”— y al deseo de venganza. Debajo de todo eso: amor, mi Negrita; amor y humillación; identificación en el abismo; también, como en oleadas, venía un deseo de justicia: “¿Y soy yo mejor, acaso?”.
Masoch y Sade libraban su inútil batalla dentro mío.
Los contradictorios sentimientos que me dominaban dieron paso a las certezas de la depresión: la inutilidad de la existencia, el sinsentido de la vida, el no valer la pena ningún acto. Podía escuchar, viniendo desde el infinito, las risas de los espíritus burlones, esos desconocidos señores que nos gobiernan. Y el dolor seguía ahí.
Tomé la guía de teléfonos y busqué: Francisco van Root, médico.
Marqué el número y casi de inmediato el propio psiquiatra atendió.
—¡Perdón, Francisco, por llamar a esta hora! No sé si te acordarás de mí. Nos conocimos hace un par de años en la Hostería de Providencia. Soy amigo de Felipe Heller. ¿Recuerdas? ¡Esa vez tú y yo casi terminamos a puñetes!
—¡Benjamín! —dijo con su pronunciación inconfundible, de difíciles consonantes, y sentí su acogida—. El “espadachín intelectual”, ¿no? ¿Por qué me llamas?
—¡Me acaban de hacer pedazos! Te pido que me ayudes...
—Aprovecha que estoy con invitados. ¿Quieres venirte para acá ahora mismo?
—¡Creo que puedo resistir un poco más!
—Como prefieras. Te espero mañana, a las siete de la tarde, en mi consulta.
Sentí un alivio tan inesperado después de colgar, que me dormí enseguida.




A las tres de la madrugada Felipe dejó a la Flaca en la puerta de su casa y luego partió a toda velocidad hacia la Hostería de Providencia, buscando a Francisco. No había estado allí ese día. En El Candil tampoco lo encontró. Lo mismo ocurrió en el bar del Oriente; allí Felipe pidió un gin-con-gin y lo bebió lentamente, tratando de ordenar sus ideas. Repetía todo el tiempo, como una grabación, en voz baja y tensa: “¡Conque soy maricón!” Su expresión era una mezcla de dolor y de rabia, mientras las imágenes, reclamos e ideas atravesaban a borbotones por su mente.
A las cinco de la mañana se acercó el mozo: “¡Perdón, pero es que ya vamos a cerrar!”, y le entregó la cuenta.
Sin decir palabra, pagó y salió al frío matinal. Con paso lento fue hasta su automóvil pero, luego de dudar un momento, siguió de largo. Atravesó la Plaza Italia y caminó sin apuro por el Parque Balmaceda hasta las Torres de Tajamar. A las seis y media tocó el timbre del departamento de Francisco. El médico contestó, algo molesto, el citófono.
—¡Oye, Doktor, soy Felipe! Necesito hablar contigo, urgente. ¡Perdona la hora!
—Bien, sube, mijo, pero sin locuras. ¡Tu tía Ida aún duerme!
“¡Me cago en la Ida Müller!”, mascullaba Felipe para sí mismo, cuando sonó el zumbido eléctrico de la mampara al abrirse. Corrió hasta el ascensor.
En la puerta del departamento lo esperaba el psiquiatra vestido impecablemente bajo el delantal blanco sin abotonar, arreglada la barba, el pelo recién peinado, suavemente perfumado a lavanda, listo para salir.
—Pasa, Felipe —dijo en voz baja—. Disculpa, pero tengo sólo unos minutos. Mi jornada en el Open empieza temprano.
Caminó hacia la cocina. El joven lo siguió, agitado. Mientras el dueño de casa sacaba una botella de gin de debajo del lavaplatos —se sirvió un vaso lleno para luego beberlo casi de un trago, con pulso trémulo—, Felipe dijo con enojo:
—¡Soy maricón! ¿Te das cuenta? —y repitió—: ¡Soy maricón!
El psiquiatra terminó de beber. Pasó el dorso de su mano izquierda por sus labios y lo miró con calma.
—¡Tú...! ¿Maricón? —e hizo una especie de gruñido, negando con la cabeza—. Jamás te he visto haciendo una mariconada —y luego, con firmeza—: ¡Eres un varón, Felipe! La fea palabra que te aplicas se refiere al que no va en la vida... al que no hace... al que se mezquina. ¿Comprendes?
—¡Oye! —insistió con rabia el otro—. Me acaba de caer la chaucha: ¡soy homosexual! ¿Entiendes? —y le relató la interpretación de Fernando Lara—. ¡Me quedé aturdido, como si me hubieran dado un machetazo! Lo único que me ha dado vueltas en la cabeza por todas estas horas es la frase “soy homosexual”...
Francisco lo miró afectuosamente un largo rato. Luego, tomándolo por el codo, dijo:
—¡Etiquetas! ¡Preconceptos y palabras! Heterosexual, homosexual... Y, ¿qué sabemos del amor? ¡Somos apenas unos pendejos! Hijos de pendejos padres y cobardes madres: ¿qué sabemos de nada importante? —hizo un gesto de mono gorila—. ¿Qué contenido ontológico tiene esa etiqueta de “homosexual?”. ¡Puchas tu amigo Fernando! ¡Ese sádico no se anda con chicas para dar interpretaciones directas! —y le sonrió—: ¡Te va a venir una depresión! ¡Espantopónica! ¡Cuidado con hacer huevadas! Te voy a dar una receta que vas a seguir al pie de la letra. Puedes comprarla ahora mismo aquí abajo. Tú sabes que soy muy mezquino para dar medicamentos, sólo lo hago cuando realmente es necesario, pero, ¡no quiero que te caigas a un pozo oscuro, mijito, y te vivas un episodio medio psicótico! ¿Entiendes? Compra ahora mismo lo que te voy a indicar —escribió pausadamente la receta, tarareando la melodía de las Chicas de New York: “Mary, Peggy, Betty, Julie...”. Los Mogadones te los tomas al tiro, ¿mmm?, y te vas a tu casa a dormir. Sigue todas las instrucciones que te anoté. A las siete de la tarde en punto te espero en mi consulta. ¿Comprendes, monstruo apocalíptico? —cogió nuevamente por el brazo a Felipe y lo llevó hasta la puerta—. Bajemos juntos, tengo que irme al Open —e hizo un gesto de impotencia al entrar al ascensor.
Abajo los recibió, viniendo desde la cordillera, el primer anuncio del amanecer. Una grisácea ventolera traía polvillo de ciudad, papeles de diario y algunas hojas del evidente otoño.
El doctor acompañó a Felipe hasta la vereda.
—¡Cuidado con las compulsiones, Felipe! Nada de alcohol, hasta que yo te lo autorice. ¡Hoy día ni por nada, ni un sorbo! —y le dio una palmada en el hombro—. ¡A las siete te espero en la consulta! —insistió mientras se alejaba.




Hertha Müller —la madre de Felipe— vestía una blusa de cuello cerrado, algo ceñida, que delataba un leve sobrepeso, y una pollera floreada, ancha, de seda, de la cual emergían sus hermosas piernas. Por la mañana, al levantarse, en un secreto y dulce arrebato, había desechado la esclavitud de la ropa interior.
Su cuerpo desnudo bajo la tela suave le producía una emoción cálida y extraña que agitaba su respiración. Cada cierto rato suspiraba.
Junto al gallinero, si bien quedaba oculto de la vista de su madre, Felipe podía verla a través del follaje.
Permaneció largo rato observándola.
De pronto una mano le tapó con firmeza la boca, sacándolo de su concentración.
Se sintió tomado fuertemente por los brazos, que alguien le torcía detrás de la espalda hasta lograr derribarlo.
Su hermano Hans avanzaba agazapado detrás de la murallita del gallinero, en tanto Rolfito lo mantenía a él inmovilizado e impedido de hablar.
—¡Ya lo tenemos! Péscalo de las patas y lo arrastramos hasta el escondite —dijo Rolfito.
—Ahí voy —contestó Hans, y procedieron con el plan. Aunque él se defendió tirando patadas, lograron dominarlo.
—¡Mucho cuidado con gritar! —amenazó Rolfito—. Hacemos esto por tu propio bien. Para que te hagas hombre. Tampoco puedes llorar: para que te sirva, tienes que ser capaz de no llorar ni acusar. ¿Entiendes? —y le refregaba la cabeza contra el suelo—. Bien, Hans. Pásame ese tarro que hay detrás tuyo. ¡Apúrate! —ordenó el mayor.
Hans se estiró para entregar lo pedido afirmando con una sola mano los tobillos de Felipe. Éste aprovechó la oportunidad para soltarse y le alcanzó a dar una patada en las costillas antes de que el otro respondiera con dos puñetazos seguidos en el estómago, propinados con la mano libre.
—¡Auch! ¡Mierda! —se quejó Hans. Felipe tiró otro puntapié, que fue interceptado.
—Siéntate arriba de él —ordenó Rolfito con furia—. Tápale la boca mientras yo meo en el tarro —se hincó sobre los hombros de Felipe y orinó con ruido metálico.
—Yo también quiero mear —informó Hans cuando Rolfito hubo terminado.
Hicieron los acomodos necesarios para que no se escapara la presa y Hans desaguó en el tarro, tirando el último chorro sobre Felipe, que lloraba y se retorcía de impotencia.
—Para que te laves un poco...
—¡Ahora viene la parte más difícil! —dijo Rolfito dirigiéndose a Hans—. Siéntate encima de su guata para que se tome todo el tónico —y ambos reían.
En un desigual pugilato lograron hacerlo tragar parte del líquido. El resto se derramó sobre su cara. Luego lo abofetearon y él los escupió con el rostro contraído de rabia y vergüenza.
—¡A la piscina, a la piscina! —gritó Rolfito. Tomándolo de pies y brazos corrieron hacia el agua. Desde el fondo del huerto se acercaba Segundo Mora, el jardinero, alertado por los gritos, a paso rápido; la ceniza colgando del cigarrillo.
Levantándose de su silla para investigar el bullicio, Hertha vio la escena. No alcanzó a avanzar un paso y los niños ya habían llegado hasta el borde de la piscina donde, luego de un par de balanceos, lanzaron su presa al agua.
—¡Pero..., niños salvajes! ¿Cómo pueden hacer eso con su hermano pequeñito? —gritó Hertha, apresurándose para llegar en auxilio.
Felipe logró pisar fondo. Caminó semisumergido, llorando, hacia el borde. Su madre y Segundo lo ayudaron a salir del agua.
—¡Ya, Felipito! ¡Ya, Felipito! —decía su madre, consolándolo. Luego reprendió a los hermanos con voz tensa—: Mein Gott! ¿Cómo pueden ser tan abusivos con un niño mucho menor? —y lo abrazó en cuclillas mientras él lloraba entrecortadamente, en el límite de la humillación.
—¡Oye, Muti, si lo hacemos por su bien...! Para que aprenda a jugar duro, como le va a tocar en el colegio cuando entre. ¡Tiene que saber aguantar, o si no...! —se justificó Rolfito.
—¡No! ¡No! ¡De ninguna manera! ¡Ustedes abusan del Felipe y eso es todo! —Hertha partió a paso rápido hacia la casa con el niño en brazos. Encargó a la niñera que lo cambiara de ropa y volvió a la terraza moviendo la cabeza.
—Mein Gott! ¡Qué niños traviesos! Mein Gott!
Respiró profundamente el aroma del pasto recién cortado, mezclado al de los frutales —duraznos y damascos—, dominado por el perfume cálido de la higuera.
Eligió una silla de lona en la que se recostó absorbida por la sensualidad de la atmósfera del jardín. Cerró los ojos echando la cabeza hacia atrás, sobre los brazos, y estiró el cuerpo hasta sentir un suave dolor en los músculos de las piernas.
Una languidez tibia recorría su cuerpo.
Entrelazó sus brazos aprisionando las manos bajo ellos. En las puntas de los pechos sintió la presión de sus palmas.
—¡Qué calor! —suspiró y cruzó las piernas a lo largo, apretando los muslos con fuerza hasta sentir que la humedad de su sexo los mojaba—. ¡Qué calor! ¡Qué calor! —murmuraba.
Permaneció unos minutos en esa posición. Luego abrió lentamente las piernas, deslizando con suavidad las manos sobre el vientre.
El gallo “Colorado” montó a la “Castellana” y luego estiró su cuerpo, sacudiendo las alas orgulloso. Hertha sintió otra oleada de excitación y suspiró apretando su pubis con ambas manos. Cruzó con fuerza las piernas sintiendo la desnudez de sus muslos al rozar uno contra otro. Desde el fondo del sexo, subiendo como marea, una sensación de disolverse le arrancó un grito que apenas pudo ahogar.
Segundo Mora había terminado de cortar el pasto y cargaba la carretilla con paladas precisas.
La niñera estaba vistiendo a Felipe, que aún respiraba entrecortadamente.
Hertha, turbada, se levantó de su asiento y entró a la casa. Subió la escalera con pasos muy lentos, ensimismada. Al encontrarse en el vestíbulo con Felipe y la empleada, se quejó de la temperatura.
—Voy a tomar una ducha para refrescarme —informó con voz lánguida y entró al baño.
De pie frente al espejo instalado en la puerta se quitó la blusa.
Observó su torso desnudo, haciendo suaves movimientos de hombros y girando la cabeza lentamente.
Con un suspiro largo subió sus manos desde el vientre.
Acarició sus pechos rozando los pezones con los dedos.
—¡Qué calor! —repitió suspirando.
Respiraba profundamente a través de los labios entreabiertos.
Desabrochó la pollera, que se deslizó hasta el suelo, y quedó desnuda en medio de la sala.
Miró su cuerpo en el espejo.
Bajó el brazo derecho, acariciándose. Deslizó su mano entre los vellos del pubis, sintiendo la humedad tibia de su sexo bajo la delicada presión de los dedos.
El espejo le devolvía la imagen de la Venus naciente de Botticelli.
Movía su mano siguiendo un ritmo lento, hundiendo los dedos en esa boca húmeda.
Girando la cabeza con los ojos cerrados, gimió:
—¡Qué calor, qué calor! —y apretó con fuerza los muslos.
De pronto se abrió la puerta y apareció Felipe con la mano en la perilla. En el rostro todavía congestionado por el llanto brillaban los ojos de azul cerúleo. Encantado ante la visión de su madre, sonrió.
Hertha enrojeció. Se quedó inmóvil un momento, aturdida. Luego, con violenta furia alzó el brazo, el índice dirigido al rostro de su hijo, y gritó:
—Ach! Scheisse! Du kleiner Arschloch! ¡Niño cochino! ¡Sal de aquí con tu cara boba!
Y dio un portazo mientras Felipe corría hacia su dormitorio.

Cuando llegué a la consulta de Francisco van Root, como a las 18:45, había a la entrada del edificio unas tres o cuatro personas en actitud de espera. Era un poco curioso ver ese grupo de gente, de pie, formando una especie de círculo entre la vereda y el jardincito de la tranquila calle Ismael Valdés Vergara, mirándose y conversando en monosílabos, puesta su nerviosa atención en otra cosa, a la expectativa, indiferentes a la belleza del Palacio de Bellas Artes y sus parques circundantes —a espaldas de ellos, atravesando la calzada—, y sin ninguna consciencia de la paz tibia que los rodeaba en esa hora previa al atardecer. Pasé junto a ellas y tomé el ascensor.
En el cuarto piso también había gente: una pequeña multitud para el pequeño pero acogedor pasillo en el que se apiñaban.
Toqué el timbre del psiquiatra y nadie abrió. Separándose del grupo se me acercó un tipo de barba, como de mi edad aunque ya bastante calvo, y me informó que todavía no había llegado la secretaria del doctor. Lo miré con curiosidad: era muy parecido al propio psiquiatra.
—¿Eres su hijo? —le pregunté.
—Casi... Me llamo Diego Fernández van Root... Soy sobrino —y sonrió con simpatía, estirándome la mano.
La cantidad de gente que parecía esperar al médico, en la calle y aquí arriba, me resultaban la negación de lo que yo entendía por la consulta de un psiquiatra, en la que se supone que uno llega a horas exactas, de incógnito y como en clandestinidad, sin toparse jamás con persona alguna, y menos con otros pacientes.
Estuve paseando un rato de lado a lado del corredor. En la caja de escalas, sentado en el primer peldaño, encontré a Felipe Heller.
Al oírme levantó la cabeza que tenía apoyada entre las manos.
—¿Tú por aquí? —dijo sin emoción.
—Me sacaron la cresta —le respondí.
—¡Qué coincidencia, a mí también!
Lo observé con interés y noté que su rostro estaba desencajado, como si no hubiera dormido. Me llamó la atención la mirada huidiza, que nunca había percibido en él. En ese momento sentimos abrirse la puerta del ascensor y se produjo un revoloteo en el pasillo.
—¡Ahí viene! —exclamó Felipe, levantándose de un salto.
Oímos la voz del psiquiatra. Al salir al pasillo pude constatar que lo rodeaban unas diez o doce personas. Francisco se cimbraba levemente, buscando el equilibrio exacto, como si hubiera bebido en exceso; tenía tomada por la cintura a una mujer gordita, cuarentona, que parecía no caber en sí de dicha por el abrazo —después supe que ella oficiaba como su secretaria— y, mirándola seriamente, la instruía pronunciando con dificultad:
—¡Rosita, voy a atender por estricto orden de llegada! —luego, viendo que nosotros nos acercábamos, ordenó—: ¡A Felipe hazlo pasar de inmediato! A Benjamín déjalo para el final, porque tenemos que hablar largo —indicó hacia mí, para que la gordita me identificara. Después caminó lento hasta la puerta.
Dedicó mucho rato a probar llaves de un manojo que sacó con movimientos pausados del bolsillo. Era un ceremonial: elegía cada llave cuidadosamente, la levantaba hasta sus ojos, la estudiaba con atención y luego la metía en la cerradura. Tarareaba en voz baja la melodía de las Chicas de New York de Gardel. En el contraluz que producía la ventana del final del pasillo, se recortaba su figura. El Doktor tenía buen porte. La frente alta, armonizando con una nariz proporcionada, y la poblada barba terminaban de construir más bien la figura aguileña y llena de dignidad de un español de buena cepa, antes que la de un rubicundo holandés. A pesar del leve bamboleo de su cuerpo y del delantal blanco sobre su ropa, la silueta que observábamos expectantes era la de un señor.
Con un chasquido, una de las llaves abrió la puerta.
Antes de entrar con Felipe en la oficina, el médico me insistió en que lo esperara. “Tú también, Diego, por favor”, le ordenó al sobrino, y encomendó a Rosita, su secretaria, la tarea de tomar mis datos.



—¡Tu rostro expresa dolor! ¡Mucha pena, hijito de Jesús! —dijo la gitana mirando impertinente al hombre que iba de pie junto a ella.
Gruesas gotas de transpiración aparecieron en la frente de éste.
La miró de reojo al tiempo que tiró de la campanilla. La micro dobló por José Miguel de la Barra a toda velocidad aprovechando la luz verde del semáforo y se detuvo frente al palacio de Bellas Artes, en segunda fila. La puerta de bajada permaneció cerrada. Cuando el hombre tomó nuevamente el cordón para insistir con la campanilla, la gitana se inclinó por delante de los pasajeros sentados, gritándole al chofer:
—¡Abre para que bajen, hereje!
La puerta se abrió de un golpe y él saltó nervioso a la calle. Esquivando los autos para alcanzar la vereda, se volvió a mirar a la mujer con una sonrisa triste
—¡Tu Cristo también a ti te hace doler! —oyó que le gritaba la gitana cuando el microbús ya se iba en su nube de humo. Atravesó rápido Ismael Valdés Vergara y entró al segundo edificio de la cuadra. En el ascensor sacó el pañuelo del bolsillo y secó su frente. Al salir al pasillo recibió como una fresca caricia, a través de los grandes vidrios del ventanal del fondo, el paisaje velado del parque del Palacio de Bellas Artes, cuyas cúpulas emergían armoniosas entre los árboles. Avanzó, ahora con seguridad, hasta la puerta de la consulta médica y tocó el timbre.
—¿El doctor Van Root? —preguntó a la secretaria.
—Está atendiendo en este momento —respondió ella, solícita—. Hay unos pacientes esperándolo. ¿Usted tiene hora?
—¡No! Vine a verlo así no más. Llegué hace pocos días del extranjero.
—¡Pase, por favor!
—¡Cómo no! —dijo, dudoso, pero entró—. Si el doctor está muy ocupado, usted me puede anotar para otro día.
—Quizás es lo mejor; tiene para largo —Rosita se sentó junto al pequeño escritorio y hojeó su libreta—. Hay una hora para mañana a las siete. ¿Le conviene?
—Sí, perfecto.
—Perdón, padre. ¿Cuál es su nombre?
—Pedro Arraiz.
La mujer levantó la vista.
—¿Usted es el director de Propuestas? —preguntó con admiración.
—Lo era hasta hace un mes. Me asignó la congregación a otras tareas. Ahora sólo estoy en el comité editorial.
En ese momento se abrió la puerta de la consulta y apareció Felipe, pálido y despeinado. Sus ojos, de un especial color azul, mostraban confusión. Detrás de él venía Francisco.
—¡Pedro! ¡Qué gusto de verte! —saludó al sacerdote, articulando la frase con la dificultad de después del cuarto vaso de vino. Tomando del codo a Felipe pasó el brazo libre por sobre los hombros del otro, estrechándolo con fuerza—. ¡Qué placer esta visita! —echó la cabeza hacia atrás para fijar en él una mirada en la que había una atención profunda y concentrada y luego sonrió con encanto—. Quiero presentarte a este hombre: mi amigo ingeniero Felipe Heller Müller, sobrino de Ida, mi compañera. Es un hombre brillante y sensible... ex candidato a colega tuyo. ¡Mmmm! ¡Mmmm! —y mirando a Felipe le informó como en un aparte—: ¡Pedro es una lumbrera de la Iglesia! Me distingue con su amistad pese a mi absoluto inmerecimiento... y pata de cabra y patatín patatán: ¡el padre Arraiz!
Se quedó en silencio largo rato, abrazándolos con un afecto que parecía emanar de su cuerpo, envolviendo a los tres en una nube vinosa que los comunicaba.
Felipe se desembarazó:
—Bueno, Doktor Van Root —dijo, parco—. ¿Vuelvo el miércoles, entonces? —y tendió la mano a Arraiz—. ¡Mucho gusto, padre! —Antes de que saliera, con movimientos rígidos, Francisco le murmuró al oído, confidencial y admonitorio—: ¡Felipe! ¡No sé si me estoy cagandoooo... o me estoy meandoooo...! Pasa, Pedro —invitó después—. Voy a avisar a mis pacientes que tengo una visita —y lo hizo entrar a su oficina.
Después se asomó a la sala de espera y sonriendo igual que un “compadre”, con la mano en alto como en una despedida de estación de trenes, nos anunció con dificultosa dicción:
—¡Los voy a atender de inmediato! ¡Por estricto orden de llegada!
Mirándome fijo, me advirtió:
—¡Benjamín, no te vayas a ir! Me interesa mucho que conversemos —y luego, hacia los demás—: Espérenme un poquito —y en tono confidencial—: Tengo una visita imprevista —y cerró suavemente la puerta.
—Asiento, Pedro —invitó, instalándose tras su escritorio.
—Gracias, Francisco —con expresión tensa, el sacerdote preguntó—: ¿Cómo has estado? ¿Qué tal ves el país?
—Bueno, yo estoy bien. ¿De qué me quejo si no lo soluciono yo mismo? —e hizo una pausa; los ojos afables, fijos en su interlocutor—. Respecto al país, seguro que estás más y mejor informado que yo: los chiquillos, felices y llenos de poder, siguen revolviéndola en la universidad; y todos sabemos que al Presidente lo va a suceder... o bien la izquierda... o bien la derecha en fallo fotográfico. ¿Entiendes tú? —y calló sin dejar de mirar al sacerdote—. ¿Y tú, cómo estás? ¿Vienes sólo de visita, después de tu viaje? —hizo una pausa revisando la defectuosa pronunciación previa—. ¿O pasa algo?
—Más lo segundo, sin perjuicio del agrado de saludarte —dijo Pedro con enorme tensión—. ¡Estoy... deprimido, angustiado! ¡Me han asignado la dirección del colegio! ¡Me aterroriza! Si no tengo ya ni siquiera respuestas para mí mismo, ¿qué puedo dar a los niños? —y preguntó en voz baja—: ¿Pasarles la receta del padre Gatica?
—¡Predica y no practica!
—Ayer visité el colegio. Nada más entrar y caminar por esas baldosas del salón de recepción, que no pisaba desde hacía treinta años, empecé a transpirar angustiado, a temblar... ¡No fui capaz de seguir!
En el largo silencio se hizo evidente la luz amarilla de la ampolleta que colgaba del techo, directo del zoquete al ojo. Encandilado, Arraiz continuó:
—Salí corriendo hasta el auto. Dejé con la boca abierta al rector y a un par de profesores que me recibían. No sé si se me vino, de un golpe, mi infancia con todo su dolor e inseguridad... o si la angustia y las contradicciones de mi adolescencia, todavía presentes en los patios del colegio, hicieron evidente la farsa de mi vida. ¡El buenito Pedro! ¡El brillante Pedro! Odio ese colegio, Doktor... Fueron los años más dolorosos de mi vida. Los pasé temblando de miedo a los golpes y abusos de otros niños. Nunca me atreví a defenderme. Todos los días la campana para salir a recreo era la señal de inicio de mi calvario. Se me contraía el estómago con una punzada horrible. Inventaba todo tipo de disculpas para no bajar al patio, tratando de evitar la posibilidad de que alguno empezara a molestarme... a tocarme la oreja... a quitarme el sandwich, cualquier cosa: “Cuidado con el Arraiz, que anda pegando muy fuerte”, decían después, ridiculizándome. Me daban empujones, me sacaban los cuadernos y se los tiraban como jugando vóleibol por todo el patio, mientras yo corría desesperado y ridículo tratando de recuperar mis útiles. ¡En fin! Así más o menos fue durante esos doce años.
—¿Eras cobarde?
—¡Es evidente! ¿No? Me compensaba siendo el mejor alumno. Después agregué a ello el saberme de mejor familia que muchos y, ya en la adolescencia, reemplacé mi desquite por la certeza de ser elegido de Dios, moralmente superior; ponía la otra mejilla y ofrecía al Señor las humillaciones...
—¿No tenías amigos?
—Algunos, de igual impronta... Nos molestaban en grupo o de a uno por vez. Cuando ocurría esto los demás mirábamos impotentes, sin intervenir... O nos evadíamos con disimulo.
—Y esas escenas volvieron en tu visita.
—Toda la atmósfera estaba ahí y me tragó. Me llenó, en un segundo, de miedo, asco y vergüenza. No he superado nada, soy el mismo de entonces.
Quedó en silencio largo rato, buscando las palabras. Se marcaron profundas arrugas en su frente y los músculos del rostro asomaron como correas junto a su boca, que se abría y cerraba sin articular palabra.
De pronto, con chasquidos de huesos y tendones y estremecimientos de todo el cuerpo, se echó a llorar.
Sus sollozos, con el rostro escondido entre las manos, poco a poco devinieron en los de un niño desvalido y sin consuelo.
El sudor caliente que brotaba de todos los poros de su cuerpo era también una lágrima.
Francisco lo observaba en silencio acariciándose la larga barba desde el bigote hacia abajo, pausadamente. En voz muy baja, casi para sí mismo, tarareaba fragmentos de una canción infantil. Sus ojos estaban húmedos; lentamente había enderezado el cuerpo, sin rigidez, hasta que su figura alcanzó la máxima estatura, sentado recto en la silla. Sus manos descansaban paralelas y distantes sobre el escritorio. La actitud conseguida —la imagen del Buen Dios Padre de la Historia Sagrada ilustrada— era patriarcal aunque no severa; más bien, de total apertura y disponibilidad, haciendo propio el sufrimiento; enfureciéndose por cuenta del otro con la vida; desplegando todo su ser en el acto de compasión:
—¡Ya! Ya, ya... ¡Ni todo el dolor del mundo! Ya, ya...
—¡Perdón, por favor! —pronunció Arraiz con dificultad—. ¡Qué escena, Dios mío! —y quedó en silencio, con el pecho en acompasados estertores. De sus ojos cerrados salían gruesas lágrimas que bajaban por los surcos de las mejillas hasta la boca—. Me acaba de decir una gitana que Cristo hace doler —murmuró apenas—, y fue como una síntesis invertida de mi sentimiento. Puesto al revés es verdadero... No soy digno de Su Ministerio. Voy vestido de cura y por dentro podrido en mi vanidad, retenida la lujuria sólo en el temor a la catástrofe; sin virtud. No encontrando la paz en la fe, me despliego por los centros de la inteligencia exponiendo teorías sobre subdesarrollo y sociedad, sobre pobreza y dependencia... y he dejado salir a Jesús de mi corazón y de mi hacer. Me he convertido en un ser vacío y absurdo: ¡a mayor gloria de Dios... me he quedado sin Dios! ¿Qué sentido tiene mi existencia?
—¡Te sientes como haciéndole la paja al muerto! —afirmó con seriedad Francisco.
—¡Yo soy ese muerto! —asoció Arraiz, estremeciéndose por la crudeza del giro que daba el psiquiatra al diálogo. Bajó la cabeza y brotaron copiosamente sus lágrimas.
—¡Un ser vacío y absurdo!
—¡Un ser vacío y absurdo! —repetía como para sí el médico, con la lengua traposa, comiéndose las vocales salvo la “o” final, que prolongaba en exclamación ascendente—. ¡Forma y contenidooo! ¿Cómo puede el Ser estar vacío, si siempre Es? ¡Perdóname la pendejería! Soy un superficial autodidacta en teología y filosofía, pero: ¡No es Cristo el que te hace doler, sino tu propia introyección de Cristo! La autoexigencia obsesiva. Tu deber de Ser, vacío y mezquino con tu Ser, es quien lo asfixia... ¡Mijitoooooo!
Y terminó, con perfecto histrionismo, teatralmente sentencioso, mirando fijamente a los ojos del sacerdote.
—¡Si humo hay... fuego hubo! ¿Hasta cuándo se masturba el mate, hijoooo? —guardó silencio, y en su recuerdo aparecieron imágenes de su propia experiencia de estudiante.



Al traspasar la enorme puerta del colegio y volver la vista hacia el poniente, me encandila la luz del sol horizontal del atardecer que convierte en siluetas de oro la perspectiva de casas y árboles de Agustinas hacia abajo.
Capturado por esa luminosidad mágica, me siento invisible y poderoso.
Permanezco quieto un momento; arreglo los tirantes de mi bolsón sobre los hombros y corro. Al llegar por Cienfuegos a la Alameda veo que un grupo, formando círculo, me corta el paso. Oigo gritos. Al centro están los dos matones del colegio. Tienen agarrado a un compañero, Ruperto Gutiérrez, que forcejea desesperado tratando de liberarse. Pero los otros son más fuertes y no sólo lo sujetan fácilmente; también le dan golpes de mano abierta en el rostro, ridiculizándolo, buscando someterlo a la máxima humillación. La víctima es un tipo tranquilo, del grupo de los aplicados. Vive cerca de mi casa. En los recreos —tal como acaba de recordar Arraiz— prefiere conversar a jugar y se evade cuando hay conflictos. Estos dos se la tienen jurada desde que no los dejó copiarle en la prueba de matemáticas. Ahora se están cobrando. Todo el curso hace ronda. La mayoría aviva a los fuertes y grita pullas al prisionero, unos pocos guardan silencio. El que está a mi lado dice en voz baja: “¡Putas que son maricones!”.
Yo también siento rabia. La ley de la selva reina en el colegio. Los más brutos son los que tienen el control del grupo. “¡Espérate no más, te voy a sacar la cresta a la salida!”, amenazan mostrando el puño ante cualquier contradicción. Les basta con eso para lograr su objetivo. Pobres de los más débiles: se convierten en sus esclavos.
Le dan un puñete en el estómago a Gutiérrez, que se dobla de dolor. Trata de protegerse con las manos, pero se las sujetan con fuerza por la espalda. Veo su silueta contra el cielo dorado de ese atardecer: hace giros con la cabeza, retuerce el cuerpo y, de pronto, él, un tipo grande, que habla de Sócrates como de un conocido, empieza a llorar frente a todo el curso. Llora con gritos y estremeciéndose.
Siento vergüenza y dolor, como si fuera yo mismo el que estuviera sometido a ese rebajamiento brutal.
De pronto, no entiendo bien cómo, me doy cuenta de que estoy al centro de la escena.
Sólo tengo consciencia de que me duele la mano y veo que uno de los tipos sangra por la nariz. El otro me mira, sorprendido:
—¡Si esto no era contigo, Van Root!
Siento temor y coraje. Todavía no tengo claro lo que ha pasado, pero oigo murmullos del grupo. Gutiérrez está junto a mí y llora tapándose la cara. Alguien grita “¡buena, Van Root!”, y oigo aplausos.
—¡Ya, Gutiérrez! —le digo a mi compañero—. ¡A la chucha con estos cobardes! —y lo tomo del hombro.
—¡Te la vamos a dar, Van Root! —grita el grandote, por entre la sangre de narices—. ¡Vas a ver!
—¡Si querís más, te voy a sacar la mierda! —le respondo, y seguimos caminando.
Los demás me miran apreciativamente. Algunos con admiración; el resto sonriendo frente a un tipo al que le falta un tornillo; todos con la expectativa de verme realizar la hazaña. Y no pasó nada más.
—¡Eres un loco, Van Root! —dice uno—. ¡El medio salto que te pegaste!
Gutiérrez va cabizbajo junto a mí. Atravesamos en silencio la Alameda, y seguimos por Vergara.
—¡Muchas gracias! —dice de pronto y me tiende la mano. Todavía tiene restos de lágrimas en la cara.
—¡No sé ni qué fue lo que hice! ¡Ocurrió no más!
El sol de atardecer arroja una luz tan especial que las personas que caminan a esa hora por la calle se convierten en otras sombras, recortadas del paisaje de grandes árboles.
Intuyo el misterio de las vidas familiares que transcurren al interior, detrás de las murallas de la hermosa arquitectura del barrio.
Cuando miro hacia mi izquierda, las cúpulas y fachadas emergiendo entre el follaje, iluminadas por el último sol del día, se convierten en castillos de oro perfilados contra una inmediata cordillera.
Al llegar a Sazié nos despedimos.
—¡Te la debo, para siempre! —dice Gutiérrez.

La espera, aunque larga, se pasó rápido. Cuando el psiquiatra hizo entrar a Felipe, Rosita, la secretaria, me pidió acompañarla hasta su escritorio, junto a la entrada, en un pequeño vestíbulo detrás del cual había una puerta que daba a la cocina. En tono confidencial, como quien saca un abanico, abarcó varios asuntos simultáneamente —relacionaba unos con otros sólo mediante sonrisas significativas— y de esta manera me dio a conocer que era prima hermana del doctor; que creía que todos los que estaban allí, empezando por él mismo, eran locos; que el doctor era un genio y que todos abusaban de él, por su bondad; que en el amor era siempre mal pagado: “Habiendo tanto estúpido por ahí, quién va a ser capaz de tolerar mucho tiempo a un genio”; y que ella se había ofrecido a ayudarle, desde hacía un año, para organizar la consulta: “Y..., sobre todo, mijito, la cobranza, mira que este pobrecito vive en las nubes”. Entre una y otra frase intercaló preguntas para mi ficha de paciente, junto a otras mucho más personales nacidas de la simple curiosidad. Cuando obtuvo lo suyo, todo lo que estimó que yo podía darle, me acompañó hasta la sala, donde esperé de pie en el único rincón libre.
La sensación de anarquía y extravagancia que me había producido ver al psiquiatra un poco bebido, así como la cantidad de personas citadas a la misma hora, había aumentado al ver al grupo entrar a la consulta en tropel. En la sala de espera no habría cabido nadie más. Los asientos, cuatro sillas y una banqueta tapizadas en plástico, estaban ocupados por personas absolutamente dispares: en la punta de la banqueta se equilibraba un señor distinguido, de unos cincuenta años, con la apariencia de un exitoso arquitecto: leía con expresión seria una revista; junto a el una mujer fornida, de aspecto rústico, abrazaba a una sonrien¬te e inquieta gordita de quince años. La niña clavaba la vista intermi¬tentemente en uno u otro de los presentes. Cuando se fijó en mí noté que sus ojos vacíos no me observaban; tuve la certeza que su mirada pasaba a través mío y de la muralla en que me apoya¬ba, atrapada en un agujero de tiempo y espacio en el que todos estábamos contenidos.
A su lado, evitando volverse hacia ella, se había sentado medio despaturrado Diego Fernández, el sobrino de Francisco; de tanto en tanto me hacía guiños cómplices referidos a su vecina. Contra el otro muro, en la primera de las sillas, estaba sentada una mujer joven vestida de oficinista —con chaquetilla y minifalda ajustada— que lucía, con gesto casual, unas hermosas piernas. Nos miraba alternativamente a Diego y a mí con expresión amistosa; cada vez que hacía esto consultaba su reloj de pulsera —era una queja por la espera que compartíamos— y juntaba con fuerza los muslos, suspirando. A su izquierda, con expresión de mal humor, una señora mayor, maciza y empolvada, expelía un perfume vomitivo producido por la mezcla de cremas y otros afeites que se había aplicado; cada cinco minutos encendía un cigarrillo, le daba dos fumadas largas, tosía y lo apagaba dando golpes fuertes en el cenicero. La tercera silla la ocupaba otra mujer, muy flaca y tensa, que producía la impresión —en especial por su vestuario anticuado y el peinado— de ser una cuarentona profesora provinciana, aunque una observación detallada demostraba que era mucho más joven. Usaba gruesos anteojos que le daban una expresión extraviada.
En la última silla, junto a la puerta que daba al baño, se había instalado un estudiante; sujetaba una flauta dulce sobre las rodillas y no se estaba quieto, subiendo y bajando los talones como si llevara el ritmo de una música secreta. Cada cierto rato tomaba la flauta con ambas manos y se daba golpes intermitentes en las rodillas.
Se me fue pasando el tiempo de espera metiéndome dentro de mi dolor, analizando la expectativa de entrar, por fin, en una terapia psicológica. También me entretuve observando la ambientación: tres calabazas dentro de una paila de cobre en el rincón; una lámpara de pie, con la pantalla deteriorada, arrojaba una cálida luz sobre los numerosos cuadros que colgaban, sin marcos —la sola tela en su bastidor—, de los muros: la mayoría eran originales de pintores chilenos aún vivos. Un perfecto dibujo coloreado, seguramente de un esquizofrénico, con una dedicatoria —Al doctor y sus compañeros en La Nave— estaba colocado junto a un par de acuarelas infantiles en la secretaría.
La llegada del cura Arraiz me sacó de mis reflexiones. Él era un personaje importante para los universitarios. Mi opinión respecto a Van Root, al ver entrar allí al sacerdote, creció más aún. La interpretación que hice de la visita de Arraiz tenía una significación política; su reunión tan larga con el psiquiatra —luego de que salió de la consulta un turbado Felipe— estaría destinada a evaluar pasos a seguir entre los intelectuales de izquierda, programar acciones, asignar tareas... para la campaña presidencial de Salvador Allende.
La señora maciza completó la atmósfera de absurdo que reinaba en el lugar cuando se levantó bruscamente; con gran dignidad caminó hasta la puerta del baño y se metió adentro. Durante cerca de cinco minutos escuchamos la sinfonía más variada de ruidos estomacales, acompañada de suspiros y algunas interjecciones; luego el correr de agua del artefacto y unos segundos después ella apareció en la puerta, desafiante. Di media vuelta para evitar que viera mi expresión y salí al pasillo a continuar la espera. Diego me siguió.
—Esa vieja de mierda es la heredera única de P. K. B. —dijo cuando estuvimos afuera—. Siempre hace lo mismo: espera dos horas o más al Doktor; entra al baño cien veces y prodiga sus ruidos privados a los presentes. Quiere convencer a Francisco para que viva con ella... “¡Matrimonio en comunidad de bienes!”, le dice cuando él se va, a voz en cuello, todos los días —para completar su relato, Diego me pidió que lo acompañara por el pasillo hasta el ventanal que daba a la calle y me mostró abajo un flamante Cadillac El Dorado, estacionado frente al edificio—: Ése es su auto. El chofer la espera tomando coñac hasta que ella sale —me miró con una expresión de ironía cómplice—: Yo, en el caso del Doktor, aceptaría la propuesta. ¿En qué lo afecta? ¡Se convertiría en un potentado! —concluyó con una carcajada.
—¡Qué huevón cínico te gusta ser! —dije, y él rió con más fuerza.
—Eres amigo del Doktor, no cabe duda —celebró, y me miró con ojos brillantes.
Poco después vimos salir a Pedro Arraiz cabizbajo. Pasó al lado nuestro y al verme —he sido alumno suyo en dos seminarios del CEREN— apuró el paso, como si hubiera sido sorprendido en falta. “Adiós, padre Arraiz”, dije. Él se volvió y me hizo un gesto con la mano, sin detenerse. Su mirada —aumentadas de forma dramática las pupilas por los gruesos anteojos— era en extremo triste y desvalida; nunca lo vi así, ni siquiera en las fotos que mensualmente acompañaban sus artículos de la revista Propuestas.
Me hice el ánimo de esperar mi turno un par de horas más por lo menos, considerando la cantidad de gente que hacía antesala y el tiempo hasta ahora dedicado a Felipe y el cura Arraiz. Sin embargo, sólo un cuarto de hora después que éste, salió con paso rápido el señor distinguido. Diego me confirmó que era arquitecto: “Es un capo el tipo”, comentó después de que él se metió en el ascensor: “Hay barrios en Santiago en los que todos los edificios importantes han sido proyectados por él. Mi tío es el psiquiatra de los artistas, de los monjes, de los curas y de los locos locos... como la niñita esquizofrénica que está adentro... Te va a tocar conocer a mucha gente especial aquí”, y me miró con una sonrisa petulante, moviendo la cabeza. Lo vi como una foto reducida del Doktor: más bajo que éste —Diego mediría un metro setenta y ocho—, también era más delgado, pero se parecían en las facciones: nariz aguileña, frente alta y la misma barba. Sin duda, las mujeres intelectuales lo encontrarían el prototipo del hombre buenmozo. Pero en su mirada faltaba algo que era fundamental en la del psiquiatra: había en la de Diego una picardía sin chispa, que empezaba y terminaba en la pupila; una imitación.
Pese a mis cálculos pesimistas, la consulta del resto de la gente demoró aproximadamente diez minutos cada una, a excepción del flautista. Después de él salió la niña de la minifalda; recorrió todo el pasillo para llegar hasta nosotros:
—¿Tú eres Benjamín? —me preguntó, sonriéndonos a ambos—: El doctor me pidió que te avisara: que entres ahora.
Mientras ella se devolvía hasta el ascensor, Diego comentó en voz baja:
—¡Ricura, la Militza! Se acaba de recibir de abogada. Yo creo que anda loca por el Doktor... Mira las medias piernas que anda mostrando. ¡Exquisitas!
Caminé rápido. Diego me siguió sólo hasta la puerta del ascensor, donde se paseaba nerviosa Militza, y oí el inicio de su diálogo.
En la puerta de la consulta la señora maciza trataba de convencer a Rosita, de forma impositiva y taimada, para que la dejara entrar. La secretaria se veía pequeñita. Angustiada, se mantenía contra la puerta impidiéndole el paso; la mujerona atacaba de palabra y también empujando con su poderoso abdomen a la otra, intentando meterse, con Rosita y todo, por la puerta entreabierta:
—¡Francisco, me toca a mí, maldito! ¡Dile a tu prima que me deje entrar! —gritaba con el rostro congestionado.
—Usted no es paciente del doctor, no tiene hora —defendía Rosita y se agarraba con las dos manos del marco de la puerta. Al verme, la secretaria se alegró—: Es el turno de él —le informó a la maciza, mostrándome con expresión triunfal.
—¡Otro loquete infecto! —dijo ésta, y de mala gana se fue al baño nuevamente.
Francisco me recibió de una forma que me hizo sentirme muy bien; todo en él expresaba una especial alegría, como si entre deberes y compromisos hubiera estado esperando mi turno toda esa tarde.
Tenía entre las manos un atado de cartones brillantes, del tamaño de una hoja de carta, que puso sobre la mesa cuidadosamente. Me miraba con una sonrisa muy afable, dándome la sensación de que teníamos todo el tiempo del mundo para conversar. Cada cierto rato emitía una risita placentera, disfrutando el mero acto de estar ahí sentados uno frente al otro sin decir ni hacer nada. Mi incomodidad inicial se fue transformando en una sensación de bienestar pocas veces experimentada; se me vino desde adentro del cuerpo una sonrisa que luego explotó en franca risa, que el psiquiatra coreó.
Observando su rostro y su imagen, de pronto Francisco me resultó de una total familiaridad, como si lo hubiera conocido y compartido con él toda la vida.
—Me sacaron la cresta —dije después de mucho rato y de inmediato volvió el dolor desde el plexo a todo el cuerpo—. ¡Me enamoré... y me fue mal!
—¿No te querían?
—Creo que sí. Pero hay otras cosas... ella tiene problemas —y sentí de pronto mucha compasión sobre mi propio dolor. Se me estranguló la voz y comencé a llorar.
Francisco me observaba con una actitud física de severidad y exigencia que me extrañó en él: me evocaba a mi padre.
Me miró fijamente un largo rato.
Sin cambiar la expresión, dijo con dulzura:
—¡Bien, hijito mío, estás muy triste! ¡Sólo el llanto limpia el dolor!
Se levantó pausadamente y rodeó la mesa. De pie junto a mí, estuvo mucho tiempo dándome torpes golpecitos en la cabeza, que me recordaron la remota y única ocasión de mi infancia en que mi padre me consoló de una manera similar.



Por la tarde, como todos los días, cerca de las ocho, llega Adrianus van Root, mi padre. Saluda a mi mamá que está con nosotros en la sala. Después nos besa, uno por uno, en la frente, y cada vez repite: “¡Buenas!”. Deja sobre la mesa el diario de la tarde que trae bajo el brazo y va a lavarse las manos, lo que constituye parte del ritual de su regreso a casa.
Mi madre toma el periódico y recorre los titulares. Se refieren al avance de la guerra que empieza a favorecer a los aliados; notas sobre la próxima elección de regidores; el escándalo financiero relativo a fondos para la campaña presidencial derechista.
—Mamá, por favor, présteme un poquito la última página para ver “El Fantasma” y “Hoppalong Cassidy”. ¿Puede? —y dejo sobre el sillón El León de Damasco, de Salgari.
Mis hermanas Sara y Adriana juegan a las damas en el sofá, con el tablero instalado entre ellas. Catalina, sentada en la alfombra, desviste a sus muñecas para hacerlas dormir.
Vuelve mi padre y se queda inmóvil en el umbral. De pronto siento su mirada fija en mí y levanto la vista de las historietas. Su expresión es de furia cuando me dice:
—¡Usted, desordenado, desarmó el diario! ¿Qué se ha imaginado? —y agrega—. ¡Y miren cómo dejó el libro, despaturrado sobre el mueble!
—Perdóneme, Adrianus, la culpa es mía, yo le presté esa página —interviene mi madre, disculpándome. Se levanta del sillón con una sonrisa y se acerca a mí; le devuelvo las hojas y siento mucha pena. Ella me mira preocupada, mientras reconstituye con precisión el diario y lo entrega.
—Usted siempre lo defiende, María Ester —acusa él.
Observo un momento a mis padres de pie frente a mí: Adrianus, crítico y lejano, traspasándome con el odio de sus ojos grises; María Ester, sumisa y dolida. Bajo la vista y me quedo con la cara entre las manos, los codos sobre las rodillas, y no puedo contener el llanto, con un sentimiento en el que se mezclan la rabia y la impotencia.
—¡Llorar como mujercita no lo va a ayudar! —sentencia mi padre. Adriana y Sara cuchichean, malévolas, y siento que no soy amado por mi familia. La mamá toma suavemente el brazo de mi padre y lo invita a sentarse.
—No se agite, Adrianus —le ruega con cariño—. No le hace bien antes de comida. ¿A qué agregar a sus preocupaciones de la oficina, y a las de esta guerra que no termina nunca y que también nos afecta, problemas por mi descuido?
—Está bien, Ester —contesta ya calmado—. ¡Pero debo dar valores a este niño! Francisco... ¡es desordenado e informal! Por ese camino no irá a nada bueno... Sólo los hijos del rigor pueden ser, después, padres de sí mismos —y se sienta con movimientos perfectos en su sillón de cuero, completando la primera escena de la diaria ceremonia familiar.


Francisco se acariciaba la barba con pausados movimientos de la mano izquierda. Caminó lentamente hasta su escritorio y se sentó frente a mí. Me observó fijo un rato largo y por fin habló:
—El trabajo que vamos a iniciar es contra la muerte, pero no te sacará del infierno: busca ayudar a tu ángel... Aquí, en este lugar y en esta vuelta, a limpiar sus alas para que haga la experiencia en la vida material con un vuelo más libre... más potente. ¿Entiendes tú?
“Yo no soy religioso, Benjamín, ni pertenezco a creencia alguna: te lo advierto debido a la imagen que emplearé para explicarte mi vocación de vida: nací para aprender a... hacerme hijo de Dios... para realizar mi versión, diariamente actualizada frente a la múltiple condicionalidad de la existencia; para materializar mi interpretación de qué espera Dios de mí como ese posible hijo; mi creación. Un hijo un poco chucheta, si tú quieres; un hijo que quizás no aparecería como ejemplo en ninguna de las cofradías de nuestra cultura que podríamos enumerar. ¿Pero qué quieren? Vine a hacerme éste... Este hijo de Dios...
“Vivir no es otra cosa. No es cumplir un argumento socialmente dictado; no es aceptar unas pautas de conducta establecidas; no es guiarse, sin pasarlo a través de la propia sangre, por lo que se dice que está bien o está mal...
“Todas las noches y todas las mañanas escucho mi voz interna; y me recuerda, cada día, no desairar al Padre ni hacerle, en mí, un hijo cagón, mediocre, estereotípico, vendido y comprador. ¿Entiendes tú?
“Todos tus vicios y todas tus virtudes sólo son de Dios y de la vida si las asumes.
“En el caso común son lastre...
“Ninguna virtud ni ningún vicio sirven si no está el ser personal haciéndolos suyos: todo lo demás ‘es mentira y resignación’, como dice tu amigo Zaratustra. Todos tus vicios y todas tus virtudes son el metal en el crisol... son los hijos de los caminos recorridos por tu amor... En fin: ¡lo único que tienes!
“Si yo volviera a vivir y pudiera elegir, haría exacta y completamente la misma vida. No cambiaría uno solo de los hechos, de las circunstancias, ni de las decisiones que la han conformado. Pero vamos a lo que te interesa. Tu trabajo conmigo consistirá en desescribir en ti, hasta donde más puedas, el Libro de las Verdades Verdaderas. Es un millón de páginas, en siete tomos iguales... ¿Comprendes tú?
“Esta epopeya va más allá de tu... neurosis... que es un daño en el cuerpo... en partes finas y sutiles, ¡pero del cuerpo! ¡Va mucho más allá! Es sobre todo cósmica, ¿entiendes tú?
“Sólo tú puedes hacer esta tarea. Yo estaré disponible... con amor, Benjamín, pero afuera. Escuchándote, al acecho, observando, informado y atento: por ti, impidiendo cuando me sea posible tus propias mentiras, tus escapadas, tus vueltas a casa, tu aceptación de la muerte y no de la vida. Estaré silencioso y pendiente. Tú hablarás para ti y tendrás que aprender a hacerlo, aprender a escucharte: a acecharte. Evitarás, siempre, hablar para el médico.
“Pon en voz alta, para el trabajo, todos tus inconfesables. Tu miseria, los miedos y contradicciones, la oculta lascivia, tus traiciones y compulsiones. Sin adornos. Cuando te pida asociar libremente, déjate hablar de lo que venga. Cuando sientas que algo es ridículo, sin sentido, de poca importancia, ¡toma nota! Se tratará de algo fundamental, de pilares, cadenas o vigas de la estructura de tus defensas psicológicas. ¡Del Demonio mismo! ¿Entiendes tú?”
Y comenzó a reír con fuerza, alegre, sin dejar de mirarme con sus ojos brillantes y cómplices; como si yo comprendiera, igual que él, los motivos de la risa que lo acometía.
Entre la tristeza que me había invadido apareció de pronto, con las mejillas todavía húmedas por restos de lágrimas y saliendo no sé de cuál rincón infantil de mi alma que no visitaba desde hacía años, un niño riendo a carcajadas.
—Voy a pasarte el Rorschach ahora —me informó Francisco, y colocó su silla perpendicular a la mía. Encendió una lámpara de pie que había detrás de mí y tomó los cartones que tenía en la mano cuando entré.
—¿Conoces este test, Benjamín? Cuando yo te muestre cada lámina, debes decirme lo que tú ves en ella. No se trata de lograr buenas o malas respuestas, ¿entiendes tú? No hay competencia. Lo que veas, dilo...
Comenzó a mostrarme una por una las distintas figuras y yo improvisé: “Un baile, esto es una fiesta... los invitados danzan alrededor de la pareja principal. Las nubes, al fondo, sobre un cielo tan azul y limpio, indican que es primavera. En las mesitas laterales se ven las provisiones... chanchitos asados, lechugas, tomates y algunos guisos orientales. En la esquina, arriba, jaibas y centollas que los cocineros preparan sin dejar de bailar...”, y cosas por el estilo. En una lámina gris con grandes manchones rojos sentí miedo de la sangre y me costó asociar, pero luego apareció algo... y así seguí hasta la última.
—¡Está bien! —concluyó Francisco después de un rato largo durante el cual estuvo muy concentrado—. Tus respuestas corresponden a un “talentoso”. ¿Entiendes tú? Este grupo está metido en el mismo saco que la locura loca: aunque la bordea, se salva. ¡Hay un sentido de realidad! Pero estás más amarrado, Benjamín... ¡Más amarrado que no habiendo! Tienes, por decirlo así, bloqueados todos tus canales de comunicación afectiva. Tu inteligencia la utilizas casi por completo, en cada minuto, para adaptarte al mundo, a cada situación, ¿entiendes? Tu permanencia de Yo es continua, pero te resulta virtual tu espacio y tiempo, como si necesitaras recomponerte de nuevo a cada instante, reconstruir el mundo para apresarlo e incluirte en él... en cada situación de la vida diaria. ¡Jamás te has podido instalar en tierra firme! ¿Comprendes tú? Si te descuidas un instante, toda tu vinculación con el entorno desaparece... Pero tu Yo siempre está... ¿Entiendes?
—¿Eso nos pasa a todos? —consulté turbado.
—¡Hablo de ti! ¡No digo jamás generalidades! Un esquizofrénico no tiene permanencia del Yo, un psicópata no tiene conciencia afectiva del entorno. Tu caso es no poder cimentar la comunicación afectiva con el medio. ¿Entiendes? No tienes un teléfono con sus líneas y sus aparatajes... con su instalación permanente. Te comunicas por radio galena. ¿Comprendes? “¿Me escuchan? Cambio. Sí, aquí todo bien. Lo copio. Cambio. ¡Aquí Benjamín! ¡Aquí Benjamín! ¿Están ahí? Se fue la onda... Hay mucha intercepción. Cambio y fuera”.
Nos quedamos en silencio un buen rato; Francisco mirándome con bondad, yo tratando de entender su diagnóstico. Su calificación de “talentoso” me producía un sentimiento cercano al orgullo. “Talentoso” y “artista” se me hacían sinónimos, sin caer en la cuenta de que era un término utilizado por Rorschach para categorizar un tipo de condicionamiento psicológico: un grupo cuya característica es bordear la línea de la realidad.
Su segunda interpretación, referida a la comunicación afectiva —me tomó varios años acercarme prácticamente a ella—, me producía temor y dolor, sin comprenderla. Aunque yo no entendía cómo, ésta explicaba mi difícil facilidad en las relaciones interpersonales. Estaba, a fin de cuentas, en blanco. En lugar de solicitar más aclaraciones, derivé a las consultas formales:
—¿Cómo sigue esto después, Francisco?
—Iremos avanzando poco a poco. Tendrás que venir a tres sesiones semanales.
—No puedo pagar tus honorarios —le dije, cayendo en la realidad—. Soy estudiante, no tengo ingresos. Mi padre no va a estar dispuesto a asumir este gasto. ¡Quizás tenga que volver más adelante! —y me quedé callado, buscando alternativas. Yo había venido a la consulta esperando obtener una solución puntual a lo ocurrido con la Negra. Como quien dice, a hacerme una curación: póngame yodo, dos o tres puntos en la herida, una venda y vamos a casa a esperar que cierre bien el tajo. Pero el doctor, en lugar de hablar de eso, me había aplicado un test, había expuesto su filosofía terapéutica y me había propinado un críptico diagnóstico.
—Francisco —dije—, yo vine a consultarte porque sufrí ese golpe con la Negra. No me siento capaz de afrontarlo solo.
—Háblame de ello —me invitó con seriedad.
—Estoy enamorado como nunca. Y la Negra tiene problemas. Está en una situación de la que creo que no podrá salir nunca... Tiene compulsiones eróticas raras, con sus hermanos. ¡Creo que se prostituye!
A medida que hablaba, sentía que todo lo que decía se hacía irreal, imaginario. Pero junto a ello había la certeza de que demasiadas situaciones extrañas vividas con la Negra calzaban unas con otras, como en un puzzle que de pronto toma forma. Todo el dolor volvió entonces y deseé con fuerza que nada de lo dicho fuera cierto. Que sólo tuviera existencia en mi mente.
—Si la amas —me interrumpió el médico—, tienes la opción de aceptarla totalmente, sin críticas, tal y como es. Con todo. Asumirla. O bien, vivirte hasta el concho el dolor y dar la media vuelta: morderte y cancelar la situación. En eso nadie te puede ayudar. Non ridere, non ruggiere, non qui detestare... Sed intelligeri!
“Este problema nace de una vivencia... no fluye de tu psiquismo: fuiste de paseo al campo a cortar florcitas y ver mariposas... y de pronto la colina bucólica resulta ser un volcán y comienza la erupción. ¿Puede un psiquiatra ayudarte frente a eso, o mejores resultan tus propias piernas para ponerte a salvo? El volcán está fuera de ti. ¿Comprendes tú?
—¿Y si el volcán no existe más que en mi imaginación?
—¡En ese caso sería muy distinto! Un episodio delirante... una paranoia. Pero tu diagnóstico está lejos de eso. Lo que tú me relatas conforma para mí un cuadro de realidad. Efectivamente, la Negra sufre de compulsiones incestuosas y también, seguramente, se acuesta en los parques con el primer huevón que se le acerca en la calle. Y tú intuyes eso. Tu cuerpo lo sabe: tu alternativa es aceptarlo, porque amas, sin desear ni esperar un cambio de conducta; o arrancar a toda la velocidad que puedas.
—¡No sería capaz de vivir tanto dolor! —dije, con todo el cuerpo agarrotado y sintiendo que las palabras de Francisco entraban en mí como un ácido, haciendo doler el alma, el corazón y hasta los huesos. Mis testículos se recogieron y sentí como si me hubieran dado en ellos un puntapié—. ¡Es demasiado! —grité—. ¡Es demasiado duro!
—¡Te estoy hablando de manera muy directa! —dijo Francisco—. Porque tienes mucha fuerza: eres capaz de recibirlo. Quiero que no te quede duda de que tu problema no es la Negra ni su familia. ¿Me comprendes? Ése es un problema de la vida: tú sólo lo estás viviendo; depende de ti hacerlo tuyo o dejárselo a sus propios actores. Pero tu vida sí que es tu urgencia. En eso estoy habilitado para ayudarte y lo voy a hacer. ¡Te voy a ayudar a emerger! —vi humedecerse sus ojos—. Tu hora, de aquí en adelante: lunes, miércoles y viernes a las siete de la tarde. ¿Entiendes tú? —se levantó, dando por terminada la sesión.
—¿Y tus honorarios? —insistí—. ¿Cómo te voy a pagar?
—¡Has quedado seleccionado! —dijo, arrastrando las consonantes—. ¡Estás becado!



Subo lentamente la escala hacia mi dormitorio. Minutos después siento pasos y el ruido de la puerta de la pieza de mi hermana Sara.
En puntas de pies voy donde ella. Cierro la puerta y me quedo mirándola con simulado enojo. Está sentada al borde de la cama abriendo el cajón del velador y me recibe desafiante.
—¿Qué quiere usted ahora, Francisco?
—¿Cómo qué quiere usted ahora? —avanzo con una sonrisa dominante en los labios—. “¿Qué quiere usted ahora, Mi Amo?” Así se dice. ¿Entiende? —la tomo de los brazos—. ¡Repita, y pida perdón por esto... y por todo lo otro! ¿Ah?
—¡Ay, Francisco, que es tonto! No ve que me lastima...
—Y va a ser peor si no se disculpa... ¡y luego! ¿Entiende? —la remezco.
—Pero, ¿qué se cree usted?
—“¿Qué se cree usted, Mi Amo?”, así se dice. Repita.
—Oiga, ¿qué le pasa? ¿Está loco? —y me mira con expresión ambigua—. ¡Ya, suélteme!
—Discúlpese primero o le va a llegar —le doblo las muñecas.
Sara cae de espaldas sobre la cama arrastrándome.
—¡Ahora va a ver, niñita! —la amenazo, tendido sobre ella, afirmándole las manos con fuerza contra la almohada.
—¡Ay, Francisco! —se queja con voz sofocada—. Suélteme, ¿quiere? —y arquea el cuerpo debajo mío, tratando de liberarse.
—¡No, no y no! Mientras no pida perdón por andar hablando mal de mí. ¡Y sobre todo por sus coqueteos con el primo Dieguito!
—¡Ah, eso era! ¡Celos! ¿El primo es suyo, parece?
—Sí... ¿Y usted es de él? ¿Qué se ha creído, so mocosa casquivana?
—¡Yo soy mía propia! —contesta ella, y bajo el rubor de las mejillas asoma un gesto de placer orgulloso—. Soy mía y usted no tiene nada que meterse si converso o no con quien yo quiera...
—¿Ah, sí? ¡Insolente! Ahora sí que no va a sacar nada aunque pida perdón. Le voy a dar su merecido —y le demuestro mi poder balanceándome sobre ella.
—¡Ay, ay, Francisco, por favor!
Empuja fuerte con todo el cuerpo. Siento sus músculos, móviles como los de una gata. Pero su esfuerzo es de acogida: hace más íntimo el contacto.
—La voy a tener presa todo lo que quiera —murmuro entre dientes, apretándola contra la cama—. La voy a tener un año así, para que aprenda quién es el dueño —amenazo y me quedo quieto. Cada vez que ella hace fuerza, renuevo la tensión y luego me relajo. Sara respira por la boca, junto a mi oído, y ya no se resiste. Da un suspiro largo y siento su cuerpo distenderse bajo el mío. Su aliento tibio y perfumado en mi cuello me produce un placer desconocido hasta entonces. Ella cierra los ojos y al oír nuestras respiraciones jadeantes, al unísono, me invade una sensación muy dulce—. Pida perdón, Sarita —digo, y me extraña el sonido de mi propia voz, enronquecida.
—¡Nunca! —contesta ella, también con una voz diferente y que me llega muy tierna y tibia.
Entonces, sin saber por qué, la beso en la mejilla y luego me levanto y salgo corriendo de la pieza, diciéndole, como desde otra persona:
—Bueno, ya, la perdono —y lo que más me choca de mí mismo es que, al final, la llamo—: ¡Linda! —y al volverme, antes de cerrar la puerta, la veo sentada al borde de la cama, con los labios entreabiertos en una rara sonrisa.
La misma sonrisa que me produce ternura después, al verla frente a mí en la mesa familiar durante la comida. Se turba al cruzarse nuestras miradas, pese a que evita mis ojos. Cuando hago algún comentario divertido mi hermana ríe más que los otros y me mira orgullosa.
—Adrianus, hoy día hay una audición de “Amigos del Arte” —informa mi madre—. Una alumna de Consuelo Guzmán va a cantar piezas para soprano de Bach, Schumann y Debussy.
—¡Qué bien! —celebra mi padre y termina de beber otro vaso de vino—. Me agradan las voces femeninas.
—Es a las diez, en la Radio del Pacifico —precisa mi mamá, y le sirve más vino. Luego se queda pensativa mirando a Sara—. ¡Usted está muy linda! —le dice por fin a mi hermana—. ¿Pero qué le pasó? ¿Estuvo llorando, que está tan rosadita?
Ella se pone roja.
—¡No, mamá! ¡Puede ser por el calor! No sé... —y se le va la mirada hacia mí antes de bajar los ojos y quedar en silencio, azorada.
—¡Mire, ve! —comenta mi madre—. Tan niña todavía, y uno pensaría que la visita de Dieguito esta tarde la emocionó —y al volverse con un gesto de celebración hacia papá, que acaba de tomar con cuidado el vaso entre sus dedos para beber, mi mamá no encuentra más respuesta que una negación con la cabeza.
Terminada la comida nos despiden y pasan a la sala para escuchar el programa.
Adrianus, mi padre, se instala en su sillón con una copa de coñac y un libro de Sabatini. Tiene las mejillas algo enrojecidas y el gesto relajado. Mi madre, sentada junto a la radio, lee a la Yourcenar. Bebe a sorbitos un vaso de jerez.
Me tiendo en la cama y me invaden sentimientos contradictorios. Junto a la emoción nueva, de confusa ternura, experimentada hacia mi hermana, hay un dolor siempre presente.
“¿Por qué no me quiere, papá?”, pregunto a media voz. “¿De qué me acusa? Cuando entró al baño el otro día, usted, sin mirarme siquiera, sin saber qué estaba yo haciendo, dijo: ‘¡No se masturbe, hijo!’ Y después salió muy rápido, como si arrancara; no alcancé ni a verlo y usted ya había salido... Cuando me caí del árbol, usted sólo se mostró preocupado por mis ‘permanentes locuras’, y no por el golpe que me había dado en la cabeza.”
Por la ventana veo los árboles de la calle a la débil luz de los faroles. Sopla a intervalos, desde el sur, un viento suave que hace volar algunas hojas amarillas cuyas figuras se recortan contra la noche, girando.
Voy en puntillas hasta la pieza de mi hermana. La luz está apagada y la atmósfera que se cuela por la ventana es la misma de mi dormitorio. En la medialuz que viene de afuera veo a Sara incorporarse, extrañada. La hago callar con el índice sobre los labios y cierro la puerta. Me siento al borde de la cama y en silencio miro por la ventana.
—¿Qué pasa ahora? ¿Quiere otra lucha? —pregunta ella en voz baja, con los labios entreabiertos en la misma sonrisa de antes.
—Me sentía solo... Quiero conversar.
—¡Qué novedad! ¿Desde cuándo que le dan ganas de conversar conmigo? —y se pone roja como un tomate.
—Bueno, ya ve que estoy aquí —digo, ignorando el tono irónico de mi hermana—. ¿Se fijó en lo que pasó antes con el papá, que se enojó porque tomé el diario?
—Sí, claro. Con la Adriana nos reímos de usted para vengarnos de sus pesadeces.
—Eso no importa. Pero, ¿ha notado que siempre las agarra conmigo?
—No es para tanto. Es que el papá tiene un carácter serio.
—¡A mí me duele mucho! —le digo y me invade la tristeza—. Parece que usted no se ha dado cuenta de que, siempre, el papá me encuentra todo mal.
—Bueno. Que lo reta seguido, es cierto. Es que usted es bien loco también, y yo creo que eso lo preocupa a él.
—Lo que pasa es que me odia. Todo lo mío para él es insuficiente; haga lo que haga, me ve como alguien en quien no se puede confiar: un inoportuno, impertinente, abusivo, desordenado, sucio, insolente, rebelde, atropellador. ¡Un fracaso!
A medida que hablo mi voz se estrangula; de pronto no puedo seguir y brota un llanto silencioso. Sara, sorprendida, exclama:
—Nunca creí que usted pudiera llorar hablando conmigo. Es siempre tan alegre y fuerte.
Me observa sin reaccionar; pero luego, de un golpe, el corazón se le recoge haciendo propio mi sentimiento y se incorpora. Tras un momento de confusión, toma mi cabeza y la atrae contra su pecho.
—¡Yo..., yo sí lo quiero a usted, Francisco! —me dice con fuerza y también comienza a llorar—. ¡Todos lo queremos! —y acaricia mi pelo con movimientos torpes—. ¡El papá también lo quiere mucho, no crea que no!
Desde una nueva perspectiva veo cómo los árboles de la calle siguen soltando sus hojas color sepia. En suaves remolinos caen hacia la noche.
—Es que el papá no ve mi cariño, mi necesidad de parecerle bien... de que me quiera —digo después de un largo silencio.
Mientras hablo con voz entrecortada, Sara acaricia mi pelo suavemente y dice bajito:
—No ve, pues, no ve...
Permanecemos en silencio por un tiempo largo, hasta que me enderezo y tomándole las manos la miro profundamente.
—Buenas noches, hermana —murmuro desde la puerta. Voy a mi dormitorio y mirando por la ventana hacia la noche me hago un propósito: “¡Prometo ser amigo de mis hijos!”
Antes de dormirme, a través de la puerta entreabierta, me llega desde la sala en el primer piso el diálogo de mis padres en sordina, mezclado al sonido de la música que acompaña el canto nostálgico de una voz de mujer.
El paisaje nocturno que se ha colgado de la ventana da la certeza de que el otoño ha comenzado, sin aviso, hace tiempo.



Francisco salió de su oficina antes que yo. Cuando lo alcancé en la puerta, la mujer maciza le había saltado encima, haciéndolo tambalear.
—¡Ahora sí que es mi turno! —dijo ella con júbilo. A sus espaldas, tratando de sujetarla, Rosita miraba compungida. Desde la sala de espera se oía la risa de Diego.
Francisco pasó su brazo por la cintura de la mujerona y la apretó con fuerza:
—¡Ya, mijita! ¡Tranquilita! —pronunció con calma, sonriente—. ¡Me va a tener que disculpar hoy día! Debo irme de inmediato; no voy a poder atenderla.
Observé en primer plano ese rostro granate y pude ver los estados de ánimo por los que atravesó: de la alegría inicial cuando vio aparecer al psiquiatra pasó a la furia más maligna y, de pronto, sin transición, al llanto. Escondiendo la cara en el pecho de Francisco, emitía potentes sollozos que la estremecían por completo:
—Tienes que venir conmigo, desalmado. Te he esperado tres horas. Ordené una comida exquisita para ti... —decía, entre suplicante e imperativa—. ¡Centollas y después filete a la pimienta! —y seductora, insinuando la tentación—: ¡Un Rhin a la piedra acompañando lo primero, y después Cabernet Sauvignon con la carne! ¡Todos cosecha del año 60! ¡Maldito! —terminó y sacando un pañuelo limpió sus lágrimas. Después se sonó ruidosamente.
Sin soltarla, Francisco fue hasta la sala de espera. Allí sólo estaban su sobrino Diego y la joven vestida de oficinista.
—¡Ah! Militza —exclamó alegre el médico al verla, antes de anunciar—: Vamos a ir cerrando el boliche.
Los dos jóvenes se levantaron. Diego apagó la luz al salir con Militza detrás del doctor. Éste todavía abrazaba a la mujerona, sin dejar de sonreír. En la recepción, mientras se ponía el abrigo, Rosita se quejó —me dio la impresión de que había celos en su crítica— de la insistencia de “esta señora”, personaje que seguía hipando y caminaba con la cabeza apoyada en el pecho de Francisco; éste la sostenía por la cintura, soltándola de vez en cuando para propinarle unas suaves palmaditas en las nalgas: “¡Éste sí que es un buen popito! ¡No ve, pues! ¡No ve que es deliciosa, mijita!”, le decía con cariñosa entonación de galán pueblerino, provocando la risas sofocadas de Diego y Militza.
Pero el psiquiatra, imperturbable, sonreía amorosamente, y salió al pasillo abrazándola de la misma forma. Detrás de ellos, Militza, Diego y yo.
Rosita, que se había quedado atrás echando llave a la oficina, nos alcanzó en el ascensor. Al subir a éste, Francisco le pasó el brazo libre por la cintura. Ella enrojeció, suspirando: “¡Ay, Francisco, tan loco que es!” Así llevó a las dos mujeres hasta el Cadillac. El chofer corrió a abrir la puerta trasera del auto, con una sonrisa que no disimulaba su incipiente ebriedad.
—¡Mijita! En vez de comer conmigo, llévese a la Rosita y gocen sus centollas. ¡Por desgracia tengo otro compromiso ahora! —se disculpó Francisco, amable pero firme, y empujó a las mujeres dentro del auto.
—¿Crees que no sé que tu famosa Rosita, además de ser tu prima, es tu amante? —gritó la señora—. ¡Pero me da lo mismo! Te la acepto. ¡Podemos vivir los tres juntos! Vente conmigo... ¡Casémosnos de una vez por todas! Estoy muy sola y tú eres el hombre de mi vida... ¡Maldito! ¿De acuerdo?
El chofer intentó cerrar la puerta pero ella lo impidió, gritándole furiosa:
—¡Deja, curado de mierda! ¿Creís que no me doy cuenta de que te tomái un par de petacas de coñac mientras me esperas? —y luego, mirando suplicante a Francisco—: Después de tu compromiso: ¿te vas a mi casa? ¡Voy a estar con tu Rosita! ¿Me lo prometes? No importa la hora... ¡Te tendremos la cama calientita!
El psiquiatra no respondió. Había metido medio cuerpo dentro del auto y estaba recostado sobre la enorme mujer. Me pareció que le tomaba los pechos con ambas manos y la acariciaba delicadamente. Ella echó la cabeza hacia atrás, con la boca abierta, como si experimentara un desmayo de placer. Francisco se enderezó y cerró la puerta. El chofer corrió a su lugar y pronto el auto avanzó rápido por Ismael Valdés Vergara. La mujer seguía con la cabeza echada hacia atrás sobre el respaldo; quedó en mi pupila su rostro ahora pálido y bondadoso, distendido en una expresión de éxtasis; ocre contra el rojo del tapiz, enmarcado por los negros y el oliva del Parque Forestal de atardecer.
Asomada a la ventana trasera, como una colegiala, Rosita hacía señas de despedida.



—¡Cobarde! ¡Asqueroso cobarde! —dijo Pedro Arraiz frente al espejo.
Odió su rostro tenso y esos ojos tristes aumentados por los gruesos lentes que se quitó de un manotazo, dejándolos en la repisa sobre el lavatorio.
Abrió la llave de agua fría y se refregó la cara con violencia.
Levantando la vista vio, ahora borrosa, su figura en el espejo: los hombros desnudos, angulosos, la oscuridad de la tupida barba crecida durante el día contrastando con el amarillo oscuro de la piel del rostro y el pecho.
Se puso los anteojos y estuvo un rato inmóvil, observando su imagen. Desabrochó cuidadosamente el cinturón y luego, con fuerza, desamarró el alambre de finas púas de acero que rodeaba su cintura, con el que diariamente hacía penitencia. Una intensa huella roja, formada por pequeñas heridas, dividía en dos el tronco.
Tomó un libro que había dejado en la repisa y mirándose al espejo recitó en voz alta, pronunciando con fervor cada frase: “Y para mortificar y apaciguar las cuatro grandes pasiones que son gozo, esperanza, temor y dolor, de cuya concordia y pacificación salen estos y los demás bienes, es total remedio lo que sigue, y de gran merecimiento y causa de grandes virtudes”.
Hizo una larga pausa, tapándose el rostro con el libro, antes de continuar:
“Procure siempre inclinarme:
no a lo más fácil, sino a lo más dificultoso;
no a lo más sabroso, sino a lo más desabrido;
no a lo más gustoso, sino antes a lo que da menos gusto;
no a lo que es descanso, sino a lo trabajoso;
no a lo que es consuelo, sino antes al desconsuelo;
no a lo más, sino a lo menos;
no a lo más alto y precioso, sino a lo más bajo y despreciado;
no a lo que es querer algo, sino a no querer nada;
no andar buscando lo mejor de las cosas temporales, sino lo peor y desear entrar en toda desnudez y vacío y pobreza por Cristo de todo cuanto hay en el mundo.”1
Cuando terminó de leer permaneció mucho rato de pie en el mismo lugar.
Estaba llorando.
Salió del baño lentamente.
En el pequeño dormitorio las paredes desnudas sólo acogían un crucifijo sobre la cabecera de la cama. Junto a ésta el velador; al frente el escritorio, que Pedro abrió para dejar el libro. En el interior guardaba la máquina de escribir, papel, y varios números de la revista Propuestas. Al fondo, como escondidos, una botella de whisky y un vaso, que Arraiz tomó vacilante.
Sentado en la cama destapó la botella, quitando cuidadosamente el papel estañado. Llenó el vaso hasta el tope pero no bebió sino que, dejando todo en el velador, se levantó y comenzó a pasear a grandes zancadas, entre uno y otro muro, por la habitación.
Mucho después se detuvo y respirando agitado cogió el vaso. De un trago largo se tomó todo el contenido.
Al cabo de unos minutos volvió a llenar el vaso hasta el borde y bebió.

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(1) San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo.







Una vez que el Cadillac se perdió por Ismael Valdés Vergara hacia arriba, nos quedamos los cuatro junto a la vereda, mirándonos. Yo inicié la despedida, pero Francisco quería que conversáramos, con él y Diego, sobre un asunto que le interesaba.
Cuando Militza, a su vez, anunció que se iba, el psiquiatra la incluyó en la invitación: “¡Me interesa la opinión de gente joven! Por favor, Militza, acompáñanos. ¿No tienes alguna cita ahora, verdad?” Ella, ruborizándose, aceptó.
—Vamos a la Hostería de Providencia —dijo Francisco—. Yo los llevo: tengo el auto aquí mismo —y señaló un pequeño Volkswagen bastante aporreado.
No demoramos en darnos cuenta de que Francisco manejaba a poca velocidad, con la misma actitud calmada con que buscó las llaves de su consulta al llegar por la tarde y, además, sin darle la menor importancia al intenso tráfico de vehículos en la avenida. Conducía en una mesurada diagonal de manera tal que, a pesar de salir desde el Parque Forestal hacia arriba por la primera pista de la derecha, al llegar a la Plaza Italia, dos cuadras más adelante, estaba pegado a la cuneta de la izquierda esperando la luz verde del semáforo. Reinició su marcha lenta y poco después, cuando pasamos frente a la Clínica Santa María, estaba otra vez pegado a la derecha; enmendó el rumbo y me resultó evidente que conducía en perfecta línea recta pero manteniendo rigurosamente un pequeño ángulo respecto al eje de la calzada. Los demás vehículos nos adelantaban como bólidos y, con gestos de furia de los conductores, se nos cruzaban de mala fe para demostrar lo inadecuado de la velocidad y de la trayectoria que mantenía Francisco. Éste no se inmutaba —tal como mister Magoo— y, cada vez que daba vuelta no sólo la cabeza sino el cuerpo entero hacia el asiento posterior, en el que íbamos Diego y yo, comentaba: “¡La gente está cada vez más loca para manejar!” O bien: “¡Ese tipo va apurado a su casa! ¡A ver si logra sorprender a su señora con Mr. Black Feet!” Y luego reía mirando a Militza, sentada junto a él.
A la altura de las Torres de Tajamar había alcanzado de nuevo el borde izquierdo de la avenida y entonces, cambiando el rumbo, enfiló hacia el costado opuesto. De esa forma, entre frenadas, cruzadas bruscas y garabatos de los automovilistas, tres cuadras al oriente tomó por Antonio Bellet hasta Providencia donde estacionó, con enorme alivio nuestro, justo frente a la Hostería de Providencia.
La entrada al bar fue una especie de ceremonial. Desde todas las mesas saludaban a Francisco, pero, más aún, de la mayoría de éstas se levantaban los contertulios y venían a abrazarlo, acto en el que el psiquiatra desplegaba una parsimonia sólo comparable al afecto que prodigaba. Eran unos abrazos llenos de apretones, caricias en la cabeza, frases afectuosas, como si se tratara de un reencuentro después de muchos meses de ausencia. Tras cada saludo Francisco nos presentaba largamente, abrazándonos también antes de entregarnos al amigo en cuestión, el que entonces nos estrechaba también con calidez.
Primero introducía galantemente a Militza: “¡Mi amiga abogada: Militza!”. Después a mí, en tono pausado y con gran propiedad: “¡Mi amigo artista y arquitecto! Es muy... muy inteligente y sensible, ¿entiendes tú? ¡Benjamín!” Al final le tocaba a Diego: “¡Mi hijo Diego! Tú a él lo conocías, ¿verdad? De mi hermana Sara... ¿Mmmm?”.
Por fin nos instalamos en una mesa. Apenas terminaron de despedirse de Francisco dos señores que lo habían seguido —le agradecían sus indicaciones médicas, y lo informaban de los avances en sus estados de salud—, ordenamos nuestros tragos. El psiquiatra me anunció con gran formalidad que yo era su invitado:
—“Los estudiantes son pobres”: Libro de las Verdades Verdaderas, tomo séptimo, página 857.142 —dijo admonitorio, y guardó silencio por un largo rato.
Militza, Diego y yo bebimos en silencio, a la espera de que el psiquiatra saliera de su apacible meditación.
—Si humo hay, fuego hubo —sentenció por fin Francisco, como hablando para sí mismo. Después de otro largo silencio y con la misma entonación agregó—: ¡Cuando el buey pasa, huellas deja!
Diego nos dedicó una sonrisa de complicidad. Militza miraba al psiquiatra con ojos húmedos y llenos de admiración. Inconscientemente apretaba los muslos, suspirando.
—¡Si humo hay, fuego hubo! —repitió ella después, solemne, y despejó su larga cabellera rubia.







Esa noche Pedro Arraiz soñó que estaba muy enfermo. Había sido internado en una clínica pues debían extirparle un tumor que se le había desarrollado, como una vara gruesa, por delante de la columna entre el coxis y el cuello. La doctora lo tranquilizaba: “Es una operación simple, padre. Voy a anestesiarlo ahora, no se asuste”, y se le tendió encima, desnuda.
Él sintió la erección del pene, a través del cual sería extraído el tumor.
“Debo dar succiones ahora”, dijo la doctora con entonación profesional. “Esto es por Kundalini”, y tomando el miembro entre sus labios y ambas manos, aplicaba masaje, tirando rítmicamente hacia afuera: “No junte las piernas”, le advirtió.
Entonces Pedro sintió un cosquilleo hondo en el vientre y luego una suave descarga eléctrica que lo hizo despertar. Transpiraba copiosamente, angustiado, sin atinar a comprender dónde estaba, si en el cielo o en el infierno.
Encendió la luz y tomó sus anteojos.
Los detalles familiares lograron traerlo a la realidad; entre la bruma de la borrachera, pudo percibir el velador sobre el que descansaba la botella de whisky, ahora vacía, y el vaso junto a su cuaderno; al frente el escritorio; su ropa colgando del respaldo de la silla.
—¡No puedo más, Dios mío! ¡No puedo más! —gritó y corrió trastabillando hacia el baño.
Se desnudó y tiritando se metió bajo la ducha fría.




Felipe está silencioso y evade la mirada del psiquiatra.
—¿Cómo has estado, monstruo apocalíptico? —dice por fin Francisco.
—Me siento muy deprimido. He pasado el día apenas. Estoy podrido, rabioso... apenado también; y al mismo tiempo ansioso... como si esperara que algo muy especial pudiera ocurrir en cualquier momento —responde Felipe, metiendo la cabeza entre las manos para evitar definitivamente todo diálogo. Pero después de un largo rato agrega, inseguro—: Creo que es a causa del sueño que tuve anoche.
El médico se anima. Sonríe aprobatorio:
—Me agradaría escucharlo. Tú siempre has mostrado dificultad para recordar tus sueños, ¿no?
—Soñé con mi madre —confiesa Felipe en voz baja, muy confuso—. ¡Quizás otro día lo podamos trabajar! —termina evasivo.
—¡Decídelo tú! Yo soy sólo el analista, Felipe.
—Es que me cuesta mucho... Creo que es un sueño con algún contenido... no sé... ¡Terminó en forma húmeda! —dice por fin, eufemísticamente.
—¿Te measte? —pregunta el médico, haciéndose el tonto.
—¡No, Doktor! Fue un sueño... erótico —y luego de una larga pausa—: Estoy en la antigua casa de mis padres. Miro al fondo de la quinta, detrás de las conejeras, y me extraña ver que han crecido, como un bosque enmarañado, miles de higueras junto a la de mi infancia, la que siempre estuvo allí; forman un túnel pulposo y perfumado. El suelo está cubierto de pasto húmedo. Hay muchos tipos de hierbas; también veo higos caídos de los árboles, tibios y abiertos por el centro en una rajadura sonrosada que pone tonalidad de color carne en esa caverna de follaje. Siento la compulsión de penetrar allí; es tan fuerte que mi respiración se traba, el pecho me queda lleno de una masa dura de aire que empuja mis costillas hacia afuera hasta hacerme doler. Corro hacia la entrada y voy juntando saliva: quiero escupir en el interior, derramarme y hacerme dueño, de esa forma, del lugar. Como un imán poderoso me arrastra hacia adentro el aroma de higos, cilantro y menta. Hasta tal punto es fuerte y acre el perfume, que siento un mareo delicioso y pierdo la cabeza... ahora soy sólo cuerpo y sonrisa, no hay pensamientos; soy una flecha, un pájaro, un animal sagrado que vuelve palpitando a su guarida.
“Pero entonces me paraliza el terror: una enorme sombra ha caído de pronto sobre mí; el roble del fondo del jardín, siempre oculto tras la higuera, me cierra el paso. Asoma amenazante sobre las copas de los árboles. El pánico me tira de bruces justo a la entrada de la cueva. Estoy temblando de miedo y de odio. De pronto cojo un higo que está junto a mi rostro sobre el césped y paso la lengua por su abertura rosada y jugosa. Eso me produce placer; el aroma y el sabor de la fruta me inundan de coraje.
“Levanto la vista hacia el árbol y percibo junto a mí unos pies muy blancos. Con alegría descubro que son los de mi madre. Ella está desnuda frente a la caverna. Su piel es sonrosada, firme como la de una fruta, y el vello de su pubis, que su mano no oculta totalmente, es rubio y húmedo. Sus labios entreabiertos sonríen acogedores cuando levanta la mano y señala el bosquecillo: ‘Grussgott!’, saluda cariñosa, antes de advertirme: ‘¡Tú no puedes entrar ahí!’, y frunce el ceño indicando el gran árbol. En ese instante me invade un odio frío y corrosivo: hacia ella, hacia esa cueva, hacia el jardín; pero, por sobre todo, mi sentimiento es contra el maldito roble. Me levanto y haciendo a un lado de un manotazo a mi madre me interno entre las higueras. Llevo aún entre mis dedos el tibio fruto abierto. Gritando corro hasta llegar al gran árbol. Busco mi puñal y no lo tengo... Me hago cargo entonces, furioso, de que nunca tuve un puñal Pero noto que el higo dulce, que aún conservo en mi mano, ha crecido y es ahora un garrote con el que ataco al enemigo, dando aullidos de fiera en celo.
“Me voy por atrás de él y con repugnancia veo que, en medio de las raíces, hay un asqueroso agujero, una abertura carnosa, sonrosada y muscular: es oscuro, protegido por musgo y ortigas pestilentes. Sin pensarlo más, penetrante y viril, introduzco allí, con fuerza, mi arma, hiriendo al árbol en el núcleo mismo de su vitalidad.
“Mientras mi cuerpo se estremece de placer, veo que el roble se ha convertido ahora en otra higuera de mi bosque. De pie, por unos momentos erecto y poderoso, riego los árboles con el jugo que brota de mi garrote; hasta que me invade el mismo terror de antes: me he transformado súbitamente en una fruta sonrosada de la higuera.
“Despierto angustiado y culpable, todavía en medio del orgasmo.”
Ambos hombres se quedan en silencio mucho rato, pensativo el psiquiatra, visiblemente angustiado Felipe. Por fin el primero habla:
—¿Qué te dice tu sueño, Felipe? ¿Tienes una interpretación?
—Me deja en blanco... Lo que me choca es el orgasmo del final. ¿Es entonces un sueño erótico?
—Dime qué sientes respecto a eso...
—Me da miedo... ¡Más que ver a mi madre desnuda en el sueño, me asusta ese orgasmo fuera de contexto!
—¿No lo ha producido ella, acaso? ¿Ella no es el roble? —termina con un dejo de malicia.
—¡No lo sé! —grita Felipe—. ¡Ojalá! ¡Pero mi madre había desaparecido mucho antes! Cuando entro en la cueva, ella se borra, queda atrás...
—¿Junto con tu padre? —pregunta con inocencia Francisco.
—¡Mi padre no está en el sueño! —afirma tajante Felipe. Su frente se humedece.
—¿Sí? ¿No estará implícitamente presente? ¿No podría ser él quien te aterroriza?
Felipe ríe a carcajadas ante la idea, con ironía, despreciando la estupidez del médico. Afirma desafiante:
—Mi padre es insignificante... ¡Ese pequeño Führer de un metro con cincuenta y ocho centímetros de estatura! —y ríe hasta que le salen lágrimas. Está muy pálido y transpira copiosamente—: ¡Ese diminuto tirano! —concluye rabioso y se queda mirando a Francisco van Root, a la espera de su palabra definitiva.
El psiquiatra está mudo y su expresión se hace muy triste, como si estuviera recordando una dolorosa experiencia. Por fin habla lentamente:
—¡Te envidio ese pequeño padre! Yo soy un tipo más bien alto, pero el holandés Adrianus van Root mide un metro noventa: mi padre siempre fue y será más grande que yo. ¿Comprendes tú qué pene? Y mi madre, la coqueta: seductora conmigo... ¿Entiendes? He vivido entre dos fuegos... Odio y añoranza del ausente padre; el amor-odio a la inalcanzable y prohibida... El temor a la homosexualidad... Nunca saber si me estoy cagando o me estoy meando... ¡Ése es el temor a la homosexualidad!
Felipe levanta la vista y se queda mirándolo fijamente, desafiante. Por fin habla:
—Yo a eso no le tengo temor alguno. Estoy dispuesto a asumir lo que sea, no tengas duda en decirme la verdad. ¿Soy homosexual, al fin?
Francisco ríe sin ironía, afectuosamente:
—¡Por favor! ¿Quieres un certificado? No es un problema de diagnóstico. No esperes que el psiquiatra o cualquier otra persona... ni el propio Fernando Lara... te entregue la etiqueta. Yo, con propiedad y de manera responsable, no podría decirte nada, Felipe. Jamás hago afirmaciones respecto de lo que no conozco. Tu filiación sexual, amorosa, tu impulso erótico, son aspectos que sólo tú puedes develar. Y asumir, como dices. Mi experiencia clínica sólo permite afirmar que en nuestra delicada sexualidad masculina es común que estén presentes varios fantasmas: nostalgia del padre siempre ausente y horror al castigo que nos aplicará el macho anciano; ambivalencia frente a la mujer: deseado y prohibido objeto amoroso; entonces vienen el odio y el amor simultáneos a la madre inalcanzable; el temor a ser homosexual; el miedo a la disfunción, el hombre no puede fingir en estas materias... ¿Entiendes tú? Nuestra sexualidad de varones... vale decir, y sólo eso: sexo exterior, visible en su gloria pero también en su miseria, es más delicada y virtual que no habiendo... El mito del macho recio que la cultura inscribe en el mentiroso Libro de las Verdades Verdaderas, ya probó Sansón en carne propia que no es válido; también Aquiles lo experimentó, al percatarse, ya demasiado tarde, de que por atrás era... tenía... el talón vulnerable.
“Edipo Rey, por su parte, cometió un involuntario y grave error.
“Pienso que Superman lo tiene muy cortito; delgado y flexible como un estambre. Dicen que se le puso así por respeto a Luisa Lane. ¿Comprendes? También por algún temor a Jor-El, su padre, al que sólo conoció a través de una pantalla espacial, y quien allá en su infancia, desde Krypton, le hizo llegar una grabación en un huevo de plomo parlante: ‘Los hombres no lloran, no se tocan la tula, no juegan con muñecas. ¡Ni menos con mujeres!’ Por eso él sólo hace el amor por deporte: con Batman y con otros superhéroes que no le envidian sus poderes... ¿Entiendes tú?
“Ese roble, siempre escondido y por eso ausente en tus juegos de jardín, está ahora al centro, dominando el bosquecillo de higueras que ha dejado de pertenecerte; el terror se vuelve ira y tú lo castigas. Valientemente... Tu impronta es la valentía. No has traído tu puñal. ¿Nunca lo tuviste? Le das, entonces, por atrás, por ese agujero carnoso y muscular, con ese garrote que has encontrado, ese higo convertido en arma, en el punto más débil: en su talón de Aquiles y, producto del castigo, o en medio de éste, ambos se convierten en lo mismo: él en higuera y tú en su fruto —Francisco mira angustiado al joven—. ¡Hasta yo estoy que acabo, mijito! —concluye, imitando, con talento de mimo, a un gorila jadeante.
Felipe comienza a reír de manera incontrolada, con grandes carcajadas que lo estremecen en la silla...


Durante el siguiente año mi terapia —día por medio— se realizaría cada sesión: primero en el diván o frente a frente, en la consulta del psiquiatra, o bien paseándonos por el Parque Forestal y después, prácticamente siempre, en la Hostería de Providencia, a un promedio de tres gin-con-gin por sesión —todos con cargo a la cuenta de Francisco van Root—, repitiéndose cada vez la misma ceremonia de saludos y presentaciones: “¡Mi amigo artista y arquitecto! Es muy inteligente y sensible, ¿entiendes tú? ¡Benjamín!” A veces agregaba: “Es para mí como un hijo... ¡o un hermano!, ¿comprendes?”, y siempre había abrazos, informes de salud, diagnósticos médicos a lo amigo y las consiguientes recetas. Eran comunes, cuando estábamos solos, los largos silencios de Francisco, pero éstos no me resultaban incómodos: al contrario, me sentía acogido totalmente, sin necesidad de que yo me activara para satisfacer alguna expectativa de su parte. Su mirada lúcida y tranquila, llena de afecto, hacía que me sintiera perteneciendo a algo, no sabía bien a qué. Después de algunos meses me di cuenta de que —tal como el perro viejo enseña en la práctica al nuevo, levantando con propiedad la pata junto al árbol—, poco a poco e inadvertidamente, fui aprendiendo de él a tocar a las personas, a abrazar a hombres y mujeres como algo natural y sin otro significado que un acercamiento humano, físico —eso que está prohibido en nuestra cultura, que denomina a esas conductas “sobajeo” o “toqueteo”... y “besuqueo” a no dar el beso de saludo al aire sino a la persona—, y a tomar la mano, el brazo, el hombro o la cintura de los otros, como hacía uno en el Kindergarten antes de ser enseñado a reprimir toda demostración de afecto. También noté que había empezado a mirar sin dureza a los ojos, y a dejar al cariño asomarse en la sonrisa. En estas sesiones de silencio en la Hostería yo siempre estaba a la expectativa de que ahora sí vendría una interpretación, pero Francisco sólo repetía admonitoriamente: “Si humo hay... fuego hubo...” O bien: “Cuando el buey pasa... huellas deja...” Y también: “Benjamín, non ridere... non ruggiere... non qui detestare: sed intelligeri!”
Había otro parlamento frecuente, éste en tono de confidencia: “Fíjate, Benjamín, que tengo un teléfono comunicado en linea directa con Dios”. Venía después un largo silencio, cargado de tristeza. “Pues bien: hoy llamé y sólo me respondió ‘¡cua...!, ¡cua...!’, y cortó...”
Estas sesiones —a las que se iban incorporando distintos amigos del psiquiatra, y en las que ocasionalmente participaban Diego, Felipe y casi siempre Militza, que tramitaba la nulidad del matrimonio anterior de Francisco— terminaban entre las dos y las tres de la madrugada, con otra ronda de abrazos entre la concurrencia.



Los dos hombres caminaban lentamente por el Parque Forestal. Uno vestido de blanco —Francisco van Root y su infaltable delantal médico—, de negro completo el otro —Pedro Arraiz, con la sencilla ropa de sacerdote—, avanzaban bajo los enormes árboles. Arraiz hablaba, pausado y tenso; el psiquiatra escuchaba en atento silencio.
—Lo que no puedo aceptar de mi propia interpretación es la simpleza casi ramplona de la síntesis que me hago: el drama de un cura que ya no desea seguir siéndolo, y no se atreve a dar el paso... ¿Me entiendes, Francisco? ¡No es ése mi drama! Reviso y reviso y cada vez aparece algo nuevo... Hay mucho más. ¡Quizás mi problema ni siquiera pasa por seguir siendo sacerdote o no!
“Está lo plano de mis actuales afectos. ¡Doy clases y ya no creo en el tema; hago dirección espiritual y me escucho repitiendo a los jóvenes monsergas y fórmulas que no me dicen nada! Están mis compulsiones...”
Se detuvo y miró fijamente a los ojos del médico:
—¡Estoy alcoholizado... y no puedo parar de beber! ¡Sueño con mujeres y no tengo certeza de rechazar el acto, no despierto a tiempo, como antes! —y calló, con el alivio de la confesión, a la espera de la penitencia—. Me meto en los tumultos buscando el roce femenino...
—¡Eso es grave, hijito! —dijo Francisco con solemnidad—. ¡Me extraña que una persona magnífica, como usted, tenga cuerpo... y ceda al desánimo y a la molicie de las compulsiones! —y lo observó largo rato, convertido en la imagen del Dios Padre de la Historia Sagrada ilustrada: severa dulzura, comprensión y autoridad.
De pronto el psiquiatra comenzó a reír, trocando todo en un chiste. Arraiz lo miraba angustiado, conmovido todavía por su confesión. Pero luego, como si un acto mágico hubiera desatado su risa, haciéndola independiente del propio juicio moral, su cuerpo entero prorrumpió en carcajadas.
La gente que paseaba a esa hora del atardecer por el lugar observó con curiosidad a los dos hombres mayores, el médico y el sacerdote, detenidos en un sendero del Parque Forestal, riendo bajo los árboles con tal intensidad que caían lágrimas por las mejillas de ambos.
—¡Qué bestia! —exclamó Pedro Arraiz, rabioso—. ¿Cómo puedo reírme de esta forma? ¿Y a propósito de qué? ¿De algo tan serio como lo que te confesaba? ¿A qué nivel de degradación moral he llegado? —y se sentó en un banco, hundiendo la cabeza entre las manos.
—¿Cómo el depositario de un sacramento que imprime carácter puede ser presa de compulsiones? Ésa es tu pregunta, Pedro —afirmó, serio, el psiquiatra, sentándose junto a él—. El cuerpo no miente —continuó con fuerza—. No le podemos contar cuentos ni venirle con cosas raras. La ascesis y la sublimación sólo son posibles si él colabora. ¿Comprendes tú? Si mi cuerpo, el ánima, la naturaleza, no me cree, ¡olvídate de que con oraciones o penitencias me va a respetar! No sacaría nada con flagelarme, con usar el cilicio. ¡Eso es la repetición compulsiva, mijito!
“El cuerpo exigiéndonos, pasando su cuenta. La cuenta genética en el apetito de alcohol. Es el bisabuelo Arraiz o Van Root, el abuelo, el tío, el propio padre; todos con sus rostros de ángeles endemoniados, con la dipsomanía dibujada en los capilares, con la garganta seca y el hígado inflamado. Esa demanda está en nosotros, en tu caso y en el mío: en los cromosomas, en nuestro metabolismo; tanto y más que la Buena Nueva. ¡Un desmedido apetito de alcohol! También están en nuestras células, sin que ni Diosito quiera hacer algo: las prevalencias depresivas: la depresión endógena. ¿Entiendes? —y haciendo el gesto de quien usa un teléfono, dijo en tono admonitorio—: ¡Cua, cua! ¡Cua, cua! ¡Pero Dios no me responde otra cosa: ¡cua, cua! —y miró hacia el cielo, desesperanzado—. También habla el cuerpo cuando va hacia adelante, en Eros y en Thanatos: hacia la vida en el Santo Afirmar; en el Santo Negar a su opuesto... Los impulsos de Dios de crear y de suspender su creación.
“Y el cuerpo se compulsiona detrás del otro sexo. ¡Aunque tú seas... el propio Obispo de Obispos... el mayor santo! ¡Si es que no te han hecho pedazos antes de eso! ¿Me comprendes? Si no te han enloquecido desde la tierna infancia, si no te han castrado el amor... si no te han hecho escindirte, seas hembra o varón. ¿Cómo hacerlo culpable de soñar con la mujer, si tiene sexo, y si su propio cuerpo, así como él mismo, no está convencido de su proyecto célibe? ¿Cómo castigarme por aceptar la complicidad del tocamiento impúdico, secreto, si soy sexuado? ¿Y, en este caso, un hombre?
“En el cuerpo están los impulsos primarios de vida y de muerte... Entre éstos, haciéndolos posibles, el Santo Permitir de Dios: la alegría funcional en el hacer, que une y potencia a los otros dos. ¡Contento, Señor, contento! ¿Me entiendes tú? La Santísima Trinidad. Los tres rayos de creación sustentando éste, nuestro mundo de tres dimensiones: afirmar, negar y permitir.
—No sé nada de la alegría. Fui siempre una persona triste. Jamás he tenido conmigo el júbilo —dijo Pedro levantando la cabeza—. Todos mis recuerdos son de deber y de dolor; desde la infancia hasta hoy mismo.
“No es una digresión: sólo contigo, Francisco, me he encontrado de pronto, como hace un momento, riendo a carcajadas. No conozco de antiguo mi propia risa.”
—¿No tienes amigos con quienes poder reír?
—Bueno, creo que sí...
—Se reconoce también la amistad por la risa compartida. ¿Comprendes tú? Tengo un amigo con quien, al decir alguno de los dos la palabra “Nefrón”, se obtiene de inmediato la respuesta: “Unidad anatómica y fisiológica del riñón”... Y entonces viene tal explosión de carcajadas que me he pasado muchas horas, horas profesionales de psiquiatra, de psicoanalista, de psicometrista rorscharchiano, de neurofisiólogo clínico, de neurocirujano, de electroencefalografista, de filósofo autodidacta, de chucheta, de bacán con mucha calle, intentando explicarme su causa... ¡No sé qué resumen de experiencias, vivencias y percepciones compartidas está incluido en esa frase... ese Koan!
—¡Quizás me he reído demasiado poco! —dijo Arraiz, con pesar—. No recuerdo haber participado de un lenguaje conectado a la alegría. Quizás la única vivencia que se aproxime a eso sea la compartida con Eva, mi mama mapuche.
“Ella fue mi madre de la vida diaria: mi mamá estaba impedida de darme el pecho, e hicieron venir del campo un aya que me amamantara y criara. Ésa fue Eva. Mis recuerdos de infancia siempre están a su lado.
“Un día cacé un ratón en la bodega y lo hice mi compañero. Eva habilitó una jaula de canario para que lo tuviera. Allí dormía, junto a mi cama.
“Me advirtió mi mama: ‘¡Que no sepa misiá Luisa del ratón, mire que ella les tiene miedo! Ni se lo nombre a su mamá, aunque pregunte, mi niño’.
“Por las mañanas me despertaba temprano y miraba a mi ratoncito: dormía acurrucado y feliz, atento a cualquier ruido.
“Cuando yo estaba con mis padres y por cualquier motivo la llamaban, Eva venía con sus manos juntas y a escondidas me las mostraba, como si tuviera entre ellas a mi ratón y fuera a descubrir mi secreto. Al terror de la primera vez siguió pronto y para siempre la risa. Cada vez que repetía el juego yo no podía contenerme. Ella aún vive en casa de mis padres, y cuando paso a visitarlos, mi mama Eva me muestra sus manos temblorosas, guardando el ratoncito... ¡Creo que es su única alegría en la vida, ver mi reacción!”
—¡Sin amor... la vida no se llama vida! —dijo Francisco, jugando al bolerista—. A eso iba dirigida mi pregunta: ¿tienes amigos? Eva es tu amiga... ¿Comprendes tú?
Arraiz se quedó pensando un largo rato. Por fin negó con la cabeza:
—No tengo otros amigos que Eva, en el sentido en que dices... de una forma de... complicidad. En mi quehacer hay subalternos y pares. Están, desde luego, en la jerarquía, mis superiores.
—¡Espera un poco, Pedro, para ahí! Tú eres un hombre destacado. Eres un conductor: espiritual; un intelectual... No me cabe duda de que generas en tu entorno profundas lealtades. ¡Afectos! ¿Los percibes, acaso? ¿Te das cuenta del ratoncito que llevas entre tus manos y que prodigas a muchos? ¿Y de los juguetes que ellos, a su vez, traen para ti?
Pedro Arraiz repitió el gesto de negación.
—¡Su deber no más cumple, mijito! ¿No es así? ¿Te resuena esa frase?
—¡Mi padre la decía siempre! —murmuró el sacerdote.
—Mi apreciación de ti trasciende en mucho a la aplicable a quien sólo cumple su deber. ¡Das mucho más que eso, Pedro! Te lo digo con propiedad. Tus ideas, tu trabajo, son admirados y seguidos por los más lúcidos. Tu persona es amada, como un símbolo, hasta por gente que no te conoce íntimamente. ¡Los chiquillos, en la universidad, te sienten de ellos! Les das voz y corazón. Eso me consta... ¡Ése es tu amor! ¿Comprendes tú? —y mirándolo con seriedad terminó—: ¡Para mí es un honor contarte entre mis amigos!
—Ya conoces la miseria moral en que me muevo, Francisco. Lo demás es todo externo: haceres y decires, oficio y vanidad.
—Sé de un médico, un psiquiatra que, para empezar el día, debe beber un cuarto de litro de Gin puro... No es un borrachín. ¿Entiendes tú? Se recibe a sí mismo asumiendo con dignidad esta circunstancia. Es la única posición desde la cual puede, a su vez, recibir en humanidad a los otros: desde las siete de la mañana hasta el mediodía se ocupa de los locos locos del Open Door; de dos a seis de la tarde hace clínica en la cátedra de psiquiatría. A las siete acude a atender su consulta particular. ¿Para qué esos haceres y decires, oficios y afanes, si el tipo es un alcohólico? Cada hora, o algo así, visita sus caletas, discretamente, y vuelve a lo suyo de inmediato.
“Imagina que, en este momento, él se acerca a tu confesionario: ‘Me acuso, padre, de pecar cada una hora...’ Le preguntas si siente una auténtica contrición. Te responde que sí, desde luego, que odia su dependencia. ¿Lo absolverías, Pedro? ¿Le quitarías, como penitencia, el delantal blanco... o bien el gin?”
Guardaron silencio largo rato. Finalmente sus miradas se encontraron. El psiquiatra sonreía con los ojos húmedos; su expresión comunicaba resolución y afecto. Un rostro joven, con los labios entreabiertos en una sonrisa solidaria, había reemplazado las siempre tensas facciones de Pedro Arraiz.
—También debe empezar por casa la compasión —dijo en voz baja Van Root—. Ésta nace al intentar ayudar a quien, en ese aspecto, está incapacitado para recibir; aunque se esfuerza, siempre termina por resbalar y caer... ¡No encuentra nunca el punto de apoyo, no atina a dar con la mano que se le tiende! ¡Ni siquiera la ve! ¡No puede! ¡No es capaz! ¡Comprendes finalmente que no lograrás nada con el intento! Y entonces fluye la compasión: en el desencuentro entre el deseo de dar y la imposibilidad del otro de recibir... ¿Por qué no tomarse a sí mismo con ese amor? ¿Por qué no llevarse en brazos, compasivamente?
Una brisa suave, llena de nostalgias y melancolía, envolvió a los dos hombres cuando partieron caminando hacia el oriente.
Bajo los añosos árboles del parque se fueron haciendo pequeñas sus figuras.
Al llegar junto a la Fuente Alemana ya se habían fundido en el paisaje urbano con las siluetas de los otros paseantes del atardecer.


A medida que notaba los cambios producidos en mis niveles de angustia y en mis relaciones interpersonales, comencé a percibir también en el psiquiatra modificaciones cada vez más evidentes de conducta, no sólo en aspectos formales sino también en rutinas más profundas. Una tarde me relató, como algo casual, que su relación de varios años con Ida Müller —la pintora, tía de Felipe Heller— había terminado. Se refería a ella con mucho cariño, pero insistió en que cuando uno cierra un capitulo afectivo, lo cierra sin vuelta de hoja: “No creo en esas rupturas seudocivilizadas, en que la pareja después de terminar sigue viéndose con frecuencia. ¡Y hasta tienen recaídas en la cama, mijito!”, terminó con festiva ironía.
Noté que en ese tiempo había renovado paulatinamente su vestuario, adoptando un estilo joven: la ropa que ahora usaba era muy parecida a la de Felipe y la mía. Su barba comenzó a ser sometida semanalmente a los cuidados del peluquero y estaba más corta y ordenada. Vi descender —como lo hacen los ascensores de los cerros de Valparaíso, lento pero constante— su consumo alcohólico: del gin-con-gin sin medida, había pasado primero al vino y luego a un par de schops de cerveza en cada sesión de la Hostería: “¡Yo bebo socialmente, mijito!”, decía en ese período, y remataba: “¡Pero me estaba propasando un poco! ¿Entiendes tú? Así es que he moderado los volúmenes”.
Militza lo miraba con amorosa admiración cuando hacía esos anuncios. Diego, por su parte, me cerraba el ojo maliciosamente, como sugiriendo que estábamos sólo en el primer capítulo, que no predice el final, de una obra ya conocida. En un aparte me dijo una vez:
—¡Este Doktor es como el ave Fénix! Cae al fondo del pozo más obscuro y de repente: surge renovado, desde sus cenizas... ¡Pero ligerito vas a verlo tomando otra vez como un cosaco! —y me miró con una sonrisa pícara y compungida.
Una tarde, terminadas las consultas, Francisco se ofreció a llevarnos en su auto a la Hostería. Con infantil alegría ante nuestra sorpresa, nos hizo subir a un Bluebird último modelo, en lugar de su viejo y aportillado “escarabajo”.
Igual que en el primero, también manejó en porfiada diagonal por la Costanera hacia arriba, celebrando —entre malintencionadas cruzadas de los otros vehículos— su adquisición:
—¡En realidad es un coche muy bueno! ¡Un bien de uso! —fue su comentario luego de estacionarse.

—Jamás he llegado al orgasmo haciendo el amor —confidenció Militza ruborizándose y de manera inconsciente desvió su mirada de la de Francisco—. No sé qué será... ¿Frigidez?
La tarde había caído inadvertidamente mientras conversaban y una atmósfera acogedora, familiar como la de un recuerdo de infancia, se había instalado en la consulta del médico. Por la ventana se podía ver los árboles, contrastando —obscuros y llenos de misterio— con las cúpulas iluminadas del Palacio de Bellas Artes.
—Tuve una relación larga... casi seis años... y era rico al principio, quizás porque yo era virgen —continuó la mujer—. Me excitaba mucho con las caricias... ¿Me entiendes? En todo el tiempo que llevábamos antes de aceptar acostarme, era tanta la confianza que pasaba de todo, salvo que yo me sacara el calzón. Sentía algo tan fuerte que me asustaba... Cuando llegaba al límite, de gritar o llorar, cortaba en seco.
—¿El límite de qué? —preguntó el psiquiatra.
—El límite de mi capacidad de resistir... llegando al punto en que uno mande a la cresta toda razón y se dispare, se abra, exija, pida, moje... —se detuvo, turbada—. ¡Gima, quise decir! Pero... igual... y sentía que no cabía dentro del cuerpo toda esa fuerza... Quería explotar... Por la noche mordía la almohada, con ambas manos entre las piernas, húmedas y calientes, y me faltaba algo muy dulce, fuerte como una explosión. Reventar, salir afuera con la piel vuelta al revés; sollozar, abrir, completar...
“Empezamos a acostarnos mucho después; y desde la primera vez nunca más sentí nada... Toda la excitación se acabó y surgió la indiferencia. ¡Estoy segura de que puedo pasar sin sexo todo el resto de mi vida y no lo necesitaría!
—¿Qué edad tienes?
—Veintiocho.
—Mi madre te lo explicaría con simplicidad: por tu edad... ¿Sabes? Ella les enseñaba a mis hermanas que así sienten las mujeres; decía que no les interesa el sexo sino hasta después de un tiempo largo de vivirlo como un deber de cariño, hasta pasados los treinta años. Un juego a veces grato al llegar a los cuarenta... Y entonces, cuando sí que le han tomado el gusto, ¡hay que conformarse con lo que haya! ¡Usar las artes femeninas para quemar el último cartucho!
—¡Qué horror si fuera así! —exclamó Militza—. ¿Y es cierto?
—Está consignado en el Libro de las Verdades Verdaderas, tomo sexto, página 714.285... —y Francisco guardó silencio un largo rato—. En nuestra cultura constituye una especie de virtud. En un sentido auténticamente humano es una mentira perversa que nuestros padres repiten con ingenuidad. La han hecho suya, y vivido, haciendo fe de lo aprendido de boca de sus propios padres... y así podemos remontarnos varios siglos. ¿A la Inquisición? ¿A la Baja Edad Media? ¿A tres siglos después de Cristo? Se llama la castración, la represión. Sus enemigos más fieros: Freud y Reich, los padres de las hipótesis que buscan neutralizarlas; la libido de Freud... la fuerza vital reprimida dentro nuestro; de Reich el orgón, el átomo del orgasmo... energía vibrante en la atmósfera: la Libido Cósmica.
Su risa fluyó fresca y se expandió por el lugar como una fuerza bienhechora. Militza observó a Francisco, iluminado por la luz de luna artificial que prodigaba el foco de la calle; su rostro despejado, alegre; la frente amplia y bien conformada; los hermosos ojos, brillantes de inteligencia.
Sintió de pronto un escalofrío que bajaba por su columna hasta la última vértebra y, junto con la certeza de que algo inusitado iba a ocurrirle en ese instante, apareció un temor irracional. Sus manos apretaron con violencia la cartera contra el pubis. Respiraba profundo, con la mente trabajando a la velocidad de la luz.
El giro dado a la conversación por Francisco van Root —que le permitiría, por fin, salir de los temas personales y de las confidencias que, no atinaba a comprender por qué, le había hecho a éste— logró tranquilizarla.
—¡Qué fascinante es tu profesión! —comentó con voz levemente temblorosa, y luego, asumiendo un aire de formalidad, tomó una carpeta que asomaba de su cartera y sacó de ésta unos papeles, extendiéndolos sobre el escritorio—. ¡Doña Esperanza Aguirre, por fin, después de largos diálogos, monólogos, quejas, tirones de cuerda y hasta lágrimas, parece dispuesta a firmar la nulidad matrimonial! —informó.
En la penumbra reinante los documentos tomaban un aspecto extraño sobre el obscuro mueble.
—¿Enciendo la luz para leer lo que ella ha firmado? —consultó Militza y se levantó ágil. La luz se esparció dura y amarilla por la oficina, expulsando la magia del atardecer—. ¡Qué pena! —comentó al advertir el cambio de escenario. Sus ojos estaban muy brillantes. El azul de éstos en el pálido rostro era desmentido por el rosa que había invadido las mejillas—. ¡Pero hay que trabajar también! He abusado de tu paciencia con mis preguntas sobre psiquiatría y otras cosas...
—No es necesario que me leas nada —dijo el hombre—. Dime dónde hay que firmar. Esta situación inconclusa se ha alargado por demasiados años. Quiero poner la palabra fin lo antes posible.
—Esperanza ha establecido varias condiciones. Creo que debes evaluarlas: aumento de la pensión de ella y de tu hija; la casa a su nombre y no de la Barbarita o bajo el control de tutores o albaceas...
—¡Por favor, Militza, no sigas! —la interrumpió—. Dime dónde debo firmar y terminemos este asunto.
—¡Soy tu abogada! Mi cometido no es sólo conseguir la nulidad a toda costa. Debo cuidar, también, tus intereses.
—Trabajo por vocación de mi espíritu, en primer lugar. ¡Y para pagar pensiones de alimentos, en lo material! —afirmó muy serio.
Pero luego, transformado instantáneamente en otro, empezó a cantar a Serrat:
—“Y al cabo nada os debo; debéisme cuanto he escrito. A mi trabajo acudo, con mi dinero pago el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.” (1)
Y la miró fijo a los ojos, con esa sonrisa en la que no había nada oculto, sino una comunicación sensible que ella sintió salir del cuerpo del hombre llenando el lugar, como una nube que los envolviera. A pesar de la luz ingrata que producía la ampolleta desnuda colgando sin más desde el cielo, un nuevo escalofrío la recorrió: fuerte y muy dulce, como una corriente circulando por su columna que diluyera el
pensamiento, haciéndola una y mil, enorme y sin limites, la piel de afuera en la piel de adentro, expandida y completa.
Tenía los ojos muy abiertos y crispadas las manos sobre la cartera.
Un gemido ronco escapó de sus labios mientras se le contraía todo el cuerpo.

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(1) Antonio Machado, “Retrato”, en Campos de Castilla

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Me tocó, por esas casualidades no inauditas, escuchar dos versiones relativas al cuarto matrimonio de Francisco van Root: el relato hecho por Ida Müller a su hermana Hertha —la madre de Felipe Heller—, explicando el término de su relación con el psiquiatra:
“Te acuerdas de mi viaje a Europa, ¿no es así? Por ese tiempo había aparecido Militza Beisinich, abogada recién recibida, joven y brillante, a quien habían recomendado a Francisco para tramitar la nulidad de su matrimonio con Esperanza. Y ella no sólo logró su cometido, sino que también, casi simultáneamente con firmar Francisco los papeles que lo volvían soltero, hizo otro tanto con los que registraban el matrimonio con su abogada.”
La otra versión la escuché meses más adelante —exactamente el 4 de septiembre de 1970, el día en que Salvador Allende fue elegido Presidente de la República—, contada por Sara van Root, la madre de Diego Fernández, cuando acompañé a éste, de pasada, a buscar una cámara fotográfica a casa de Sara. Ella le relató a una amiga que estaba de visita, la última noticia sobre su hermano:
“Francisco decidió, a solicitud de Esperanza, ¿te acuerdas?, la ex señora, la mamá de la Barbarita, tramitar la anulación de su matrimonio. Por recomendación de amigos contactó a Militza Beisinic, una abogada joven. Se veían todos los días, con la disculpa, de ella, de que debían tener frecuentes reuniones para firmar papeles y todas esas cosas. Y se estableció una relación amorosa. ¿Qué me dices? Al cabo de tres meses se casaron, apenas obtuvo la anulación del matrimonio con Esperanza Aguirre.
“Francisco ha tenido un cambio impresionante en este tiempo: casi no está haciendo bohemia y ha dejado de beber. Renovó su estilo de vestir, está de lo más elegante y juvenil. Remodeló la consulta, ordenó sus horarios de atención; hasta cambió de auto y de amistades...
“Están viviendo en el departamento de Francisco, en las Torres de Tajamar; pero vieras con qué buen gusto lo decoró esta chiquilla, ¿no es cierto, Dieguito?”, preguntó a su hijo, para reafirmar la historia. “Tú sabes que mi hermano siempre ha sido un gourmet. Organizan comidas en las que Francisco cocina: filete a la pimienta, pollo al estragón, pato a la naranja. Hace unos días nos invitaron. Sirven unos vinos exquisitos. Francisco sólo ocasionalmente los prueba... Coñac francés para los invitados, como bajativo. Esta Militza es bien... bien inteligente. ¡Y educada, no te creas! ¡Será medio... gringuita y todo, pero de lo más educada!”, terminó, y había un no sé qué de celos y reproche que involuntariamente se colaban en el tono de Sara al terminar el relato.
—¡El tío Francisco es el Ave Fénix! —exclamó Diego—. Cae al fondo del pozo y de repente surge otra vez, desde sus propias cenizas. ¡Pronto estará de nuevo tomando como un cosaco! —y se quedó mirándonos con esa sonrisa suya que ya le conocía.

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